Entre la traición y el destino

Capítulo 2

Un nuevo comienzo en Paraguay

El avión aterrizó lentamente. Miré por la ventana y respiré profundo.

Paraguay. Un país del que había escuchado muchas historias, pero que nunca imaginé que se convertiría en mi nuevo hogar.

Mi madre tomó mi mano con una sonrisa triste.

—Ya llegamos, hijo.

Asentí en silencio. Mi corazón seguía cargando el dolor por la muerte de mi hermano y la traición de Sara y de mi padre. Pero sabía que debía ser fuerte.

Al salir del aeropuerto, el aire cálido nos dio la bienvenida. Todo era diferente: las calles, el idioma y la gente. Sentía miedo, pero también una pequeña esperanza.

—¿Y ahora a dónde vamos? —preguntó mi madre.

Saqué una vieja llave de mi bolsillo.

—El abuelo me dejó una casa en Asunción. Ese será nuestro nuevo hogar.

Tomamos un taxi y recorrimos la ciudad. Al llegar, encontramos una casa grande, antigua y cubierta de polvo, como si hubiera esperado nuestra llegada durante muchos años.

Abrí la puerta lentamente.

—Bienvenidos a casa —dije, aunque en realidad todo era un misterio.

Mi madre comenzó a limpiar un poco la sala mientras yo acomodaba unas cajas. Apenas habían pasado unos minutos cuando alguien tocó la puerta.

¡Toc, toc!

Fruncí el ceño y caminé hasta la entrada.

Abrí la puerta y encontré a un hombre elegante y a una joven de cabello castaño, ambos muy bien vestidos.

—¿Alejandro Sebastián Mendoza? —preguntó el hombre.

—Sí, soy yo. ¿Qué necesitan?

El hombre sonrió y extendió su mano.

—Mucho gusto. Mi nombre es Iván Hernández, presidente de la empresa NOVVA.

Lo miré confundido.

—Creo que se está equivocando de persona.

Iván negó con la cabeza.

—No, señor Mendoza. No hay ningún error. Su abuelo y mi abuelo construyeron la empresa NOVVA juntos. Antes de fallecer, él dejó establecido que usted sería el heredero y el nuevo director de la empresa cuando llegara a Paraguay.

Me quedé sin palabras.

—¿Está hablando en serio?

—Completamente en serio. Usted es Alejandro Sebastián Mendoza, ¿verdad?

Asentí lentamente.

—Entonces no hay duda. Hasta hoy yo estuve dirigiendo la empresa, pero ahora que usted está aquí, ese puesto le pertenece. Mi trabajo será ayudarlo en la gestión y acompañarlo durante esta nueva etapa.

La joven dio un paso al frente y sonrió con amabilidad.

—Mucho gusto. Soy Elena Hernández, secretaria de la empresa NOVVA. Estaré trabajando con usted y apoyándolo en todo lo que necesite.

En cuanto Elena habló, algo dentro de mí cambió.

La miré por unos segundos y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Mi corazón comenzó a latir como nunca antes. No entendía qué me estaba pasando. Era una completa desconocida y, aun así, su presencia me inquietaba de una forma que jamás había sentido.

Nuestros ojos se encontraron por un instante.

—¿Se encuentra bien, señor Mendoza? —preguntó con una voz suave.

Desvié la mirada de inmediato.

—Sí... estoy bien. Solo ha sido un día muy largo.

Ella sonrió levemente, y esa sonrisa hizo que mi corazón volviera a acelerarse.

Iván notó mi expresión y rompió el silencio.

—Si lo desea, puedo llevarlo ahora mismo a conocer la empresa. Y si prefiere descansar por el viaje, no hay ningún problema. Podemos ir mañana.

Miré a mi madre por un instante y luego volví la vista hacia ellos.

—Mañana estará bien.

Iván asintió.

—Perfecto. Pasaré por usted a primera hora.

Aun así, había algo que no dejaba de dar vueltas en mi cabeza.

—Hay dos preguntas que necesito que me respondan.

Iván me observó con atención.

—¿Cómo sabían que yo llegaría a Paraguay? ¿Y por qué nunca supe nada de esta empresa ni de la herencia de mi abuelo?

Iván respiró profundamente antes de responder.

—Su abuelo dejó todo preparado hace muchos años. Nos pidió que esperáramos hasta que usted decidiera venir a Paraguay. Cuando registró su ingreso al país, recibimos la notificación y supimos que había llegado.

Fruncí el ceño, cada vez más confundido.

—¿Mi abuelo planeó todo esto?

—Sí. Él decía que este país sería el lugar donde usted comenzaría una nueva vida. También dejó una carta para usted... pero solo debía entregársela cuando estuviera aquí.

Sentí otro escalofrío recorrer mi cuerpo.

Una carta de mi abuelo.

Había llegado a Paraguay pensando que empezaría desde cero, pero en menos de un día descubrí que mi abuelo me había dejado mucho más que una casa.

Me había dejado un legado.

Y, sin saberlo, también había puesto a Elena en mi camino.

Mi vida estaba a punto de cambiar para siempre.

Iván Hernández no sonreía demasiado. Su rostro era serio y transmitía autoridad. Mientras hablaba, no dejaba de mirarme fijamente, como si me estuviera analizando o comparando con alguien. Su mirada era tan intensa que por un momento me hizo sentir incómodo.

—¿Ocurre algo? —pregunté al notar que no apartaba los ojos de mí.

Iván reaccionó y desvió la mirada por un instante.

—Perdone, señor Mendoza. Solo quería comprobar si realmente era usted.

Me sentía raro. Toda la información había llegado de golpe y era muy difícil de creer. En unas pocas horas había descubierto una casa, una herencia y una empresa que cambiarían mi vida por completo.

Iván dio un paso hacia la puerta.

—Entonces nos retiramos. Descanse, porque mañana será un día importante.

Mi madre les agradeció la visita y ambos comenzaron a caminar hacia el automóvil. Elena se detuvo un instante, se giró para mirarme y sonrió con dulzura.

—Jajetopatã ko'ẽro —dijo.

La miré confundido.

—¿Qué significa eso?

Ella soltó una risa suave.

—Significa nos vemos mañana.

Sentí que mi corazón volvía a latir con fuerza por una simple frase.

—Hasta mañana, señor Mendoza.

Subió al automóvil junto a Iván y se marcharon.




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