El chirrido de las llantas anunció la llegada de Galia y Christopher a urgencias. Apenas se detuvo el auto, personal médico corrió hacia ellos. El rubio fue trasladado de inmediato, mientras ella se quedó esperando en la sala, con la respiración aún acelerada y el pulso golpeándole en las sienes.
No pasó mucho antes de que el agente Wilson apareciera en el hospital, impecable como siempre, con su porte rígido.
—Agente Schmitt, informe —pidió sin rodeos.
Galia se enderezó.
—Después de revisar el almacén, fuimos perseguidos por seis motociclistas. Uno de ellos disparó al agente Stan en el brazo izquierdo.
—¿Algún rostro? ¿Señas particulares?
—Nada. Todos llevaban cascos, sin placas en las motos.
Wilson asintió, pensativo.
—Pediré que se investigue si hay reportes de robo de motocicletas en la zona. -anunció Galia.
Wilson asintió y la miró con seriedad, pensativo.
—Señorita, tenga cuidado con dónde se mete. Esta situación es peligrosa.
Por un segundo, sus palabras parecieron más advertencia que consejo. Galia sostuvo su mirada y luego asintió.
—Lo tendré en cuenta.
Sin añadir más, se retiró del hospital. No podía quedarse ahí; había otra persona a la que debía enfrentar.
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El bar estaba lleno de humo y voces roncas, cuando Galia empujó la puerta. No prestó atención a los motociclistas que bebían afuera. Su mirada buscaba una sola figura, y la encontró en la barra: Petrov, quien sostenía un pequeño vaso que contenía un líquido cristalino.
Se acercó con pasos firmes y, antes de pensarlo demasiado, descargó una bofetada en su rostro. El golpe lo obligó a girar la cabeza, y cuando volvió a mirarla, tenía los ojos abiertos de sorpresa.
—¿Qué te sucede? —preguntó, atónito.
—No —escupió Galia, con la voz cargada de rabia—. Esa pregunta te la debería hacer yo. Dijimos que nadie saldría lastimado.
Petrov frunció el ceño, recuperando la calma que siempre lo caracterizaba.
—Tenía que parecer real.
—¡Real van a ser los golpes que te daré si vuelves a ponerme en riesgo!
Él resopló, cansado.
—No te pasó nada, yo mismo me encargué de eso, y al menos él está vivo. Tienes que tranquilizarte.
—¡No me pidas calma! —la voz de Galia tembló un instante, quebrada por la angustia-
—Hey, ustedes dos, bájenle. Nadie va a golpear a nadie.
Javier se interpuso entre ellos, ambos hermanos lo fulminaron con la mirada, pero tanacostumbrado a ese carácter, se atrevió a continuar, cruzando los brazos. Su mirada pasó de uno a otro con fastidio.
—Galia, ¿qué saben hasta ahora?
Ella soltó un suspiro largo, tratando de controlar la rabia.
—No mucho. Apenas algunas pistas de almacenes, la foto de "Sebastian Gross"… y un buen agente con un hoyo en el brazo gracias a estos idiotas —lanzó una mirada fulminante a Petrov, que respondió con un rodar de ojos.
—Entonces habrá que seguir igual, darles pistas vacías —dijo Javier, encogiéndose de hombros.
Galia negó, frustrada.
—No voy a poder sostener esto por mucho tiempo. —ya no sé qué hacer… —sostuvo su rostro con ambas manos, tratando de apaciguar aquella carga.
Javier y Petrov se lanzaron una mirada cómplice, asintiendo ante el mismo pensamiento.
—Hay alguien que nos puede ayudar, tiene… distintas conexiones… —Habló por fin el peliblanco.
Al escucharlo Galia levantó el rostro, con el ceño fruncido. —¿Un doble agente? —
—Algo así. Pero no es de fiar. Si las cosas se tuercen, se irá con el bando que más le convenga.
—Nombre.
Petrov la miró con seriedad.
—Adrian Molski.
El nombre quedó flotando en el aire como una amenaza velada. Galia se cruzó de brazos, incrédula.
—¿Y se supone que confíe en alguien así? —preguntó, con voz cargada de ironía.
Petrov la miró con firmeza.
—No confíes. Solo escúchalo. Él sabe demasiado, y aunque juega para muchos bandos, por ahora es nuestra única ventana de escape.
Javier asintió, serio, sin su sarcasmo habitual.
—En este juego nadie es del todo aliado, Schmitt. Pero a veces los peores enemigos son los que nos mantienen con vida un poco más.
Galia apretó los labios, luchando contra la tormenta interna. Miró a su hermano, tan cerca y tan distante al mismo tiempo. La misma persona que había jurado protegerla en su niñez, ahora está hundido en un laberinto que lo devoraba por dentro.
—Si seguimos por este camino, Petrov, no habrá salida —murmuró, con el corazón desgarrado.
Él extendió la mano y tomó la de su hermana.
—No hay vuelta atrás, Galia. No para mí.
El silencio que los envolvió fue casi insoportable. El ruido del bar, las risas de los motociclistas y la música parecían ecos lejanos de un mundo al que ya no pertenecían.
Al levantarse para marcharse, Galia lanzó una última advertencia, firme como el filo de un cuchillo.
—No me pidas que te abandone, Petrov. Pero tampoco me obligues a elegir entre tú y la ley.
Se alejó sin mirar atrás, con el peso de esas palabras ardiendo en su pecho. Sabía que tarde o temprano, ese momento llegaría.
Petrov la siguió con la mirada, serio, mientras Javier exhalaba un suspiro cansado.
—Hermano… —dijo el español, apoyando un brazo en la barra—. Esa mujer va a romperse en mil pedazos si la haces cargar con tu guerra.
Petrov apretó la mandíbula, con la vista fija en la puerta que se cerraba tras ella.
—O se rompe… o me salva. Lamentablemente no tengo otra opción.