Entre la oscuridad y el Cielo

Prologo

Mundo Azul

Hace siglos, cuando el Mundo Azul todavía no conocía las fronteras, los reinos ni las guerras, los dioses recibieron una encomienda.

Poblar aquel mundo con sus dones.

Cada uno de ellos descendió y dejó parte de su esencia en criaturas mágicas, creando fuertes linajes destinados a permanecer durante generaciones.

Su propósito era sencillo.

Guiar.

Proteger.

Y utilizar aquellos magníficos dones para mantener la armonía de todas las criaturas.

Effa, diosa de la naturaleza.

Eudin, diosa de la belleza, el amor y el arte.

Siro, dios de la sabiduría.

Reodin, dios de la vida.

Y Ygor, dios de la muerte y las sombras.

De ellos nacieron los herederos.

Seres que llevaban en sus venas parte de la sangre de los dioses.

Sangre dorada.

Más valiosa que cualquier diamante.

Más poderosa que cualquier magia.

Durante siglos, los herederos y las demás criaturas mágicas convivieron en el Mundo Azul.

Hadas.

Ninfas.

Brujas.

Hechiceros.

Y muchas otras criaturas cuyos nombres se perdieron con el paso del tiempo.

Cada uno tenía un lugar.

Cada uno tenía un propósito.

Y durante mucho tiempo, aquello fue suficiente.

Hasta que llegaron ellos.

Los humanos.

Una criatura extraña.

Frágil.

Mortal.

Y, para muchos, demasiado ambiciosa.

Habían sido enviados por el Dios Supremo.

Pero nadie sabía exactamente por qué.

Al principio, los dioses no comprendieron aquello que hacía diferentes a los humanos.

Tenían algo que ninguna otra criatura poseía de la misma manera.

Libre albedrío.

Podían elegir.

Podían cambiar de opinión.

Podían desafiar aquello que se suponía que debían aceptar.

Y podían actuar movidos por deseos propios.

Para algunos, aquello parecía un don.

Para otros, una maldición.

Sin embargo, también los hacía curiosos.

Intrigantes.

Capaces de crear cosas que nadie había imaginado.

Los dioses comenzaron a observarlos.

Y algunos incluso llegaron a admirarlos.

Aprendieron unos de otros.

Los humanos aprendieron magia.

Las criaturas mágicas aprendieron de la inteligencia y creatividad de los humanos.

Durante un tiempo, todo pareció funcionar.

Hasta que dejó de hacerlo.

Con el paso de las décadas, algunos humanos comenzaron a mirar aquello que no tenían.

Los dones de los herederos.

Sus tierras.

Sus riquezas.

Su magia.

Y aquello que alguna vez fue curiosidad se convirtió en ambición.

La ambición se convirtió en miedo.

Y el miedo, en odio.

Los humanos comenzaron a rebelarse contra aquellas criaturas que consideraban una amenaza.

Entonces comenzó la Gran Guerra.

Pero para cuando los dioses comprendieron lo que estaba sucediendo, ya era demasiado tarde.

Habían cometido un error que cambiaría el destino del Mundo Azul para siempre.

Al procrear con humanos, sus descendientes habían heredado parte de su poder divino...

pero también una pequeña fracción de aquel libre albedrío humano.

Aquel poder para elegir.

Aquel poder para desobedecer.

Aquel poder que algunos habían comenzado a llamar maldición.

Con el paso del tiempo, ninguna criatura quedó completamente libre de egoísmo.

Los antiguos aliados se convirtieron en enemigos.

Los hermanos se enfrentaron.

Los reinos se levantaron unos contra otros.

Y el Mundo Azul comenzó a destruirse desde dentro.

Los dioses observaron cómo aquello que habían creado se convertía en un lugar de guerras, ambición y muerte.

Y entonces llegó su castigo.

Abandonaron el Mundo Azul.

Dejaron atrás a sus herederos.

Dejaron atrás a las criaturas mágicas.

Y también a los humanos.

Aquello que durante siglos había estado regido por un mismo orden quedó sumergido en una guerra interminable de poderes e intereses.

Hasta que los sobrevivientes comenzaron a construir fronteras.

Reinos.

Leyes.

Ejércitos.

Creyeron que de aquella manera podrían recuperar el equilibrio.

La paz.

Pero la Gran Guerra ya había cobrado demasiado.

Se perdió gran parte de la magia.

Se perdió la tecnología que alguna vez había sido creada para mejorar la vida de todos.

Se perdieron conocimientos y sabidurías que jamás volverían a recuperarse.

Desaparecieron colores.

Obras de arte.

Música mística.

Frutos cuyos nombres ya nadie recuerda.

Criaturas mágicas comenzaron a extinguirse.

Y los linajes de los dioses se volvieron cada vez más débiles.

Aquellos dones que alguna vez habían sido extraordinarios ahora apenas eran un suspiro de lo que habían sido.

Cuanto más puro era el linaje de un dios, más fuerte era su don.

Pero cada generación parecía llevar menos sangre dorada en sus venas.

El Mundo Azul ya no era el mismo.

Los dioses se convirtieron en leyendas.

Los herederos ocuparon los tronos.

Y con ellos llegaron nuevas leyes.

Leyes que protegían a cualquiera que poseyera siquiera un pequeño rastro de magia o sangre divina.

Los apellidos se convirtieron en privilegios.

La magia, en una forma de poder.

Y el nacimiento, en una sentencia.

Los herederos eran considerados dignos de gobernar.

Los humanos, en cambio, debían conformarse con sobrevivir.

Algunos lograban prosperar gracias a sus negocios o a cargos importantes.

Pero eran pocos.

Demasiado pocos.

La mayoría vivía entre la pobreza, la escasez, la delincuencia y el abandono.

Humanos y criaturas mágicas continuaban compartiendo el mismo mundo.

Pero ya no compartían la misma vida.

Vivían separados por fronteras que no siempre estaban hechas de piedra.

Algunas estaban hechas de miedo.

Otras, de odio.




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