El olor no era el del humo acre de Skaalvik ni el del barro congelado del Vado de los Sauces. Era un
aroma denso y penetrante a manteca de reno rancia, resina de pino hervida, milenrama seca y el acre
tufo de la sangre estancada.
Eira abrió los ojos despacio, sintiendo que los párpados le pesaban como si estuvieran sellados por la escarcha.
La visión se le despejó entre ráfagas de penumbra y destellos dorados. Estaba tendida sobre un jergón
de paja dura cubierto por pieles de oveja y una manta de lana basta que picaba al contacto con la piel.
Por encima de su cabeza, las vigas de roble ahumado de la Læknashús se cruzaban en un entramado
robusto, de donde colgaban manojos de hierbas secas, matas de musgo de roca y sacos de lino atados con cordel de cáñamo. A través de las estrechas aberturas de la pared de troncos calafateados, el silbido del viento del norte retumbaba con una cadencia sorda y constante, recordando que la tormenta seguía devorando el exterior de Bjørngard.
Intentó incorporarse, pero una llamarada de dolor agudo le atravesó el hombro izquierdo y las costillas golpeadas. Soltó un gemido ahogado, volviendo a dejar caer la cabeza contra el cabezal de arpillera.
—Tranquila, muchacha. No intentes moverte de golpe si no quieres que esas costillas vuelvan a crujir
—dijo una voz áspera y profunda a pocos pasos de su jergón.
Eira giró el rostro con lentitud. Sentado sobre un taburete de tres patas, un hombre mayor con una barba canosa empapada en sudor y un delantal de cuero manchado de sebo, lavaba unos paños en un balde de madera de pino. Tenía los brazos musculosos cubiertos de cicatrices antiguas y las manos curtidas de quien había empuñado
tanto el hacha como las agujas de sutura durante décadas.
—¿Dónde... dónde estoy? —consiguió articular la joven de cabello blanco, sintiendo la boca pastosa y la garganta rasposa como si hubiera tragado ceniza.
—En la Læknashús de la fortaleza —respondió el viejo sanador, escurriendo el paño sobre el agua turbia con un chasquido sordo—. El chico Leif te trajo a rastras anoche desde el patio de armas, justo antes de que te desmoronaras como un saco de harina sobre la nieve. Decía que venías tiritando y que casi perdías los dedos por el frío en el vado, pero al quitarte la túnica para revisar tus moratones, vimos que tu piel no estaba tan fría como la de cualquiera de los guardias del muro.
El corazón de Eira dio un vuelco repentino.
Llevó de inmediato la mano derecha hacia el cuello de su túnica de lana azul, buscando a tientas debajo
de la ropa por instinto de protección. Sus dedos temblorosos tropezaron con la cadena y el disco de plata con sus grabados geométricos. El metal reposaba plano contra su piel, exactamente sobre el
esternón. No estaba helado como el aire del norte; emitía una tibieza tenue y ambigua que le recordaba
que seguía a salvo de la hipotermia.
Sigue aquí, pensó con un alivio amargo, recordando la orden rotunda de Thyra antes de ser engullida
por el fuego: Protege la plata.
—Es... es una reliquia de mi madre —mintió de prisa la muchacha, escondiendo el dije de plata con grabados geométricos de vuelta bajo el tejido de la ropa mientras intentaba mantener la voz serena—. Trae buena suerte.
El sanador la observó un segundo con ojos entornados y analíticos, pero no hizo más preguntas sobre el asunto. Tomó una jarra de barro cocido que humeaba sobre una mesa baja y se la tendió a la joven.
—Bebe esto —ordenó con brevedad militar—. Es infusión de corteza de sauce y tomillo silvestre.
Calmará el dolor de tus costillas y despejará el hollín que traes pegado en los pulmones. Me llamo Torstein, por cierto.
Eira aceptó la jarra con ambas manos, disfrutando del vapor tibio que le acarició el rostro. Bebió a sorbos pequeños, sintiendo cómo el líquido amargo y caliente le descendía por el esófago lacerado,
devolviéndole la sensibilidad a la lengua. A medida que el dolor de su cuerpo se volvía más soportable.
La joven sanadora comenzó a examinar el espacio que la rodeaba. La Læknashús no era un lugar de
reposo apacible; era una trinchera de retaguardia. A lo largo de la nave lateral de la estancia se alineaban más de una docena de jergones de paja. En varios de ellos yacían hombres con los rostros pálidos y sudorosos, envueltos en mantas empapadas de pus y sangre seca.
Los quejidos ahogados de los heridos y el crujido de las cenizas en el brasero central llenaban el recinto con un ambiente de agonía contenida.
Un joven guardia a tres camastros de distancia se agitaba entre espasmos violentos, soltando
juramentos entre dientes mientras una enfermera novata intentaba limpiarle una brecha supurante en
el muslo derecho.
—Escaramuza en la orilla del Vado de los Sauces hace dos noches —explicó Torstein al notar la mirada
de Eira sobre los soldados—. Los invasores del Clan Draukr están usando flechas embadurnadas en grasa rancia y barro helado. Las heridas no curan bien; la carne se vuelve negra y la fiebre del congelamiento se los lleva antes de que podamos cauterizar el corte.
La joven de cabello plateado apartó la manta de lana y bajó las piernas del jergón con lentitud. Al apoyar los pies descalzos sobre la madera fría del suelo, un mareo ligero la hizo tambalearse, pero apretó los dientes y se mantuvo firme. Llevaba puesta su túnica azul de lana, aunque las rasgaduras de la huida y el hollín de Skaalvik continuaban manchando el tejido.