Miércoles, ocho de la noche. Las dudas la asaltaban sin tregua, el corazón latía a mil y las manos le temblaban dentro de aquel vestido veraniego con zapatillas a juego. Salió del departamento con el único propósito de encontrarse con Petrov en el Ámbar Capitol Hill, apenas a unas cuadras de distancia.
Al llegar, una joven de sonrisa impecable abrió la puerta.
—Buenas noches, bienvenida a Ámbar Capitol Hill. ¿Tiene reservación?
—Hola emm, yo vi… —intentó responder, pero una voz familiar la interrumpió.
—Ella viene conmigo, señorita. —Petrov apareció detrás de su hermana, firme, seguro.
Le dedicó una sonrisa ligera a la recepcionista y se dejaron guiar por ella hacia el piso superior.
—Pedí vino tinto para ambos, ¿está bien o prefieres otra cosa? —preguntó con calma, aunque su mirada ya cargaba con una sombra de cansancio.
—Me vendría bien algo más fuerte… para digerir lo que está por venir. —respondió en tono seco, percibiendo la seriedad de su semblante.
—¿Qué te parece si cenamos primero y después hablamos de eso? —propuso, intentando suavizar el ambiente.
—Está bien.
El restaurante estaba silencioso. Petrov había reservado todo el salón superior para ambos. Ese gesto, aunque noble, solo aumentaba la incomodidad del momento. Apenas cruzaban miradas; cuando lo hacían, parecía que el peso de los secretos caía sobre la mesa.
Tras la comida, y con los platos ya retirados, Galia decidió romper el silencio.
—¿Dirás algo ahora? – trataba de sonar lo más calmada posible
Petrov suspiró, bajando la mirada.
—Espera, falta el postre. —interrumpió en un tono burlón, el cual galia respondió con una mueca de desaprobación. —Lo siento. No quería que te enteraras… al menos no de esa forma.
—¿Por qué, Petrov? —su voz salió más dolida que dura.
—Había problemas con los pagos. Solo eso. —se apresuró a decir, agachando la cabeza.
Ella lo miró incrédula.
—No, no es solo eso.
Él levantó la vista con un destello de reproche.
—Pareces detective.
—Soy agente —corrigió—, y sé que me ocultas más.
Su pecho se expandió en un respiro profundo antes de soltar la verdad.
—No me alcanzaba. Ni para la universidad, ni para el departamento, ni para comer.
Quedó helada con aquella respuesta.
—¿Y qué pasó con lo que dejaron mamá y papá? Estoy segura que pensaron en ti tanto como en mí.
La rabia contenida se le asomó en la voz.
—¡No dejaron dinero, Galia! Lo único que heredamos fueron deudas. Tuve que pagarlas como pude, y aun así no bastó. Después vino tu universidad, tu estancia en la academia… Pensé primero en ti. ¡Yo nunca terminé mi carrera de cirujano, tampoco conseguí un buen trabajo, ni siquiera como enfermero! Traté de arreglarlo y firmé un mal contrato, ahora estoy atrapado. Perdón.
Sus ojos se cristalizaron, y esa confesión la atravesó como un cuchillo.
—Perdóname a mí… —susurró, con un nudo en la garganta—. Por no preguntar nunca, por alejarme cuando murieron. Ahora salgamos de esto juntos.
Él negó con suavidad.
—No puedes involucrarte. Tu carrera… tu vida… perderías todo. Yo he estado buscando como salir de esto, e incluso he pensado en entregarme yo mismo…
Habló mientras se tomaban las manos sobre la mesa.
—Te encerrarán por años Petrov, déjame ayudarte, por ti estoy dispuesta a lo que sea. Como tú lo hiciste por mí. — La voz de Galia sonaba más como una súplica.
Un silencio cargado de recuerdos se instaló entre ambos. Petrov apretó la mano de su hermana con una fuerza amable.
—Gracias… Estoy reuniendo pruebas, tal vez eso me ayude en algo—murmuró al fin.
Galia, aprovechando aquella brecha de silencio, preguntó.
—¿Quién es tu proveedor?
Él arqueó una ceja, desconfiado.
—¿Para qué quieres saber eso? Si lo atrapan, nos delatará a todos antes de lo que planeo.
—Lo sé. Lo que quiero es distraerlos, mandar a los agentes hacia otra dirección, ganar tiempo hasta que encontremos una salida.
Dudó unos segundos, pero finalmente cedió y se lo dijo, Galia asintió, grabando las palabras de su hermano en su mente.
—Perfecto. Estamos en proceso de investigación de proveedores. Si puedo desviar la atención hacia otros, quizá logremos un respiro.
Petrov esbozó una sonrisa amarga.
—Идеально (perfecto).
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El amanecer de Washington llegó con un aire gris y pesado. Galia siguió su rutina como cada mañana, aunque la sensación de inquietud no la abandonaba. Al acercarse a la cocina, distinguió una silueta tras la cortina del balcón. Instintivamente tomó su arma, avanzó en silencio y apartó la tela.
El cañón bajó de inmediato.
—Buenos días, agente Schmitt —saludó Christopher Stan, con esa seguridad altiva que parecía no abandonar nunca su rostro.
—¿Qué demonios haces aquí? —frunció el ceño—. No, espera… ¿cómo entraste?
—Nuestro jefe me dio una copia de tu llave —respondió con naturalidad, como si se tratara de un detalle sin importancia.
Galia chasqueó la lengua, guardando el arma en su funda.
—Qué conveniente.
—Solo vine a buscarte —replicó él, acomodándose el saco.
—Al menos déjame preparar café y cambiarme —refunfuñó ella.
Minutos más tarde, ambos estaban en las oficinas. El agente Wilson los recibió con un gesto diplomático.
—Buenos días, Schmitt. Stan.
—Buenos días —contestaron al unísono.
Wilson hojeó un par de documentos antes de hablar.
—Informática rastreó tres proveedores posibles: A95, Z395 y B505. Investiguenlos. Si necesitan refuerzos, pídalos.
Stan asintió con firmeza.
—Entendido.
Camino al auto, Galia no pudo contener sus dudas.
—¿No te parece extraño?
—¿Qué cosa?
—La red más grande de tráfico no aparece en la lista.
—Quizá porque son los más peligrosos. Nunca han podido atraparlos, y este caso parece más… ajeno.