No debí aceptar la apuesta. Esa fue la primera frase coherente que se formó en mi mente cuando crucé el umbral de la vieja escuela circular, justo a las doce de la madrugada, con el aliento convertido en vaho y el corazón golpeándome las costillas como un animal enjaulado. Takumi iba delante, con esa seguridad irritante que siempre mostraba cuando alguien dudaba de su valentía. Sota y Kaede, sus hermanos, me flanqueaban en silencio. Yo cerraba la marcha, convencida de que aquello no era más que una estupidez de adolescentes aburridos. La leyenda de los cuatro demonios me parecía un cuento para asustar niños. Ahora sé que hay cuentos que no deberían contarse jamás.
El edificio olía a humedad y a algo más, algo que al principio no supe identificar pero que se me quedó pegado en la garganta como un presagio. Era un olor dulzón y rancio, el olor de las flores podridas, el olor de la muerte cuando aún no ha llegado pero ya está cerca, acechando entre las sombras. Nuestras linternas dibujaban círculos temblorosos en las paredes desconchadas, revelando pupitres rotos, pizarras agrietadas, calendarios detenidos para siempre en un año que ya nadie recordaba. El bosque exterior, espeso y oscuro como una masa de terciopelo negro, parecía haberse tragado todos los sonidos del mundo. Solo se escuchaba el roce de nuestros pasos y, de vez en cuando, el crujido de la madera vieja, como si la escuela entera suspirara al notar nuestra presencia.
Habríamos avanzado apenas diez minutos por el pasillo principal cuando los escuchamos por primera vez. No eran ratas, no era el viento, no era el edificio asentándose sobre sus cimientos. Eran voces. Voces de niños, sí, pero de niños que no estaban vivos. Pequeñas, agudas, susurrantes, que parecían salir del interior de las aulas cerradas y también del interior de nuestras propias cabezas.
“Si quieren seguir viviendo, es mejor que huyan de este lugar.”
La frase flotó en la oscuridad como una telaraña invisible. Recuerdo que Sota soltó una risa nerviosa, de esas que pretenden espantar el miedo pero solo consiguen delatarlo. Takumi dijo algo sobre altavoces escondidos, sobre una broma de mal gusto. Pero Kaede se quedó callado. Y yo, yo sentí que la temperatura descendía de golpe, como si el frío de Hokkaido hubiera decidido instalarse permanentemente en mi columna vertebral. Seguimos caminando. Ninguno hizo caso. Maldita la hora en que ninguno hizo caso.
Durante dos horas recorrimos aquellos pasillos que parecían no tener fin, que se retorcían sobre sí mismos como si la escuela estuviera viva y nos estuviera digiriendo lentamente. Las voces infantiles nos acompañaron todo el tiempo, repitiendo la misma advertencia una y otra vez, a veces cerca, a veces lejanas, a veces justo detrás de nosotros. En un momento, al pasar frente a un aula cuya puerta estaba entreabierta, juro que vi una sombra pequeña, la silueta de un niño que nos miraba con ojos que no eran ojos, sino agujeros negros donde debería haber habido inocencia. Pero seguimos. Qué estúpidos, seguimos.
Los cuatro callejones aparecieron de repente, como si el edificio hubiera decidido mostrarnos sus entrañas más profundas. Eran idénticos: oscuros, estrechos, con el suelo cubierto de un polvo grisáceo que no se parecía a nada que hubiera visto antes. Recuerdo que nos miramos. Recuerdo que hubo un instante, un brevísimo instante, en el que pude ver el miedo genuino en los ojos de Takumi, y eso me aterró más que cualquier voz espectral. Pero ya era tarde. Algo tiraba de nosotros hacia aquellos pasillos, algo que no era curiosidad ni valentía, algo que se parecía peligrosamente a una llamada.
—Nos separamos —dijo Takumi, y su voz sonó extraña, como si no fuera del todo suya—. Así cubrimos más terreno.
Nadie protestó. Nadie sugirió quedarnos juntos. Ahora sé que en ese momento ya no éramos dueños de nuestras decisiones. Algo estaba operando dentro de nosotros, algo antiguo y paciente que nos había estado esperando durante décadas. Takumi tomó el primer callejón. Sota, el segundo. Kaede, el tercero. Yo me quedé frente al cuarto, sintiendo cómo el aire se espesaba a mi alrededor, cómo el olor a flores podridas se intensificaba hasta resultar insoportable.
No sé cuánto tiempo me quedé allí, paralizada. No sé cuánto tiempo tardé en escuchar el primer grito. Pero cuando llegó, cuando el sonido atravesó la oscuridad como un cuchillo, supe que algo terrible había sucedido. El grito de Takumi fue breve, casi cortés, como si no quisiera molestar demasiado. Luego vino el silencio, un silencio peor que cualquier grito. Después escuché a Sota. Su grito fue más largo, más desgarrado, y terminó con un sonido húmedo que aún hoy, cuando cierro los ojos, puedo escuchar con perfecta claridad. Kaede no gritó. De Kaede solo escuché un susurro confuso, como si estuviera hablando con alguien en sueños, y luego nada. Tres hermanos. Tres muertes. Todo en menos de lo que se tarda en rezar una oración.
Mis pies se negaban a avanzar. Era como si mis zapatillas se hubieran fundido con el suelo, como si el edificio me estuviera reteniendo para algo peor. Pero entonces lo sentí: un aliento en mi nuca, cálido y fétido, un aliento que olía a carne podrida, a tumba abierta, a todo lo que está muerto y no debería respirar. No me giré. Algo en mi instinto más primitivo me dijo que si veía lo que tenía detrás, me volvería loca. Así que corrí.
Corrí como nunca había corrido, sintiendo cómo aquel ser se deslizaba detrás de mí sin prisa, saboreando mi terror, alimentándose de cada latido acelerado de mi corazón. En la oscuridad del callejón, unos ojos rojo escarlata parpadearon frente a mí, bloqueándome el paso. Eran ojos que no pertenecían a ningún animal conocido, ojos que ardían con una luz interna, ojos que habían visto agonizar a cientos de almas y recordaban cada una de sus muertes. Akuma. Supe su nombre sin que nadie me lo dijera, como si el nombre mismo estuviera grabado en el aire viciado de aquel lugar.
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Editado: 01.08.2026