Pasábamos casi todos los días en la casa de Diego. No solo Diego y yo —que éramos los que vivíamos ahí—, también Javier y Santi. A Diego no parecía molestarle; de hecho, le encantaba tener gente en su casa. Aunque, obviamente, todos pagábamos nuestras cosas. Yo había pasado de vivir en el sillón a tener mi propio cuarto. Era más pequeño que otra cosa, pero era mío, y me gustaba. Me gustaba más cuando Santi se quedaba a dormir. No voy a mentir: solos él y yo en el cuarto era mi momento favorito de terminar un día y empezar otro.
A veces despertaba antes que él. La luz del amanecer se filtraba por las cortinas, dibujando sombras suaves en la pared. El aire olía a sábanas frescas y a el perfume de Santi, ese aroma a vainilla y algo cítrico que siempre lo acompañaba. Me quedaba quieto, escuchando su respiración lenta y profunda, como si cada inhalación y exhalación fuera una canción de cuna solo para mí.
A veces me reía en bajito para que no se despertara, pero era porque abría la boca mientras dormía y babeaba un poco en la almohada. Pero no me importaba. Podía quedarme ahí, viéndolo dormir durante horas: sus pestañas largas, que se movían levemente con cada sueño; sus cejas gruesas, que a veces se fruncían como si estuviera soñando algo intenso; las pecas en su nariz, que siempre me daban ganas de contar; la forma en que su pecho subía y bajaba lentamente, como un ritmo que me hipnotizaba. Era como si el tiempo se detuviera. Y, por primera vez en años, no sentía prisa por que pasara algo más.
A veces me preguntaba cómo era posible que alguien tan perfecto existiera. Sé que la gente no es perfecta, pero para mí, Santi sí lo era, y eso me bastaba. ¿Cómo era posible que, después de todo el dolor, la vida me hubiera dado esto? ¿Cómo era posible que, después de tanto tiempo sintiéndome solo, ahora tuviera a alguien que me hacía sentir en casa solo con su presencia? Alguien que, sin decir nada, me había enseñado que el amor no era algo de lo que había que tener miedo.
Hoy me levanté antes que él. El sol ya asomaba por la ventana, y el aire estaba fresco. Volteé hacia su lado de la cama y lo vi dormido, con un brazo bajo la almohada y el otro estirado hacia donde yo había estado. Su cabello, siempre rebelde, estaba despeinado en todas direcciones, como si hubiera luchado contra la gravedad toda la noche. "El cabello chino siempre hace lo que se le da la gana", como él siempre decía. Sonreí. Era tan él.
Me acerqué y, con mucho cuidado, le toqué una mecha de su cabello. No se movió. Respiré hondo, sintiendo esa paz que solo él me daba. Este era mi lugar favorito en el mundo: a su lado, viéndolo dormir, sabiendo que al despertar me sonreiría.
Santi empezó a removerse. Se estiró como un gato (obviamente me reí, espero que no me haya escuchado), emitiendo un sonido entre un gruñido y un suspiro, y abrió los ojos. Sus ojos parpadearon un par de veces antes de enfocarse en mí. Le sonreí.
— Hola, dormilón —le dije, picándole la mejilla con suavidad.
Él se rió, un sonido bajo y cálido que me erizó la piel.
— Hola, bonito —murmuró con voz adormilada, mientras se acomodaba y me besaba la mejilla. Su aliento olía a menta, como siempre, (el cual sigo sin entender como es que hace que su aliento no huela mal en las mañanas, él dice que es higiene pero yo creo que es magia).
— ¿Dormiste bien? —le pregunté, acariciando su mejilla con el dorso de los dedos. Su piel estaba tibia, suave, como si fuera de seda.
Él asintió, frotándose los ojos como un niño.
— Para haber dormido después que yo, sí que te levantaste muy temprano —dijo, mirando la hora de su celular con diversión. Yo me reí.
— Para que veas —le guiñé el ojo, divertido — así será cuando vivamos juntos — le dije, era tan fácil sacar esto con él, quizá porque no me imaginaba un futuro sin él.
Se quedó pensando por un momento y luego se rió, me aventó la almohada.
— ¡Eso no es algo que digas cuando alguien despierta! — me decía mientras me golpeaba con la almohada, yo solo me reía mientras intentaba vagamente que dejara de hacerlo — Pero estoy de acuerdo, vivamos juntos.
Dijo y me besó con una sonrisa, algo que acepté gustoso.
Unos minutos después, bajamos y empezamos a decidir qué desayunar. Mientras caminábamos por el pasillo, no pude evitar pensar en cómo había cambiado todo. Antes, despertarme era un acto de resistencia. Cada mañana era una batalla contra el nudo en el estómago, contra el miedo a lo que el día traería. Ahora, despertarme era... fácil. Como si el mundo ya no fuera un lugar hostil, sino un lugar donde podía existir sin temor. O quizá el mundo siempre fue así, pero fuimos los humanos los que lo volvimos cada vez peor.
No pude evitar voltear a ver a Santi. Quizá en este mundo destruido por los humanos, había otros humanos que podían mejorarlo. Y en esos cambios, él era el que estaba a mi lado: el que dormía junto a mí, el que me besaba la mejilla al despertar, el que me hacía reír sin esfuerzo. El que, sin decir nada, me había enseñado que el amor no era algo de lo que había que tener miedo.
En eso, bajaron Diego y Javier. La cocina estaba llena de olores: el café que preparaba Diego, con ese aroma intenso y reconfortante; el pan tostado que Javier intentaba calentar sin quemar, desprendiendo un olor a cereal recién hecho; y el aroma dulce de la mermelada de fresa que Santi robaba cada vez que podía.
Diego, con su delantal de "Rey de la Cocina" (que en realidad era un delantal viejo con manchas de salsa que ya nunca se quitaron), estaba sirviendo café en tazas desparejadas, como siempre.
— Dime, Luisito —a Diego le encantaba molestar con ese nombre— ¿ya te dan más ganas de estar afuera que en el cuarto? —Lo decía de un modo burlón, recordando lo que le había contado sobre cómo me la pasaba en mi cuarto cuando vivía con mis padres. Yo me reí mientras negaba con la cabeza.
— Sí, ya me cansé de esconderme —le dije, mientras comía un pedazo de pan tostado con mermelada. Volteé a ver a Santi y le guiñé el ojo. Él solo sonrió, como si supiera exactamente lo que estaba pensando. Y quizá así era, porque sentía una conexión muy grande con él. ¿No pasa así cuando te enamoras? Que de repente entiendes al otro sin necesidad de palabras.