El frío no entraba en la Læknashús como un soplo helado, sino como una presencia sólida, pesada y paciente que se filtraba por las junturas de roble de la pared y se asentaba sobre el suelo de piedra.
Al abrir los ojos, la sanadora no supo durante unos segundos dónde estaba. El techo sobre su cabeza no
era el entarimado ahumado de la choza familiar en Skaalvik, sino vigas gruesas de pino tallado a hacha, oscurecidas por décadas de hollín de sebo y grasa de foca. El aire que respiraba no olía a sal marina ni a la paja fresca de su establo, sino al hedor acre de la adormidera cocida, vinagre agrio, manteca rancia utilizada para bálsamos y la inconfundible estela de la sangre vieja.
Un punzamiento agudo le recorrió la espalda cuando intentó incorporar los hombros. Los músculos de los muslos y las costillas le protestaron en un crujido sordo, secuela del colapso de la yegua torda en las inmediaciones del Vado de los Sauces y de la marcha agónica entre los peñascos. Pero el dolor más severo no estaba en la espalda, sino en las manos. Al extender los dedos, las coyunturas de los nudillos se sintieron rígidas, agrietadas por la combinación del viento helado del desfiladero y las horas tiritando sobre la carne abierta del guardia Orm.
Tenía la piel de las yemas marcada por la tensión del hilo de tripa fina y las uñas bordeadas por un cerco oscuro de sangre seca que no había tenido tiempo de lavar con agua tibia.
No pienses en la sangre, se ordenó a sí misma, tragando la saliva amarga que se le acumulaba en la
garganta. No pienses en lo que dejó esa sangre atrás.
Bajo la túnica de lana basta, justo contra el esternón, el Medallón de Plata reposaba inmóvil, al apoyar la mano extendida sobre el pecho, la joven sintió la tibia pulsación latente que emergía del disco. Era un calor continuo, semejante al rescoldo de un brasero enterrado bajo ceniza profunda, que impedía que el frío del suelo de madera se le metiera hasta la médula de los huesos. Aquel calor involuntario era la única frontera real entre ella y la hipotermia que debió haberla matado tras el colapso de su montura.
En la esquina más oscura de la Casa de Curación, entre fardos de manzanilla seca y raíces colgadas de
las vigas, los ronquidos pesados de Torstein retumbaban como el motor sordo de un telar. El viejo
sanador dormía envuelto en un abrigo de piel de lobo desgastado, con los brazos cruzados sobre la barriga prominente y la calva reluciendo a la tenue luz de la lámpara de aceite que chisporroteaba sobre la mesa central.
Eira deslizó las piernas fuera del jergón de paja. Sus pies descalzos tocaron las tablas congeladas del suelo y un calambre punzante le subió por los tobillos. Mordiéndose el labio inferior para no emitir un solo quejido, se calzó las botas de cuero endurecido, cuyos cordones estaban tiesos por la escarcha acumulada durante la caminata hacia el portón de Bjørngard.
Avanzó en silencio hacia el lecho de madera donde yacía Orm.
El guerrero permanecía acostado de espaldas, con el rostro cubierto por un sudor perlado y la respiración lenta pero rítmica. La sanadora se arrodilló junto al camastro, sintiendo el tufo a cuero húmedo y óxido que emanaba de la armadura apilada a los pies del lecho. Con dedos cuidadosos y lentos, temblorosos por la rigidez del frío matutino, comenzó a retirar la manta de lana áspera que cubría el muslo del hombre.
La venda de lino flojo que le había colocado la noche anterior estaba manchada en el centro por un cerco parduzco de plasma y sangre coagulada, pero no presentaba el hedor dulzón ni la exudación verduzca que solían delatar una infección avanzada; la herida seguía bajo observación.
La incisión resiste, pensó, expulsando un vaho denso y blanco que se disipó contra la madera del cabezal.
Con un cuchillo pequeño de hoja curva que extrajo de su morral medicinal, cortó el nudo de la venda y la apartó milímetro a milímetro para no desgarrar la costra en formación. Bajo la tela limpia, la sutura doble cruzada que había ejecutado bajo la atenta y escéptica mirada de Torstein permanecía firme. Los bordes de la carne cortada no se habían abierto ni mostraban la hinchazón negruzca que amenazaba con pudrir la pierna del guardia antes de su intervención. La piel alrededor de las puntadas mantenía un tono violáceo por el impacto, pero al presionar con la yema del pulgar la zona contigua, la temperatura de la carne no era el fuego abrasador de la infección, sino el calor natural de un cuerpo que intentaba reconstruirse.
Eira dejó escapar un suspiro largo y contenido. Creyó escuchar, por un instante fugaz, el chasquido suave del fuelle de la herrería de Skaalvik y el murmurar severo de Thyra corrigiéndole la tensión del hilo.
—Si aprietas demasiado el punto, interrumpes el riego y la carne muere por tu propia mano, Eira —le había dicho su hermana mayor dos inviernos atrás, mientras cosían el costado desgarrado de un ternero atacado por los lobos—. La aguja no es una lanza; es un puente. Hay que dejar que la piel respire mientras se une.
La garganta se le cerró de golpe. El recuerdo de la trenza azabache de Thyra recortándose contra el resplandor naranja de los corrales en llamas le golpeó el pecho con la fuerza de un hachazo. El olor a heno quemado, el chillido agónico de los caballos desbocados aplastando la vanguardia Draukr y la última orden que su hermana le había gritado antes de empujarla hacia la yegua resurgieron con una claridad atroz.