Entre Juegos y Secretos

Tarjetas de Presentación

La noche para Galia había sido corta; entre maletas a medio llenar, recuerdos que no quería dejar atrás y la emoción que la mantenía despierta, apenas pudo dormir un par de horas, cuando al día siguiente, el amanecer la encontró de pie frente a la ventana de su departamento, con la taza de café en la mano y los ojos fijos en la ciudad que hace algunos años la había recibido y ahora estaba a punto de dejar atrás.

Esta mudanza era distinta, Washington no solo significaba un nuevo destino: representaba el sueño que había perseguido desde que puso un pie en la academia del FBI.

Con un suspiro profundo, dio el último repaso a sus cosas. Sus maletas estaban listas. Cerró con llave su departamento y bajó las escaleras, arrastrando con ella una mezcla de nervios y entusiasmo.

El helicóptero que la llevaría a su nuevo destino la esperaba en el helipuerto del complejo.

Al llegar, Galia dió un último vistazo a su escritorio, listo para ser ocupado por algún otro aprendìz entusiasta, y màs que mirarlo con nostalgia, lo hizo con orgullo, por aquella Galia del pasado que llegó algún día con sueños que hoy comenzaría a cumplir, su vida en Virginia ahora quedaba atrás.

Antes de retirarse, decidió acercarse a la oficina del agente Daniels para despedirse, dió un suave golpe en la puerta y entró con sigilo.

—Hola, pasaba a despedirme. — Él levantó suavemente la mirada y se levantó de su asiento para acercarse a ella.

— Diría que te deseo la mejor de las suertes, pero tienes todo lo que se requiere para ser una gran agente, así que no la necesitarás. Nos seguiremos viendo, agente Schmitt. — estrecharon sus manos en un gesto amable.

Después de los agradecimientos, Galia se dirigió a la aeronave que la llevaría a Washington, al llegar un joven rubio y delgado la recibió con una sonrisa amable.

—Buenas noches, soy el agente Stan —se presentó tendiéndole la mano.

—Galia Schmitt, un gusto —respondió ella, estrechándola.

—Bien, subamos, y póngase cómoda. En una hora y cuarenta estaremos en Washington.

Durante el trayecto, Galia se aferró a la ventanilla. La ciudad nocturna se desplegaba bajo ella, con un manto de luces que dibujaba calles, ríos y edificios.

—Es lindo, ¿cierto? —comentó Stan al notar su mirada absorta en aquel paisaje

—Sí, lo es —respondió con una sonrisa leve.

Al llegar a la ciudad, un auto del FBI ya la esperaba para trasladarla a su departamento asignado. Durante el camino intentó llamar a Petrov, pero no obtuvo respuesta. Quizá esté trabajando, pensó. Decidió no insistir, pero aun así recibió una respuesta de su parte.

“Bienvenida a Washington. Recuerda: observa, aprende, y no confíes en todos. Estoy orgulloso de ti.”

El edificio donde viviría era sobrio, discreto: una pequeña sala iluminada por un par de lámparas tenues, una cocina compacta y dos puertas, una hacia la habitación y otra al baño. Después de una rápida ducha, revisó el móvil. Dos mensajes de su hermano la esperaban:

~Hola, perdón por no responder, ya sabes, trabajo.

~Qué bueno que hayas llegado bien. Estoy algo estancado en el hospital, pero me encargué de hacer una reservación para cenar el miércoles en la noche, 8 p.m., te mando la ubicación.

~Seguimos en contacto, pequeña.

Con una sonrisa cansada dejó el teléfono a un lado y se dejó vencer por el sueño.

El fin de semana, aunque pasó rápido, Galia trató de disfrutarlo en su bienvenida a la ciudad. Como buena apreciadora del arte, recorrió la Galería Nacional, disfrutando de la belleza plasmada en cada pasillo, vislumbrada en “La Anunciación” de Eyck y los sofás azules de Mary Cassatt. Concentrarse al cien por ciento en otras dimensiones siempre le había funcionado antes de cada caso.

El lunes llegó con rapidez. Galia se despertó temprano, desayunó algo ligero y se arregló con esmero. Caminó varias cuadras hasta llegar a las oficinas del FBI. Allí la recibió una joven de cabello castaño recogido en una coleta, con una expresión vivaz.

—Buen día, soy Michelle Bennett, tú debes ser la agente Schmitt, te estábamos esperando.

—Hola, un gusto y gracias por recibirme.

—Ven, te llevaré a la sala de reuniones.

Subieron juntas en el elevador y recorrieron un par de pasillos llenos de cubículos y oficinas, hasta detenerse frente a una puerta amplia, negra y elegante. Michelle la abrió y anunció:

—Agente Wilson, la agente Schmitt ha llegado.

—Hágala pasar, por favor.

Galia entró, agradeció con una sonrisa a Michelle y se acomodó en el asiento libre junto a el agente Stan.

—Bienvenida, agente Schmitt —la saludó el agente Wilson, imponiendo respeto desde el centro de la sala.

—Gracias, agente Wilson.

—La transferimos desde Virginia ya que tenemos un caso importante, y lamentamos que tu bienvenida sea tan abrupta, espero que entiendas la importancia de la situación —anunció. Luego, giró hacia otro agente—. Stan, ¿puedes informarnos lo que tienes?

—Tenemos registro de una pandilla dedicada al tráfico de farmacéuticos. Transportan cargamentos en camionetas hasta un aeropuerto privado en el condado de Pierce —explicó, mientras proyectaba un mapa en la pantalla.

—Sabemos que el grupo lo conforman al menos trece hombres, jóvenes, entre veintitrés y veintiocho años. Solo hemos identificado a uno de ellos hasta ahora.

Al pronunciar esas palabras, la foto de un hombre apareció en la pantalla. Galia se quedó helada. No… no puede ser. ¿O sí?, pensó.

—Sebastian Gross, veintisiete años —continuó Grant—. Lo tenemos como la cabeza del grupo. No sabemos dónde trabaja ni dónde vive, supo ocultar bien sus datos.

Galia siguió mirando la imagen, sintiendo que algo se revolvía en su interior. Tenía que ser un error.

—Bien, gracias, agente Stan, puede sentarse. Nuestro trabajo será identificar al resto de los miembros, y desmantelar toda esta organización, tenemos a Gross, pero siempre logra escabullirse.




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