La madrugada en Washington se sentía más fría de lo habitual. Galia no había logrado dormir; la imagen de su hermano en aquel bar seguía persiguiéndola. Su confesión, el nombre de Adrian Molski, y la incertidumbre, se mezclaban en su cabeza como piezas de un rompecabezas imposible de encajar.
El amanecer la encontró en pie frente al espejo, ajustando su chaqueta del FBI. Intentaba convencer a su reflejo de que aún controlaba la situación, aunque por dentro todo se tambaleaba.
Cuando llegó al hospital, Christopher ya estaba despierto, recostado con el brazo vendado. La saludó con una sonrisa cansada.
—Buenos días, agente Schmitt.
—¿Cómo te sientes? —preguntó ella, procurando sonar ligera.
—Mejor de lo que esperaba. La bala no fue profunda. Pronto estaré de regreso. —Su tono era animado, pero sus ojos seguían mostrando un dejo de desconfianza.
Galia desvió la mirada, incómoda.
—Me alegra. Descansa lo que necesites.
Dejó algunos papeles sobre la mesa de al lado, excusas listas para justificar su ausencia si Wilson preguntaba. Christopher quiso añadir algo más, pero ella ya se retiraba. No podía permitirse más silencios incómodos ni preguntas que no sabría responder.
El bar volvía a estar cargado de humo cuando Galia entró de nuevo. Petrov y Javier la esperaban junto a la barra. Su hermano le ofreció un vaso de vodka, ella lo tomó solo para calmar los nervios.
—Bienvenida otra vez, hermana —dijo Petrov con ironía, como si quisiera restarle gravedad a la tensión de la noche anterior.
Ella lo ignoró.
—¿Dónde está el famoso agente del que me hablaron?
Javier intervino, con un gesto burlón.
—No seas tan impaciente. Está por llegar.
Y como si hubieran anunciado su llegada, la puerta trasera del bar se abrió con un chirrido suave. La figura que apareció no era lo que Galia esperaba: una mujer joven, de cabello fucsia que caía como una cascada brillante sobre sus hombros, vestida enteramente de negro. Su piel clara contrastaba con el humo del lugar, y sus ojos —uno miel, el otro azul celeste— parecían diseccionar todo a su alrededor.
Su sonrisa era como un filo escondido detrás de un gesto coqueto.
—Así que esta es la famosa Galia Schmitt. —Se apoyó en el marco de la puerta con naturalidad—. Debo admitir que eres mucho más interesante en persona que en los informes.
Galia frunció el ceño.
—¿Adrian Molski?
—Sí, me pasa seguido. —Adrian se acercó con pasos felinos, sin apartar la vista de ella—. ¿Decepcionada o intrigada?
Petrov intervino con el ceño fruncido.
—Molski. Necesitamos que nos ayudes.
Ella rió suavemente, como si disfrutara de tener la atención de todos.
—Los Reyes están tan inquietos como ustedes ahora. Y cuando los Reyes se inquietan, alguien termina muerto.
El nombre golpeó el aire como un martillo. Galia se tensó, clavando sus ojos en Petrov.
—¿Los Reyes?
Adrián ladeó la cabeza, estudiando su reacción.
—Así que no lo sabían… qué adorables. —Su voz rezumaba sarcasmo—. Petrov, cariño, el contrato que firmaste, los jefes a los que sirves… todos llevan el mismo apellido. —Galia no entendía nada, se mantuvo en silencio prestando atención a sus palabras. — Los Reyes son la cabeza de toda la mierda del mundo, y tú sirves a ellos, eres como una pequeña hormiga obrera en todo esto, y cuando no sirvas de van a desechar, que es lo que está sucediendo ahora, o ¿por qué crees que hasta ahora te busca el FBI?
El silencio cayó pesado. Petrov apretó los puños, mordiéndose el interior de la mejilla.
—¿Estás diciendo que trabajo para los Reyes?
—No “trabajas”, les perteneces —corrigió Adrian, dando un paso más cerca, su voz baja como un susurro venenoso—. Wilson les reporta cada movimiento tuyo. Y cuando te desvíes, será él quien decida si todavía eres útil o si deben reemplazarte.
Galia sintió que el suelo se le hundía bajo los pies. Miró a su hermano, que permanecía rígido, incapaz de responder.
—Petrov… —susurró, con la garganta seca.
Él negó lentamente, incrédulo.
—No… yo… yo nunca lo supe.
Adrian lo observó con una mezcla de burla y compasión.
—Cielo, eres eficiente, obediente, y demasiado ingenuo para darte cuenta de quién mueve realmente tus hilos, a quién llamas “jefe” trabaja para ellos.
Javier intervino, con el rostro endurecido.
—Entonces, ¿por qué ayudas? ¿Qué ganas con advertirnos?
Adrian sonrió con malicia.
—Porque me conviene. Y porque, en el fondo, me divierte ver cómo la familia Schmitt lucha contra un monstruo demasiado grande para ellos. Galia, no es casualidad que te hayan traído hasta aquí, esta es tu prueba…
Se inclinó hacia Galia, sus ojos heterocromos brillando con picardía.
—susurró—, tú, cariño, tú sí puedes jugarles al ajedrez. Tienes la sangre, la lealtad equivocada, y una carrera que podría ser tu condena o tu mejor máscara.
La agente sostuvo la mirada, firme, aunque por dentro un torbellino la destrozaba.
—No pienso convertirme en una de ustedes.
Adrian río de nuevo, apartándose.
—Ya veremos. Todos creen que tienen elección… hasta que los Reyes deciden por ellos.
Con un guiño provocador, se dirigió a la puerta trasera. Antes de salir, giró una vez más.
—Wilson los vigila, Petrov. Y Galia… —su sonrisa se curvó, peligrosa—, ten cuidado con quién confías. El lobo más cercano siempre es el que parece protegerte.
La puerta se cerró tras ella, dejando un silencio tenso y asfixiante.
Petrov se dejó caer en una silla, con las manos temblorosas.
—Todo este tiempo… yo pensé… —se interrumpió, incapaz de terminar la frase.
Galia lo miró, rota por dentro.
—Hermano… estás en una guerra que ni siquiera sabías que peleabas.
Javier encendió un cigarrillo, tratando de calmar su ansiedad, exhalando humo mientras observaba a los dos hermanos.
—Y ahora ya no se trata de si salimos vivos… sino de cuánto duramos antes de que los Reyes decidan reemplazarnos.