El galope de la yegua torda retumbaba contra el desfiladero helado, un ritmo desigual y desesperado que sacudía el cuerpo de Eira a cada tranco. El viento de la alta montaña no traía brisa, sino aguijones de escarcha que le golpeaban el rostro con la violencia de perdigones. Tenía las mejillas ardientes, cruzadas por surcos rígidos donde las lágrimas se habían congelado antes de poder caer, y la garganta completamente desgarrada tras haber gritado el nombre de su hermana hasta quedarse sin voz.
Al girar el torso sobre la gualdrapa chamuscada de la montura, la joven sanadora miró hacia atrás por última vez.
A lo lejos, en el fondo del valle costero, Skaalvik ya no era una aldea. Era una pira colosal de fuego anaranjado y humo ceniciento que devoraba los tejados de turba y las maderas de roble. La bruma negra del mar se mezclaba con el resplandor de los incendios, dibujando una mancha sangrienta en medio de la noche del sur. La silueta de Thyra, erguida frente a las hachas del Clan Draukr en el patio de los corrales, había quedado sepultada tras ese muro infranqueable de ruina.
—¿Por qué no me dejaste pelear a tu lado? —se preguntó la muchacha de cabello blanco, ahogando un sollozo que le quemó el pecho.
El morral de cuero espeso con los extractos medicinales que su hermana le había ajustado a la fuerza antes de empujarla hacia el peligro —golpeaba con cadencia pesada contra sus costillas. A su costado pendía el cuchillo curvo de desollar, el único acero con el que contaba.
La yegua soltó un resoplido agónico. El animal avanzaba con las patas cortas hundiéndose en la capa fresca de nieve virgen, acusando la fatiga de la estampida y el dolor de la zanca adolorida. El vapor de su aliento se disipaba al instante contra la penumbra de las rocas, mientras el ascenso por el sendero este se volvía cada vez más empinado y traicionero.
El frío de la noche comenzó a atravesar las capas de lana tejida de la túnica azul. Eira sintió que sus dedos, apretados torpemente contra las riendas de cuero, perdían la sensibilidad. Un temblor incontrolable amenazó con hacerla ceder sobre el lomo de la montura.
Entonces, contra su esternón, el Medallón de Plata respondió.
No hubo ningún estallido de luz ni manifestación divina. La matriz de plata heredada de su madre simplemente comenzó a emitir un pulso térmico constante y profundo que se extendió por sus pulmones y devolvió el flujo de sangre a su torso. El metal no se sentía frío en medio del desfiladero; latía con una tibieza limpia que desafiaba a la ventisca.
Eira deslizó una mano temblorosa por debajo del cuello de su túnica para tocar la joya rúnica. Sintió el relieve de las espirales perfeccionadas sobre la plata, experimentando una punzada de pavor agudo. No entendía qué clase de objeto le había entregado Thyra, ni por qué la plata de su madre parecía reaccionar al helado clima del norte de un modo que rozaba lo inexplicable.
—Solo soy una sanadora... —susurró la muchacha con la voz quebrada, tratando de convencerse a sí misma en medio de la oscuridad.
La yegua dio un traspié violento al pisar una placa de hielo oculto bajo la escarcha, recuperando el equilibrio a duras penas al borde de la ladera. El camino comenzaba a estrecharse bruscamente, internándose en las sombras espesas de los primeros coníferos que anunciaban la cercanía del Vado de los Sauces.
La sombra de los coníferos centenarios devoró el sendero a medida que la pendiente cedía hacia la cuenca baja del valle. El arbolado del Bosque de los Susurros se alzaba como una muralla de columnas negras cubiertas de escarcha, bloqueando la escasa luz de la noche y transformando la ventisca en un rumor sordo y envolvente entre las altas copas. El aire aquí olía distinto: a corteza congelada, a resina amarga y a la humedad profunda que precedía al lecho del río.
La yegua torda tropezó de nuevo. Esta vez no fue una simple placa de hielo. El animal lanzó un resoplido gutural, un quejido agudo que se desvaneció en el espeso manto de nieve, y sus patas delanteras cedieron por completo bajo el peso del esfuerzo acumulado.
Eira no tuvo tiempo de sujetarse.
El impacto contra el suelo la despidió sobre el cuello de la montura. Salió proyectada varios metros por encima de las riendas, rodando violentamente sobre la ladera antes de estrellarse contra el tronco congelado de un sauce llorón. El golpe le vació los pulmones de un plumazo. Una llamarada de dolor helado le recorrió la espalda y el hombro izquierdo, dejándola tendida de costado sobre un banco de nieve virgen. Durante varias pulsaciones, el mundo se redujo a una nebulosa de dolor y negrura. Tosió descontroladamente, sintiendo que el aire nocturno le quemaba la garganta lacerada. El sabor amargo del hollín y la sangre le llenó la boca.
—Levántate —se dijo a sí misma en medio del mareo, aferrándose al suelo empapado—. Tienes que levantarte.
Poco a poco, la visión se le aclaró. Se incorporó sobre los codos, gimiendo por la punzada que atravesaba sus costillas golpeadas. Apenas a cinco pasos de distancia, en la orilla del Vado de los Sauces, la yegua yacía sobre el costado. El animal intentaba erguirse en un frenesí desesperado, pateando la nieve con las pezuñas de cuero y salpicando la blancura con fragmentos de hielo y fango oscuro, pero su zanca trasera derecha —la misma que había recibido el impacto del hacha en los corrales— estaba doblada en un ángulo antinatural.
Eira se arrastró sobre las rodillas entre la nieve profunda, ignorando el dolor de su propia pierna dolorida.
—Tranquila... tranquila, pequeña... —murmuró la joven de cabello blanco, acercando las manos temblorosas hacia el hocico del animal.
La yegua dejó de sacudirse. Apoyó la enorme cabeza sobre la nieve, resoplando gruesas columnas de vapor que chocaban contra el rostro de la sanadora. Sus grandes ojos oscuros, llenos de un pánico apagado, buscaron los de Eira. De su garganta salía un silbido débil, el sonido de unos pulmones que comenzaban a colapsar bajo el frío extremo y el aplastamiento interno de la caída.