La habitación estaba apenas iluminada por la luz mortecina que se filtraba desde la calle. Petrov observaba por la ventana, con el cigarro apagado entre los dedos, como si buscara en la oscuridad una respuesta que sabía que no llegaría.
—¿Te arrepientes de haberme seguido hasta aquí? —preguntó sin girarse. Su voz sonó grave, cargada de un cansancio que pocas veces dejaba escapar. En el fondo esperaba un “no”, aunque estaba dispuesto a aceptar lo contrario.
Javier no dudó.
—No.
Un silencio denso los envolvió. Petrov apretó la mandíbula, como si aquello no bastara para aliviar la tormenta que sentía dentro.
—Entonces… si algo me pasa…
—No te va a pasar nada. — lo interrumpió Javier con firmeza. No quería escuchar esas palabras, aunque ambos sabían la verdad: en su mundo, los finales felices no existían. Si no ocurría mañana, ocurriría otro día.
Petrov cerró los ojos por un instante..
—Si algo me pasa… cuida de ella.
Javier soltó una leve carcajada amarga, sin apartar los ojos de él.
—Siempre la he cuidado. No sé de qué demonios te preocupas.
Petrov giró por fin, permitiéndose una sombra de sonrisa.
—Lo sé. Gracias.
Dejó el cigarro en el cenicero y caminó hacia la puerta. Aquel pequeño cuarto había sido antes solo un sitio para fumar, un rincón olvidado. Con el tiempo, se había transformado en su escondite, un refugio silencioso cada vez que todo salía mal. Esa noche, sin embargo, se convirtió en la antesala de la despedida que ninguno de los dos quiso pronunciar.