Entre la traición y el destino

Capítulo 4

La empresa NOVVA

El automóvil avanzó por las calles de Asunción mientras Elena me explicaba cómo funcionaba NOVVA. Yo observaba todo por la ventana, intentando asimilar que, de un momento a otro, aquella empresa también era mi responsabilidad.

Después de unos minutos, el vehículo se detuvo frente a un enorme edificio de vidrio con un gran letrero que decía NOVVA.

Respiré profundamente.

—¿Esta es la empresa de mi abuelo?

Elena sonrió.

—Ahora también es la suya... Alejandro.

Entré al edificio y sentí decenas de miradas sobre mí. Los empleados susurraban entre ellos. Algunos sonreían con respeto, mientras otros me observaban con desconfianza.

Un hombre se acercó apresuradamente.

—Bienvenido, señor Mendoza. Soy Ricardo Benítez, gerente financiero.

Le estreché la mano, pero noté cierto nerviosismo en su rostro.

Elena se acercó a mi lado y habló en voz baja.

—Tenga cuidado. No todos aquí están felices de verlo.

Subimos al último piso, donde estaba la oficina de la presidencia. Al abrir la puerta, me encontré con un despacho amplio, elegante y perfectamente conservado. Sobre el escritorio había una fotografía de mi abuelo.

Me acerqué lentamente y tomé el retrato entre mis manos.

—Así que aquí trabajabas... —murmuré.

En ese momento entró Iván.

—Perdón por la demora. La reunión fue más complicada de lo que esperaba.

Lo miré con seriedad.

—¿Encontraste algo?

Iván dejó una carpeta sobre el escritorio.

—Sí. Confirmamos que durante años desviaron grandes cantidades de dinero de NOVVA. Ya tenemos nombres y pruebas.

Sentí un peso en el pecho.

—¿Quiénes son?

Iván respiró hondo antes de responder.

—Algunos ocupan puestos muy importantes dentro de la empresa. Y cuando sepan que asumirás la presidencia, no se quedarán de brazos cruzados.

Miré la carpeta sin abrirla.

Apenas era mi primer día en NOVVA... y ya tenía enemigos esperándome.

Iván cerró la carpeta y tomó asiento frente a mí.

—Hay algo más que debes saber. Los demás miembros vendrán mañana. Quieren presentarse oficialmente ante ti.

—¿Los otros cuatro?

—Sí. Tanto Elena como yo fuimos entrenados por tu abuelo. Pero no somos los únicos; hay otros cuatro que también hicieron una promesa de protegerte a ti y a NOVVA.

Sonreí levemente.

—Elena ya me había comentado una parte de todo esto.

Guardé silencio unos segundos antes de preguntar.

—¿Los demás miembros son líderes de alguna entidad o de alguna organización?

Iván soltó una pequeña sonrisa.

—Con el debido respeto, tu abuelo no nos eligió por los cargos que teníamos. Nos reclutó por nuestra inteligencia, nuestra lealtad y nuestra astucia.

Se acomodó la corbata antes de continuar.

—En mi caso, soy demasiado meticuloso y muy directo. Él decía que alguien debía tener el valor de decir la verdad, aunque fuera incómoda.

Elena sonrió al escucharlo.

—Y tenía razón.

Iván continuó.

—Los demás son muy diferentes entre sí. Cada uno tiene su propio carisma, su especialidad y una forma distinta de proteger este legado. Mañana los conocerás y entenderás por qué tu abuelo confió en ellos.

Luego se llevó una mano a la frente y dijo:

—¡Qué modales los míos! Discúlpenme.

Se puso de pie y señaló los sillones.

—Siéntense, por favor. Esta también es tu oficina.

Esperó a que mi madre y yo tomáramos asiento y se acercó a un pequeño mueble.

—¿Quieren tomar algo de beber? ¿Café, agua... o nuestra bebida tradicional?

Lo miré con curiosidad.

—¿Bebida tradicional?

—Me imagino que todavía no la probaste. Me refiero al tereré. En Paraguay es casi una tradición.

Elena sonrió.

—Bienvenido a Paraguay, Alejandro. Ya es hora de que pruebes el tereré.

—Entonces sorpréndanme.

Iván comenzó a prepararlo, pero en ese momento el teléfono de Elena sonó.

Ella miró la pantalla y su expresión cambió por completo. Se puso de pie.

—Ya me retiro. Debo atender la cosa.

La miré confundido.

—¿La cosa?

Iván soltó una risa.

—Es una costumbre paraguaya. En guaraní decimos mba'e para referirnos a un asunto o un problema que debemos atender.

Elena ya caminaba hacia la puerta cuando Iván la llamó.

—Cuídate y llámame. Ah, también dile a mamá que iré esta noche.

Mi madre sonrió con picardía.

—Disculpen mi atrevimiento... ¿ustedes son pareja?

Por un segundo hubo un silencio absoluto.

Iván y Elena respondieron al mismo tiempo:

—¡Por supuesto que no!

Elena negó entre risas.

—Somos hermanos de sangre. Si no fuéramos hermanos, ni loca me casaría con él.

Mi madre soltó una carcajada y yo no pude evitar sonreír.

Elena volvió a ponerse seria.

—Perdón si les hablé con mucha familiaridad. Con tu abuelo solíamos bromear mucho y a veces se me queda esa confianza.

Los miré a los dos.

—Pueden tenerme confianza, no hay problema. Es mejor así que estar todos tan serios.

Iván levantó una ceja y Elena volvió a girarse para escucharme.

—Y hay otro asunto... ¿podrían dejar de llamarme “señor”? Es muy incómodo. Además, todavía no me he casado.

Elena soltó una risa sincera.

—Está bien... Alejandro.

Iván sonrió.

—Nos va a costar un poco. Tu abuelo nos enseñó a tratarte con respeto.

—El respeto no depende de decirme “señor”. Prefiero que me llamen Alejandro.

—Trato hecho —respondió Iván.

—Entonces, hasta luego, Alejandro —dijo Elena antes de salir.

La puerta se cerró y, sin darme cuenta, la seguí con la mirada. Las palabras escaparon de mi boca.

—Qué hermosa es...

En cuanto me escuché, me quedé completamente avergonzado.

Mi madre se llevó una mano a la boca para ocultar una sonrisa.

Iván cruzó los brazos y me miró divertido.

—Vaya... eso sí que salió del corazón.




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