Entre la Luz y la Sombra

Capítulo 1: La feria

—Mamá… ¿puedo ir a la feria hoy? —pregunté, apoyándome en el marco de la puerta de la cocina como si la respuesta no fuera a importarme… aunque en realidad lo era todo.

El sonido de los cubiertos chocando con el plato fue lo único que respondió durante unos segundos. Mi mamá ni siquiera levantó la mirada de lo que estaba haciendo.

—¿Con quién? —dijo finalmente.

Rodé los ojos, cruzándome de brazos.

—Con amigas… —mentí, mirando hacia otro lado—. Todos van a ir.

Eso último sí era verdad.

La feria de Aeris no era cualquier cosa. Era la feria. La única noche del año donde la ciudad dejaba de ser tranquila, donde las luces reemplazaban la rutina y donde, por unas horas, todo parecía distinto.

—Isara… —la voz de mi papá intervino desde la mesa—. Sabes que no nos gusta que salgas tan tarde.

Suspiré, caminando lentamente hacia ellos.

—No voy a regresar tarde —respondí—. Solo un rato. Por favor.

Hubo un silencio incómodo. De esos que parecen más largos de lo que realmente son… de los que en casa se repetían demasiado.

Mi mamá finalmente levantó la mirada.

—Está bien —dijo—. Pero no te quedas hasta tarde.

Una sonrisa se escapó sin permiso.

—Gracias —respondí rápido, antes de que cambiara de opinión.

Subí casi corriendo a mi habitación.

Cerré la puerta y me apoyé en ella, dejando escapar un suspiro que no sabía que estaba conteniendo.

Miré mi reflejo en el espejo por unos segundos.

No podía evitar sonreír.

La feria.

Caminé hacia mi armario y lo abrí sin pensarlo demasiado. Mis manos pasaron entre la ropa hasta detenerse en una falda corta color rosado pastel, de esas que me gustaban tanto, con un estilo coreano que siempre me hacía sentir bonita. La combiné con una blusa ligera y algunos accesorios delicados, lo justo para sentirme bien sin exagerar.

Tomé mis zapatillas blancas con cuidado y las dejé junto a la cama.

—Hoy va a ser diferente… —murmuré para mí misma, aunque no sabía exactamente por qué.

Me arreglé con calma. Un poco de maquillaje, algo natural. Suave. Como siempre.

Cuando terminé, me miré otra vez.

Todo parecía perfecto… por fuera.

—Isara, apúrate —escuché la voz de mi mamá desde abajo.

—¡Ya voy!

Bajé las escaleras con cuidado. Mi papá ya estaba listo, con las llaves en la mano.

—Te ves bonita —dijo mi mamá, mirándome de arriba abajo.

—Gracias… —respondí, sonriendo levemente.

Salimos de casa y, mientras caminábamos hacia el auto, sentí ese cosquilleo extraño en el pecho. Como si algo fuera a pasar… aunque no sabía qué.

---

La feria de Aeris estaba más viva que nunca.

Luces de colores colgaban por todas partes, la música se mezclaba con las risas y el aire estaba lleno del olor dulce del algodón de azúcar y las frituras.

Mis ojos brillaban.

—¡Quiero probar todo! —dije apenas entramos.

Mi papá soltó una pequeña risa.

—Tranquila, Isara… no todo.

—Puedes subirte a cinco juegos —añadió mi mamá—. Ni uno más.

—¿Cinco? —repetí, haciendo una mueca—. Eso no es justo…

—Cinco —repitió ella, firme.

Suspiré exageradamente.

—Está bien…

Pero en el fondo, estaba demasiado emocionada como para discutir.

Corrí casi de inmediato hacia los puestos. Compré algodón de azúcar, caminé entre juegos y miré cada atracción como si fuera la primera vez que veía algo así.

Quería todo.

Sentir todo.

Subí a un juego, luego a otro… y, antes de darme cuenta, ya estaba haciendo fila para la rueda de la fortuna.

La fila era larga. Suspiré, acomodándome el cabello mientras esperaba.

Fue entonces cuando lo sentí.

Esa sensación extraña… como si alguien me estuviera mirando.

Levanté la vista.

Y ahí estaba.

A unos metros de mí.

Un chico.

Llevaba una gorra oscura, el cabello cayéndole ligeramente sobre la frente en ese estilo despreocupado… como si no le importara verse bien y, aun así, lo lograra. Su ropa era holgada, sencilla… diferente a todo lo que normalmente veía.

Y aun así…

No podía dejar de mirarlo.

Su piel tenía ese tono trigueño que contrastaba con la luz de la feria, y sus ojos… no lo sé. Había algo en ellos.

Algo tranquilo.

Algo que incomodaba y atraía al mismo tiempo.

Nuestros ojos se encontraron.

Y el mundo… se quedó en silencio.

No hubo música.

No hubo gente.

No hubo nada.

Solo ese momento.

Ninguno de los dos dijo nada.

Ninguno se movió.

Pero algo pasó.

Algo que no podía explicar.

Y tan rápido como empezó… terminó.

La fila avanzó.

Subí al juego.

Él también.

Pero en cabinas separadas.

Mientras la rueda comenzaba a elevarse, miré hacia abajo, buscándolo entre las luces.

Pero ya no lo veía.

Y no sabía por qué…

pero sentí que algo se me había escapado.

Esa noche no volví a verlo.

La feria siguió, los juegos también… pero algo había cambiado.

Y no sabía qué.

---

Pasaron unos días.

Todo volvió a la normalidad… o al menos, eso parecía.

—Isara —dijo mi mamá una tarde—. Alístate. Hoy tenemos una cena.

—¿Cena? —pregunté desde mi habitación.

—Sí. Con unos amigos… acaban de llegar a Aeris.

Rodé los ojos.

—¿Es obligatorio?

—Sí.

Suspiré.

—Está bien…

Abrí mi armario otra vez. Esta vez elegí algo más formal: un vestido bonito en un tono morado tirando a lila, delicado, como esperaba mi mamá.

Me arreglé, me maquillé un poco más que de costumbre y bajé.

—Ahora sí pareces una señorita —dijo mi mamá.

No respondí.

Salimos hacia el restaurante.

Cuando llegamos, mis padres se adelantaron a saludar.

Yo caminé detrás, distraída… hasta que levanté la mirada.

Y lo vi.

Era él.

El chico de la feria.

Mi corazón se detuvo por un segundo… o al menos eso sentí.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.