La presa ha escapado con dudas y con miedos, no sabe qué hacer y en su desespero regresa a su rebaño, acude al lobo vestido de oveja, traiciona a quien alguna vez había confiado y escupe lo que ha escuchado, llevando a todo el rebaño a aquel acantilado.
El amanecer sorprendió a Galia después de su insomnio. El sonido del teléfono la hizo sentarse en su cama. Era Petrov.
—Tu princesa de cabello dorado escapó.
Se incorporó de golpe, vistiéndose a toda prisa.
—Era algo que podía pasar. Es un agente. Y ustedes dos, unos idiotas que no saben hacer un nudo.
—Gracias por los halagos —contestó él, cargado de sarcasmo—. Encárgate de eso, nosotros tenemos otra tarea.
—Petrov…
—Será la última entrega, hermana. Lo prometo. Después de esto, lo único que pisaremos será el campo de Rusia, en casa.
El nudo en la garganta la obligó a asentir.
—Cuídate, por favor.
—Я люблю тебя, сестра —te quiero, hermana.
—Я люблю тебя, брат —te quiero, hermano.
Colgó.
Galia salió con el auto, recorriendo calles cercanas a la casa de Christopher. No había rastro de él. Un número desconocido apareció en su pantalla. Contestó con cautela.
—¿Alo?
—Привет, маленькая —hola, pequeña.
La reconoció al instante. Esa voz seductora y burlona era inconfundible.
—¿Cómo conseguiste mi número, Adrian?
—Tu expediente en el FBI lo tiene, pero eso es lo de menos. —Su tono era ligero, como si disfrutara con cada palabra—. Al parecer tu amigo Stan abrió la boca de lo más grande. Debes sacar a tu hermano cuanto antes. Te enviaré la ubicación. Corre. En tu antigua oficina ya están preguntando por ti… “¿Dónde estará Galia?, estará coludida en todo esto?” — enfatizó en tono de burla fingiendo la voz de un tercero—aunque, por lo que oí, podrían darte una segunda oportunidad.
El mensaje fue un golpe en el pecho. Galia miró la ubicación y aceleró sin pensarlo.
—¿Qué quieres a cambio, Adrian?
—¿Qué? —fingió desentendimiento.
—Esto no es un regalo. Dime el precio.
—Un favor que le debo a tu hermano. Si no fuera porque me usaron para investigarlo, los Reyes ya me habrían desechado. —Pausó, divertida—. Pero si quieres pagarme… quizá podamos encontrarnos después y ver cómo lo arreglamos.
Galia bufó, respondiendo con ironía.
—Así que la hermosa Adrian es reemplazable.
La risa de Molski fue clara.
—No, cariño. Soy irremplazable. El problema es que juego para muchos equipos… y siempre me quedo con el que me conviene. Pero te recomiendo ya que ya no pierdas más el tiempo cariño.
Colgó, e inmediatamente llamó a su hermano.
Petrov atendió su llamada mientras ella conducía.
—¿Lo encontraste?
—No. Fue directo a Wilson. Les contó todo.
Un silencio pesado los envolvió a ambos. Galia apretó el volante.
—Carajo. Sabíamos que podía pasar. —replicó. — Ya tenemos un plan. No te preocupes.
—Voy para allá.
—Galia…
—¿Qué?
—Pase lo que pase, elige lo que te deje viva. Aunque eso signifique dejarme a mí.
El silencio de ella fue la única respuesta. Siguió conduciendo con gran velocidad.
Cuando llegó, las camionetas negras de Petrov y Javier ya estaban estacionadas. Un grupo de ocho hombres armados los acompañaba.
—¿Ya terminaste? — se dirigió a su hermano.
—Ya, se llevaron la última carga, debemos irnos, trazaremos una ruta fuera del camino marcado, ahí nos esperarán con….
No terminó de explicar cuando Wilson apareció con sus propios agentes. Bajó del vehículo con calma, ajustándose el chaleco, y se dirigió directamente a Galia.
—Señorita Schmitt… siempre un paso adelante. Qué bueno tenerla aquí. — replicó con sarcasmo, detrás de él, sus hombres levantaron las armas apuntando hacia Petrov y los suyos. La tensión se volvió insoportable, todos los dedos en los gatillos.
Wilson avanzó un paso más, a la par de la castaña, su sonrisa helada como un filo.
—Voy a ser generoso con usted y rápido. Tiene dos opciones. Está justo en medio, y a cada lado se abre un destino diferente. Podría acabar con esta payasada del señor Gross, perdón, del señor Schmitt —corrigió con burla — y volver a Rusia, para llevar una vida tranquila… o si no, mis hombres le dispararán a usted también.
La voz de Petrov resonó al frente de ella, grave y cargada de urgencia:
—Galia, recuerda lo que te pedí. Esto no termina aquí, escuchaste a Molski.
Wilson levantó la mano, impaciente.
—Tiene diez segundos agente. Y el tiempo corre.
La serenidad con la que Wilson manejaba la situación la tenía asqueada y llena de rabia….
—Uno.
El conteo la hizo aterrizar de sus pensamientos, el corazón de Galia martillaba en su pecho.
—Dos.
Sus manos sudaban, el arma pesaba como plomo.
—Tres.
Petrov gritó:
—¡Hazlo ya, hermana! Sabes que te amo. Te estoy suplicando que lo hagas.
—Cuatro, hazlo, Galia —Wilson apretó la mandíbula—. No tenemos todo el día.
—Cinco. Seis.
El conteo se aceleraba, igual que sus nervios.
Petrov alzó el arma apuntando a Galia—Hazlo, piensa en nosotros —insistió Petrov—. Recuerda que no hice esto para que mueras aquí.
Con los ojos abiertos por la sorpresa de ver a su hermano apuntandole y un sollozo ahogado, Galia sacó su arma y lo apuntó.
Wilson sonrió satisfecho.
—Muy bien. Solo termine con esto y usted y yo podremos seguir adelante.
Los ojos enrojecidos del peliblanco apenas sostenían las lágrimas.
—Hazlo, ya, maldita sea.- indicó Petrov, como una orden.
—Hermano… no puedo… —Galia susurró con la voz rota.
Él la miró fijamente, cada detalle, como si quisiera grabar su rostro para siempre.
—Te prometo que te perdono. Que te amo. Siempre estaré contigo.
Los recuerdos la golpearon como un torrente: los juegos de infancia, las risas, los secretos compartidos. Todo se volvió insoportable.