El estruendo del portón de roble al cerrarse tras los pasos del Capitán Eirik retumbó en las vigas de la Læknashús como el chasquido de una trampa de hierro. En cuanto el eco se apagó en el corredor exterior y el silencio volvió a asentarse sobre la estancia, a Eira se le desmoronó la postura. La rigidez de la espalda, sostenida a fuerza de puro orgullo frente al escrutinio del Capitán y la de los guardias, cedió de golpe. Sus rodillas temblaron con una debilidad imperiosa y tuvo que dejarse caer sobre la banqueta de pino más cercana, apoyando los codos en las rodillas y hundiendo el rostro en las palmas de las manos.
Las palmas todavía olían a la salmuera, al vino agrio y al óxido metálico de la sangre de Ivar. Un temblor fino, incontrolable, le recorría los antebrazos desde las muñecas hasta los hombros. El esfuerzo continuo de las últimas horas —la huida por el desfiladero helado, el duelo ahogado por la pérdida de Thyra, el tejido minucioso sobre la carne del joven soldado y la confrontación con Eirik— le pasó una factura aplastante. Tenía la boca seca, la frente fría y la sensación de que el aire de la enfermería pesaba demasiado para sus pulmones.
—Si sigues respirando así, te vas a desmayar sobre la paja antes de que la sangre de las manos se te termine de secar —dijo Torstein, con su habitual voz de fuelle gastado.
El viejo sanador avanzó hacia ella desde el fondo de la estancia, arrastrando los pies con una pesadez cansina. No traía en la mano el hierro incandescente ni las agujas de cobre. Sostenía un cuenco de madera muescada del que brotaba una columna delgada de vapor denso y un pedazo de pan negro, duro como la piedra y rajado por el centro.
—Toma —ordenó Torstein, extendiéndole el cuenco—. Es caldo de cabeza de arenque salado y sebo de foca. Sabe a lodo del puerto, pero te devolverá el calor a las tripas antes de que las piernas se te vuelvan de trapo.
Eira levantó la cabeza despacio. Miró el tazón con cierto reparo, sintiendo un leve mareo al oler la grasa caliente. Aunque ya había comido en la Læknashús, el esfuerzo de la operación y la noche de trabajo le había dejado el estómago vacío. Tomó el recipiente con ambas manos. La madera caliente le abrasó los dedos entumecidos por el agua del barreño, pero no soltó el tazón. Inclinó el borde y dio un primer sorbo largo. El caldo era espeso, amargo y cargado de sal fina que le hizo arder las pequeñas grietas de los labios. Sin embargo, en cuanto el líquido le bajó por la garganta hasta el estómago, una ola de calor denso le recorrió el pecho, ahuyentando la náusea del agotamiento. Dio un segundo trago, más largo que el
primero, antes de morder una esquina del pan negro, masticando la miga correosa con lentitud.
Torstein la observó en silencio, apoyado contra la mesa de fresno con los brazos cruzados sobre la panza.
—El Capitán no habla en vano, muchacha —comentó el anciano, bajando la voz para que ni el guardia de la puerta ni el convaleciente Ivar lo escucharan—. Si te impuso vigilancia, es porque no quiere perder el control de la fortaleza. En Bjørngard, cada recurso cuenta y cualquier rostro nuevo despierta sospechas.
—No me importa su vigilancia —musitó Eira entre dientes, tras tragar el pedazo de pan—. Lo que me importa es que no me trate como a una cautiva mientras uso mis manos para evitar que sus hombres se pudran en una cama.
—En estas montañas, el derecho a no ser tratado como cautivo se paga con inviernos de lealtad, no con un par de suturas bien hechas —replicó Torstein sin aspereza, pero con la contundencia de la experiencia—. Ahora termina ese caldo. Tenemos trabajo que revisar antes de que el sol termine de salir y las patrullas del mediodía vuelvan con más carne rota del Vado de los Sauces.
Eira apuró el resto del líquido salado, sintiendo cómo el cuerpo recuperaba paulatinamente cierta firmeza. Se pasó el dorso de la mano por la boca y dejó el cuenco vacío sobre la mesa. Mientras el sanador la observaba se puso en pie, haciendo un esfuerzo por ignorar el dolor muscular de la espalda, y siguió a Torstein hacia los estantes de madera incrustados en la pared posterior de la Læknashús.
El armario de remedios de la fortaleza era una estructura austera, hecha de roble ennegrecido por el
humo y dividida en tres niveles asimétricos. Eira extendió las manos para revisar los recipientes de arcilla y los sacos de lino que descansaban sobre las tablas.
—Ayer gastamos casi la mitad de la reserva de salvia limpia en el lavado de las heridas de Orm —dijo Eira, deslizando los dedos por el interior de una orza de barro cocido—. Solo queda polvo seco en el fondo. No sirve para preparar una compresa desinfectante.
Torstein estiró el brazo y bajó un frasco pequeño de cerámica sellado con cera de abejas. Al agitarlo, el recipiente no emitió sonido alguno. Retiró el tapón con la punta del cuchillo y miró el interior con el
entrecejo fruncido.
—Adormidera —murmuró el viejo sanador, mostrando el fondo del frasco—. Le diste la última pasta concentrada a Ivar para que no se rompiera los dientes del dolor mientras hurgabas entre sus tendones. No queda más que una raspadura en las paredes del barro. Si esta noche entra un guardia con un hueso astillado o una costilla rota, tendrá que morder un trozo de cuero o aguantar a pulso seco
mientras intervenimos.
Eira avanzó hacia el segundo estante, donde se apilaban los sacos de tela. Abrió el primero: la harina
de avena, empleada como cataplasma para madurar los abscesos, estaba apelmazada por la humedad de las paredes y despedía un olor rancio y verdoso. En el segundo saco, la raíz de angélica