Entre La Luz Y La Oscuridad

Capitulo 1: El pulso de la nieve y el fuego

El viento proveniente del fiordo no traía aire, sino agujas. Soplaba con una furia sorda y constante desde los acantilados de la costa sur, arrastrando sobre la aldea de Skaalvik una polvareda fina de nieve dura que se filtraba por las rendijas de los tejados de turba y hacía crujir la estructura de roble de las viviendas. Afuera, en los corrales alineados cerca del puerto, los caballos del clan patio tras patio pateaban el suelo congelado y resoplaban gruesas columnas de vapor que se disipaban al instante contra el gris plomizo del cielo. Dentro de la pequeña choza de curación de la aldea, sin embargo, el aire olía de una forma muy distinta. La estancia olía a humo denso de pino, a grasa de reno hervida, a tierra húmeda y al aroma amargo y punzante de las raíces de milenrama y corteza de sauce secándose sobre el fuego.

Eira estaba arrodillada junto al hogar de piedra, alimentando las brasas con astillas secas de abedul. Llevaba las mangas de su túnica tejida enrolladas por encima de los codos, dejando al descubierto sus antebrazos pálidos, y su cabello, de un blanco impoluto y tan desprovisto de color como la nieve recién caída del pico de las montañas, caía a un lado de su hombro en una trenza floja. Con una mano firme sostenía un mortero de basalto y con la otra machacaba en un ritmo cansino un puñado de hojas secas de llantén mezcladas con grasa. El sonido de la piedra contra la piedra era lo único que rivalizaba con el silbido del vendaval en el exterior.

—Más fuerza en el pulso —resonó una voz a sus espaldas, serena, grave y cargada de una autoridad familiar que no necesitaba alzar el tono.

Thyra caminó hacia la mesa de trabajo arrastrando ligeramente una capa de pieles gruesas sobre los hombros. Tenía diez años más que Eira; sus tres décadas y media de vida se marcaban en unas finas líneas alrededor de sus ojos oscuros y en la aplomada firmeza con la que movía sus manos. Su cabello, en un contraste absoluto con el de la joven, era de un azabache denso, recogido en una trenza ajustada que le caía recta por la espalda.

Thyra apoyó una mano sobre el hombro de la muchacha de cabello blanco, deteniendo el rodar de la piedra.

—Si no rompes las fibras de la hoja antes de incorporar la grasa, la sustancia no absorberá el jugo amargo —dijo la hermana mayor, inclinándose para inspeccionar el fondo del mortero—. El frío de este invierno está endureciendo la piel de los hombres como si fuera cuero viejo. Si el ungüento no es concentrado, la pus se acumulará bajo la costra antes de que caiga la noche.

Eira exhaló un largo suspiro, sintiendo cómo el calor de la hoguera le enrojecía las mejillas. Ajustó el agarre sobre la mano de piedra y aplicó más presión, haciendo crujir los tallos secos hasta convertirlos en una pasta verdosa y homogénea.

—Sé cómo hacerlo, Thyra —respondió la joven de cabello claro sin levantar la vista—. Solo intentaba no convertir la mezcla en barro antes de que llegara el agua caliente.

—Saber no es lo mismo que ejecutar con precisión, Eira —repuso la mayor, tomando un paño de lino limpio de la balda superior y sacudiéndolo con un movimiento seco—. Cuando los pescadores o los leñadores cruzan esa puerta con la carne abierta o las extremidades moradas por el hielo, no tienen tiempo para tus intentos. Esperan que tus manos sepan exactamente qué hacer antes de que su sangre se enfríe.

La joven asintió en silencio. No había aspereza en las palabras de su hermana; solo la estricta y paciente urgencia de quien ha cargado con el peso de la vida y la muerte en la aldea desde muy temprana edad.

Un golpe seco retumbó contra la pesada puerta de roble de la vivienda, seguido inmediatamente por el sonido del pasador al levantarse con prisa. La puerta se abrió de golpe, dejando entrar una ráfaga de aire helado que hizo vacilar violentamente la llama del candil colgado del techo. La nieve pulverizada se coló por el umbral, derritiéndose en pequeñas gotas oscuras sobre las maderas del suelo.

Dos hombres de la aldea entraron a trompicones. El primero era Bjorn, un leñador corpulento de barba tupida decorada con pequeñas agujas de hielo; el segundo, apoyado torpemente sobre el hombro de su compañero, era Kari, un joven criador de caballos a quien Eira conocía desde la infancia.

Kari traía el rostro pálido como la cera, los labios azulados por el frío y un trapo de lana basto enrollado alrededor del muslo derecho, empapado en una mancha oscura y viscosa que ya comenzaba a congelarse en los bordes de sus pantalones de piel.

—¡Thyra! —grito Bjorn, sofocado, sosteniendo al herido mientras este soltaba un gemido sordo—. El madero de la empalizada cedió durante la ventisca. Kari intentó afirmarlo con la palanca, pero el hacha de tala se le resbaló de la cinta del cinturón al caer... Le abrió la pierna.

—Tráiganlo a la mesa. Ahora mismo —ordenó Thyra sin titubear un solo instante. Su voz cambió en una fracción de segundo, perdiendo la calidez del hogar para asumir la firmeza militar de una curandera experimentada.

Bjorn arrastró al lesionado hasta el banco de madera labrada en el centro de la estancia. Kari apretó los dientes con tanta fuerza que los músculos de sus mandíbulas chispearon bajo la piel sucia de hollín y barro congelado. Su respiración era agitada, un silbido corto y doloroso.

—Eira, el agua hirviendo y las tiras de lino fino —indicó la mujer de trenza oscura mientras sacaba de una funda de cuero afilada un cuchillo corto y curvo—. Trae también la salitre y el licor fuerte del estante inferior.

La muchacha de cabello plateado reaccionó instintivamente, como si el entrenamiento diario hubiera desplazado cualquier atisbo de duda de su mente. Cruzó la estancia sin hacer ruido, agarró la tetera de hierro caliente con un trapo grueso y vertió el agua humeante en un cuenco de madera limpia.

Luego, tomó los frascos con los extractos medicinales y se colocó a la izquierda de la mesa, al lado del herido. Thyra cortó el pantalón de piel de Kari con una habilidad pasmosa. El tejido duro cedió con un rasgón seco, dejando al descubierto una herida abierta, fea y anfractuosa que atravesaba el músculo del muslo desde la mitad de la pierna hasta casi la rodilla. La sangre, roja y espesa, volvía a brotar al liberarse de la presión de la prenda de vestir.




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