Entre Juegos y Secretos

Epilogo

Aún crecían flores en el jardín donde, con apenas ocho años, Galia las había plantado por primera vez. La casa permanecía intacta, como si el tiempo se hubiera detenido el día en que sus padres la dejaron atrás. El sol bañaba el lugar con una luz cálida y la brisa movía suavemente el pasto, recordando por qué su familia siempre había buscado una vida tranquila, lejos del ruido del mundo.

Sentada en las escaleras de la entrada, Galia se dejó arrullar por ese paisaje. En su pecho, sin embargo, no había paz, solo un vacío insoportable. A veces se sorprendía a sí misma imaginando que él volvería caminando desde el horizonte, sonriendo como siempre, para abrazarla. Pero la realidad era cruel: Petrov ya no estaba. Y no importaba cuánto lo deseara, jamás regresaría. Ella misma había tomado esa decisión.

—¿Vas a comer algo? —la voz de Javier la arrancó de su trance.

—Iré enseguida —contestó sin mirarlo.

Había regresado a Rusia no sólo para huir, sino para traer a su hermano a su lugar favorito, donde se sentía seguro. Javier había decidido acompañarla. También tenía familia en ese país, pero se quedó en casa de los Schmitt, decidido a protegerla de cualquiera que intentara perturbarla. Ella se lo agradecía en silencio. Ya no tenía fuerzas para luchar; así que, si alguien le apuntaba con un arma en la cabeza, probablemente no haría nada por detenerlo.

En la cocina, Javier servía la comida. Su cabello largo caía sobre sus hombros, mientras colocaba los platos en la mesa. Comieron en silencio, sin necesidad de palabras. Cuando terminaron, Galia volvió a sentarse fuera de la casa. Así sucedieron los días: comía porque debía hacerlo, respiraba porque su cuerpo lo exigía, pero en su interior solo había una niebla espesa. Pasaba horas mirando el techo, o pérdida en el horizonte.

Con el tiempo, esas rutinas se convirtieron en semanas, y las semanas en meses. Galia comenzó a limpiar la casa, a deshacerse de cosas inútiles, a reordenar recuerdos que dolían demasiado. Una tarde, mientras revisaba fotografías familiares, Javier regresó a la sala con un sobre en las manos.

—Petrov dejó esto para ti —dijo, algo ansioso—. Me pidió que te lo entregara dos meses después de… ese día. No lo abrí.

Ella lo tomó en silencio.

—Gracias.

Javier asintió y se retiró, dándole privacidad.

Las manos de Galia temblaban al abrir el sobre. Dentro, una carta.

"Hermana, voy a empezar a relatar esto como en las películas, así que no te rías de mí…"

La voz de Petrov parecía susurrarle desde el papel.

“Sí estás leyendo esto, es porqué probablemente, ya no estoy junto a ti. No sé qué pasará mañana, ni mucho menos, pero si las cosas no salen como esperamos, espero que vuelvas a casa, que te alejes de esto por un tiempo, no me importa dónde quede yo. Quiero que te recuperes, porque debes saber que esto no termina tan fácil, hoy solo somos pequeños peones que se comieron para llegar a lo más grande, pero tienes que seguir defendiendo lo que te vuelve libre, quiero que regreses con ese objetivo, con todo lo que sabes, que valga la pena aquella decepción que te causé, que valga la pena mi muerte si es que estoy así. Te prometo que te voy a cuidar siempre, y perdóname, que yo te perdono por todo, siempre.

Te amo, Galia.”

Las lágrimas mancharon la tinta. Galia apretó la carta contra su pecho. Petrov era lo único que le quedaba, y ya no estaba. Tenía que levantarse, regresar a Washington y terminar lo que él había empezado.

El crujido brusco de la puerta principal la alertó. Bajó las escaleras y encontró a Javier apuntando con su arma a un hombre mayor, trajeado, impecable. El intruso no parecía nervioso: se mantenía sereno, incluso frente al cañón que le señalaba la frente.

—¡Galia, vete! ¡Toma el auto y vete! —exclamó Javier.

El desconocido la observó con una calma inquietante.

—Señorita Schmitt, su hermano me habló mucho de usted.

—¿Quién es usted? —preguntó ella, sin bajar la guardia.

—El exjefe de Petrov. —Su voz fue grave, solemne—. Lamento profundamente lo ocurrido. Él solo buscaba protegerlos.

—¡Váyase antes de que le disparemos! —Galia lo cortó, tajante.

El hombre inclinó ligeramente la cabeza.

—Solo vengo a ofrecer mis condolencias… y a decirle que cualquier cosa que necesite, estaré a su disposición. A ningún costo. Soy yo quien le debe demasiado. Javier tiene mi número si lo necesita. —hizo ademán de irse, pero volvió como si por poco hubiera olvidado algo. — Además, debe regresar a Washington, en su oficina la esperan— La castaña frunció el ceño ante sus palabras, dicho esto, aquel hombre se marchó sin esperar respuesta.

Javier bajó el arma, incómodo.

—Lo siento, Galia… yo no quería…

—Ya no importa —respondió ella, fría—. Tengo que regresar a Washington.

—¿Para qué? Ni siquiera sabes si aún están ahí.

—Entonces buscaré a quien me lo diga. Además, debo regresar para la audiencia.

Él dudó, pero finalmente asintió.

—Bien. Empaquemos y vámonos.

Washington D. C.

—Agente Schmitt, después de una exhaustiva investigación, usted puede volver a su cargo a partir de este momento, dándose en el entendido que no coludia junto con el Sr. Francis Wilson ni con el Sr Sebastian Gross y además, cumplió su deber, ayudando a terminar con un grupo criminal. —la mitad de eso era un error, pero le ayudaba a continuar.

—Gracias Sr. Juez.

Salió de la corte dispuesta a continuar investigando, en el FBI y por su cuenta, la muerte de su hermano no quedaría así, porque ellos solo habían sido pequeñas piezas….

Washington D. C., 11:34 p. m.

—Mi única pregunta es: ¿por qué te disfrazas de fugitiva? —la voz de Javier resonó en el intercomunicador—. No has conspirado contra los Estados Unidos.

—No. Pero el grupo criminal más buscado del mundo me tiene en su lista negra.

—En mi opinión, ese abrigo negro, el cabello corto y los lentes de sol en plena noche no ayudan mucho. —justificó en un tono burlón.




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