Entre Juegos y Secretos

¿Por qué tú?

El martes amaneció gris en Washington. El cielo parecía predecir la pesadez del día que le esperaba a Galia. Había dormido poco; la imagen de Sebastian Gross seguía repitiéndose en su mente una y otra vez, como un maldito fantasma que se negaba a desaparecer.

En la oficina, Christopher ya la esperaba. Traía bajo el brazo una carpeta repleta de documentos y un café aún humeante en la otra mano.

—Buenos días, agente Schmitt —saludó con tono cordial.

—Buenos días —respondió ella, intentando sonar natural.

Ambos se dirigieron a la sala asignada para la investigación. Extendieron sobre la mesa los registros entregados por Bennet: mapas de rutas, listados de cargamentos, reportes de vigilancia.

—Aquí están los datos de las últimas semanas —explicó Stan, acomodando las hojas—. Según esto, los envíos se realizan a diferente hora y desde diferentes puntos, aunque hay un almacén en las afueras de la ciudad con movimiento reciente del que sospechamos, y una pista de aterrizaje improvisada.

—Demasiado constante para no levantar sospechas —murmuró Galia, pasando las páginas con rapidez.

Stan la observó a detalle. Había algo en ella, una tensión contenida que no lograba descifrar.

—¿Pasa algo? —preguntó al fin.

Galia se detuvo unos segundos antes de responder.

—No, nada. Solo… Pienso en cómo alguien puede mantener algo así tan bien organizado sin ser descubierto.

Él asintió, aunque no quedó del todo convencido.

Al mediodía, ambos condujeron hasta el supuesto almacén. Desde el exterior parecía abandonado: paredes gastadas, ventanas tapadas, un portón metálico oxidado. Sin embargo, las marcas recientes de neumáticos en el asfalto decían lo contrario.

—Definitivamente se está usando —susurró Stan.

—¿Ves movimiento adentro? —preguntó ella.

—No por ahora, pero hay cámaras en las esquinas. Muy discretas. —Se giró hacia ella con una sonrisa leve—. Bienvenidos a Washington.

Galia lo miró con seriedad, ahora mismo no tenía humor para chistes.

Stan, algo decepcionado de no provocar una sonrisa, continuó en un tono más serio.

—Hablaré con el equipo de vigilancia. Esta noche podríamos instalar una cámara encubierta.

—Sí, haz eso. -indicó la castaña, aun distraída, tratando de encontrar algo interesante en el perímetro.

Esa misma noche, después de entregar el informe preliminar, Galia tomó un desvío antes de regresar a su departamento..

En el camino buscó en su teléfono aquel nombre, los resultados eran escasos, casi inexistentes. Apenas un par de registros antiguos, sin dirección actual, sin redes sociales. Sebastian Stan; un borrado meticuloso de su vida.

Frunció el ceño. Era él. Tenía que serlo. Pero ¿qué hacía en esa organización? ¿Qué había pasado para que terminara liderando un grupo criminal?

Un mensaje en su teléfono la sacó de sus pensamientos: “¿Ya llegaste a casa?” — era Petrov.

Suspiró, guardó silencio un momento, no respondió.

Sabía dónde encontrarlo. Sebastian siempre había sido un hombre de costumbres, y entre ellas estaba ese bar en las afueras del que le había hablado algunas veces, un sitio con olor a tabaco y motocicletas con un estilo particular rugiendo en la acera.

Galia aparcó frente al local y se quedó unos segundos observando. Afuera, varios chicos bebían apoyados en sus motocicletas. La risa fuerte de uno de ellos rompía la calma de la noche.

Antes de poder entrar, un joven, delgado y algo bajo, se le adelantó.

—¿Qué tal? —dijo curioso, sonriendo ampliamente—. ¿Buscabas a alguien?

—Sí. Sebastian Gross.

El muchacho silbó suavemente.

—¿A Bastian? Entonces deben ser asuntos serios. Espera aquí, iré a avisarle.

Se perdió entre la música y las luces, entrando al bar.

Dentro, el humo flotaba sobre las mesas de billar. Sebastian, de cabello platino y ojos azules, se inclinaba sobre el tapete verde calculando su próximo tiro. Ni siquiera levantó la mirada cuando su compañero se acercó.

—Bastian, te buscan.

—¿Quién? —preguntó distraído.

—Una chica. Linda.

El tiro indicó su victoria, seguido de un suspiro se enderezó lentamente. En ese instante un presentimiento lo recorrió. Dejó el taco a un lado y caminó hacia la salida.

Cuando cruzó la puerta, el aire frío de la noche lo recibió. Y junto con él, la figura que menos esperaba.

—Sebastian Gross, ¿eh? —escupió Galia con dureza, cruzada de brazos y arqueando una ceja..

Por un instante, el silencio se hizo pesado entre ellos. Sus miradas se encontraron: la de ella, furiosa; la de él, cargada de una culpa contenida, pero manteniendo su porte firme y rudo..

—Galia… yo… —balbuceó.

—¿Qué carajos hiciste, Petrov? —su voz temblaba, pero de rabia.

Él frunció el ceño.

—Puedo explicártelo, hermana…

—¿Explicarme qué? —lo interrumpió, ese tono de voz que hace tiempo no usaban con él, y que le recordaba a su madre…—. ¡¿Que el FBI ya te está buscando y que lo único que tienen es tu maldita identidad falsa y tu foto?! – exclamó señalando de manera acusatoria hacia él.

Alrededor, algunos de los motociclistas dejaron de hablar, mirando la escena con una tensión incómoda. Él se inclinó hacia ella, con la mandíbula tensa, y habló en un tono bajo.

—Tranquilízate y deja de gritar.

—¿Que me calme? ¡Sabiendo que pueden matarte, que eres lo único que me queda! —su voz se quebró por un segundo, pero se recompuso—. ¿Y encima arrastraste también a Javier a esto? -replicó con una sonrisa amarga, señalando con la mano extendida detrás de su hermano.

Suspiró, cansado.

—No deberías estar aquí. Si saben que me conoces, te pondrás en riesgo.

—Entonces dime ¿qué hago?.

—Abandona el caso.

—No puedo. No puedo dejarte. Y si lo hago, sospecharán. —Galia dio un paso más cerca, sus ojos ardiendo—. Y no cambies el maldito tema. ¿Por qué haces esto, Petrov?

Él bajó la mirada, apenas un instante.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.