Los días siguientes eran diferentes, a veces buenos, a veces malos, pero siempre tenía en quien confiar, tenía a Diego, tenía a Javier y tenía a Santi a mi lado, así que por más difícil se vuelva la cosa sabía que no estaba solo.
El libro de Santi era bueno, lo leía en ratos, así que me costó acabarlo, pero no tenía prisa y Santi nunca me lo pidió, me dió mi tiempo para disfrutarlo, el libro contenía también notas de Santi, lo que le gustaba, lo que no le gustaba, lo que sentía y era asombroso conocer una parte de Santi, una parte que nunca pensé que podía amar de alguien. A veces escribía en partes que no contenían notas de él, en otras partes le respondía a lo que él decía.
Leer el libro era como leerme a mí mismo, me sentía tan identificado con Aristóteles, sentía que era yo era él o que él era yo, a veces olvidaba que leía otra historia y no era la mía, su forma de ver al mundo a esa edad me ponía a pensar, ¿A caso no todos éramos como Aristóteles? ¿Como Dante? ¿Cómo esos niños que quieren descubrir el mundo mientras se descubren a ellos mismos? Creo que a veces olvidamos que cuando somos niños solo tenemos dudas, solo queremos conocer más y más y que el saber no es malo, pero cuando crecemos eso desaparece o nos obligan a que lo desaparezcamos, porque a la gente no le gusta lo complicado, no les gustan las preguntas, no les gusta lo diferente, ¿Hubiera sido igual que él si fuera tan libre como él parecía serlo?
A veces encontraba las notas de Santi en cosas divertidas o en cosas raras, como la parte en donde Aristóteles le pregunta a su madre que a que edad su madre pensará que está listo para entender y como él subrayaba eso y ponía que así fueron varias de sus pláticas con su madre, y yo me pregunté ¿Hay una edad en la que ya estábamos listos para entender? Porque yo seguía creciendo pero seguía sin entender y también habría una edad en la que los padres entendieran a sus hijos, deseaba que hubiera universos en donde eso pasaba, donde los padres también entendían que los niños también eran humanos y merecían aprender, equivocarse, amar, odiar, de todo, pero al final solo había un universo, uno donde los padres también cometen errores y lastiman a sus hijos, uno donde importaba más su opinión y no la de los niños.
También subrayaba cosas más ligeras, como que los tipos tan morenos como él se podían sonrojar y había una nota en donde Santi escribía que también se sintió raro cuando descubrió que se veía que se sonrojaba. Me dió risa imaginarme a Santi sonrojado, aunque también sentí que sería un espectáculo tan increíble y que quisiera presentarlo no una ni dos veces, si no que quería presenciar ese sonrojo en toda la vida que me quedara. ¿Por qué nos emociona tanto lo que una persona hace? ¿Cómo es que amamos tanto que puede doler tan fuerte? Creo que uno nunca lo sabe, pero aún así lo sabe. Escribí abajo de lo que él escribió “espero algún día verte sonrojado y también espero que yo pueda provocarlo”. Me pregunto si leería el libro de nuevo para saber que pensaba pero aún si no lo hacía estaba bien, yo podría enseñarle todo lo que pienso, mientras me lo pida, lo haré.
Yo también subrayaba, cómo la parte en donde Aristóteles contaba sobre las cosas que pasaban en su vida, en como una de ellas era que no era que no amaba a sus padres, solo que no sabía cómo amarlos; me pregunto si en algún momento yo también fuí así o si sigo siendo así y los dos pensamos igual en algo, que si esa persona nos conociera como somos en realidad, quizá no le agradariamos.
Así iba mi vida, salía con mis amigos, iba a la universidad, iba al psicólogo y leía. Una vez solo estábamos Santi y yo, hablábamos de cualquier cosa y de nada, me gustaba esto, era tan increíble y tan tranquilo y tan especial y tan de él como mío.
— ¿Cómo te va con el libro? — me pregunta mientras me mira, yo solo me encojo de hombros y suspiro.
— Es bueno, soy muy lento leyendo, es solo que me tomo un momento para pensar lo que dice o para pensar lo que yo digo sobre eso — le digo mientras miro mis manos.
— Espero que mis notas no hagan más difícil para ti el libro — me dice con una sonrisa y yo solo puedo pensar que quiero ver esa sonrisa siempre, quiero drogarme con esa sonrisa y quisiera ver como es que alguien como Santiago se sonrojara, probablemente sería algo estupendo y que pediría siempre que pudiera.
— Nah, es divertido ver cómo piensas, además hay veces en las que respondo a tus notas — le devuelvo la sonrisa.
— Es como si ahí solo pudiera escribir lo que pienso y no quiero decir — me dice mientras se acaricia el brazo y yo no puedo estar más de acuerdo con él y no puedo evitar sentirme feliz al saber que me comparte un poco de él y como yo le comparto un poco de mi, cada quién tendrá un pedacito del otro.
— Estoy empezando a entender eso — le digo y los dos nos miramos a los ojos y ahí encuentro una absoluta paz en este momento, lo que debería de ser ahora, pero sé que cambiará en otros momentos y ahí estaré para disfrutarlo. Miré su mano, estaba en la mesa, me permití levantar la mía y ponerla arriba de él, la suya estaba cálida, la mía estaba fría, pensé que esto estaba mal, pero también pensé que quería esto, casi quite mi sonrisa, pero ver la cara de Santi me hizo ver que estaba bien y a mi me gustaba tocarlo, creo que se volvería una de mis partes favoritas de esto.
Los días pasaron, hubo un momento en la noche en donde yo no podía dormir, habíamos hecho una pijamada en la casa de Diego, salí al patio mientras sentía el frío en mi cuerpo, sentía como el frío se adentraba por mi cuerpo hasta mis huesos, pero no se sentía horrible, se sentía tranquilizador, como si la noche me estuviera acunando entre sus brazos, se sentía tan tranquila la noche, no había ruidos, ni siquiera de los grillos y el cielo estaba respeto de estrellas, grandes, pequeñas, medianas, todas brillando con esa luz resplandeciente que se sentía tan especial y que solo un tonto no las aprovecharia, la luna era tan grande y tan completa y tan brillante y tan bonita, yo tenía los ojos cerrados, disfrutando de todo. Respirando la tierra y hierba fresca, casi como si estuviera en paz.