Entre Juegos y Secretos

Presa

Christopher abrió los ojos con un gemido ahogado. El golpe en su rostro aún le punzaba, y al intentar moverse descubrió que tenía las muñecas atadas a la espalda. Estaba sentado en una silla de madera, una habitación poco iluminada, impregnada del olor a alcohol y tabaco.

Frente a él, Galia permanecía de pie, los brazos cruzados, con el rostro tenso. Petrov se apoyaba contra la pared, fumando en silencio. Javier, sentado en una mesa cercana, lo observaba con calma, como si todo aquello fuera parte de una rutina demasiado conocida.

—¿Qué… qué demonios está pasando? —balbuceó Christopher, forcejeando con las ataduras.

—Tranquilo —respondió Galia, aunque su voz temblaba—. No estás en peligro.

Él la miró con incredulidad.

—¿No estoy en peligro? Acabo de ver al hombre que buscamos. ¡Sebastian Gross está aquí, frente a mí, y resulta que es tu hermano!

Petrov lanzó el humo hacia el techo, sin inmutarse.

—Vaya, qué rápido para atar cabos.

—¡Cállate! —Christopher lo fulminó con la mirada antes de volver a dirigirse a Galia—. ¿Desde cuándo lo sabes?

Ella cerró los ojos un instante, como si le costara respirar.

—Hasta hace poco. —Mintió — No fue mi elección ocultarlo.

—¿No fue tu elección? ¡Eres agente del FBI! —la voz del rubio se quebró, una mezcla de rabia y decepción—. ¡Tu deber es entregarlo!

Javier se levantó despacio, interponiéndose con calma.

—Mira, amigo, bájale dos rayitas a tu desesperación. Galia está en medio de algo mucho más grande de lo que imaginas.

Christopher soltó una risa amarga.

—¿Y tú quién diablos eres?

—Alguien que sigue vivo porque entiende que a veces la lealtad no es blanco o negro. —Su tono tenía un filo irónico, pero no dejaba de ser serio.

El silencio se extendió unos segundos, roto solo por el sonido del cigarrillo de Petrov al consumirse. Finalmente, Galia se puso de cuclillas frente a Christopher, obligándolo a verla a los ojos.

—Escúchame. Hay algo más grande detrás de todo. Ellos mueven los hilos, incluso los de Wilson. Petrov ni siquiera lo sabía, lo tienen vigilado.

Christopher abrió los ojos, incrédulo, casi burlándose, con una sonrisa seca.

—¿Wilson…?

—Sí —afirmó Galia con firmeza—. Él trabaja para ellos. Y si descubren que sabes más de la cuenta, te matarán.

El rubio apretó la mandíbula, procesando la revelación. Su respiración se volvió más agitada, oscilando entre la furia y el miedo.

—Entonces entrégalo —susurró al fin—. Si tu hermano es un peón, quítalo del tablero antes de que nos arrastre a todos.

Galia tragó saliva, incapaz de responder.

Petrov apagó el cigarro contra la pared y dio un paso al frente, mirándolo con frialdad.

—No me subestimes, muchacho. Peón o no, sigo siendo más útil de lo que imaginas.

Christopher lo sostuvo con la mirada, desafiante.

—No eres más que otro criminal.

La tensión escaló al límite. Fue Javier quien cortó el aire con un chasquido de lengua.

—Bueno, basta de discursos. O lo convencemos, o lo dejamos como muebe en algún rincón olvidado. Pero no podemos quedarnos así, mirándonos como si fuéramos a matarnos aquí mismo.

Galia giró hacia él, con desesperación en la voz.

—¡No! Nadie más va a morir por esto.

Sus palabras resonaron en la habitación como un juramento, aunque ni ella misma sabía si podría cumplirlo.

Petrov la observó largo rato, y luego se volvió a Javier.

—Tendremos que moverlo. Wilson sospechará si desaparece demasiado tiempo.

Javier asintió, resignado.

—Sí, pero si lo devolvemos, este cabrón no se callará. Exclamó Javier señalandolo de manera acusatoria.

—Entonces decide tú, hermana.

La respiración de Galia se cortó. Era la trampa perfecta, y esta vez no había escapatoria.

Mientras la tensión hervía en aquel cuarto escondido, en otra parte de la ciudad el agente Wilson se servía un café en su oficina. Lo hacía con la calma calculada de alguien que sabía esperar.

Frente a él, un informe clasificado reposaba sobre la mesa. Lo había recibido hacía apenas unos minutos: rastros de un enfrentamiento en las calles, una persecución de motociclistas, disparos. Y en medio de todo, los nombres que siempre le interesaban: Galia Schmitt y Christopher Stan.

Wilson hojeó el documento con parsimonia, pero sus ojos fríos se clavaron en el margen donde aparecía un nombre en clave: Gross.

—Así que te dejaste ver, ¿eh? —murmuró con una media sonrisa.

Se recostó en la silla, sacando su teléfono. El contacto encriptado aparecía solo como R. No necesitaba más.

—Informe de rutina —dijo al recibir respuesta, con tono impersonal—. El peón sigue en movimiento,aunque torpe. La hermana se convierte en un factor inesperado. Y el rubio… si ya lo descubrió, aún no decide de qué lado juega.

Del otro lado de la línea solo hubo silencio, seguido de un “continúe” cortante.

—No se preocupen. Yo me encargo de que todo termine donde ustedes quieran.

Colgó y se quedó unos segundos observando su reflejo en la ventana. A lo lejos, los edificios de Washington. Wilson apretó el nudo de su corbata y murmuró para sí mismo:

—Los Schmitt aún creen que pueden escoger. Pobres ingenuos.

Un golpecito en la puerta interrumpió sus pensamientos. Benett entró con una carpeta bajo el brazo.

—Señor, el agente Stan no está en el hospital. Nadie sabe adónde fue.

Wilson la observó con calma.

—Perfecto. Justo como lo planeaba.

La mujer frunció el ceño, confundida.

—¿Señor?

Él le dedicó una sonrisa helada.

—Eso significa que ya está en el lugar donde debe estar. Y si no… pronto lo estará.

Cuando la puerta se cerró, Wilson abrió un cajón de su escritorio. Dentro, guardaba una pistola llamativa, con la corona de “los Reyes” grabada en ella. Acarició el metal con reverencia, como quien toca un amuleto.

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