Entre la traición y el destino

Capítulo 25

Capítulo 25 — El destino que elegimos

Habían pasado dos años desde aquella boda.

Dos años desde que Alejandro y Elena habían comenzado una nueva etapa de sus vidas como marido y mujer.

Ahora, la casa ya no estaba en silencio.

Las risas de dos pequeños llenaban cada rincón.

Un niño y una niña, mellizos, dormían en sus cunas mientras Alejandro permanecía junto a la ventana de la habitación, observándolos con una sonrisa.

Elena apareció detrás de él y apoyó la cabeza sobre su hombro.

—¿En qué piensas? —preguntó.

Alejandro sonrió.

—En todo lo que tuvimos que pasar para llegar hasta aquí.

Elena miró a sus hijos.

—Parece increíble.

—Sí.

Alejandro tomó su mano.

—Hubo momentos en los que pensé que nunca tendríamos una vida tranquila.

Elena lo miró.

—Y ahora la tienes.

Alejandro negó suavemente con la cabeza.

—Ahora la tenemos.

Elena sonrió.

Uno de los bebés comenzó a llorar.

—Creo que alguien no está de acuerdo con nosotros —dijo Elena entre risas.

Alejandro se acercó a la cuna.

—Ya voy, pequeño.

Lo tomó en brazos y comenzó a mecerlo.

Elena tomó a la niña.

Por unos segundos, ninguno dijo nada.

Solo se escuchaban las pequeñas respiraciones de sus hijos.

Alejandro observó al niño que tenía entre sus brazos y sintió que una parte de su abuelo estaba presente en aquel momento.

Recordó todas las preguntas que alguna vez había tenido.

La muerte de su abuelo.

La desaparición de su padre y su hermana.

Las mentiras.

Sergio.

Su tío.

NOVVA.

ALCOM.

La misteriosa Fase II.

El Proyecto Mendoza.

Todo aquello había formado parte de su vida.

Pero ahora era diferente.

Ya no sentía que el pasado tuviera poder sobre él.

—¿Sabes algo? —dijo Alejandro.

—¿Qué?

—Durante mucho tiempo pensé que tenía que descubrir toda la verdad para poder ser feliz.

Elena lo miró con atención.

—¿Y ahora?

Alejandro sonrió.

—Ahora entiendo que la verdad era importante, pero no era el final de mi historia.

Elena se acercó y apoyó la cabeza sobre su pecho.

—Era solo una parte.

—Exactamente.

Esa tarde, Alejandro decidió visitar la antigua casa de su abuelo.

Hacía tiempo que no iba.

La casa permanecía casi igual.

Entró lentamente y caminó hasta el antiguo despacho.

El escritorio seguía allí.

El mismo lugar donde había encontrado las primeras pistas.

El mismo lugar donde había descubierto que su familia escondía secretos que habían permanecido ocultos durante décadas.

Alejandro pasó la mano por la madera.

Entonces vio un pequeño cajón que nunca había abierto.

Frunció el ceño.

Lo abrió.

Dentro había una fotografía.

Era una fotografía de su abuelo sosteniendo a un niño pequeño.

Alejandro reconoció inmediatamente quién era.

Era él.

En el reverso había una frase escrita a mano.

Alejandro la leyó en silencio.

“Para mi nieto Alejandro. Si algún día llegas hasta aquí, quiero que recuerdes algo: ninguna herencia vale más que la familia que construyes con amor.”

Alejandro cerró los ojos.

Una lágrima recorrió su rostro.

—Lo entendí, abuelo —susurró—. Finalmente lo entendí.

Elena, que había permanecido en la puerta, se acercó.

—¿Qué encontraste?

Alejandro le mostró la fotografía.

Elena la observó y sonrió.

—Creo que él estaría orgulloso de ti.

Alejandro respiró profundamente.

—Yo solo quería descubrir quién había destruido mi familia.

—Y terminaste construyendo una nueva.

Alejandro la miró.

—Una familia que no necesita secretos.

Elena tomó su mano.

—Una familia que elegimos nosotros.

Cuando regresaron a casa, Iván los estaba esperando.

Había llegado acompañado de su pareja.

Alexander también estaba conectado mediante una videollamada desde Francia.

—¡Por fin aparecen! —dijo Iván—. Ya pensaba que los mellizos habían decidido hacerse cargo de NOVVA antes que Alejandro.

Alejandro soltó una carcajada.

—Todavía son demasiado pequeños.

—Dales tiempo —respondió Alexander desde la pantalla—. Con la familia que tienen, seguramente aprenderán rápido.

Elena sonrió.

—¿Y ustedes cómo están?

Iván miró a su pareja y sonrió.

—Muy bien.

Alexander levantó una ceja.

—Mírenlo. Antes se burlaba de Alejandro y ahora está igual de enamorado.

—No empieces —respondió Iván.

Todos comenzaron a reír.

Por primera vez, aquella risa no estaba acompañada de miedo.

No había amenazas.

No había mensajes misteriosos.

No había archivos secretos.

No había personas escondidas en las sombras.

Solo estaban ellos.

Una familia.

Amigos que habían sobrevivido juntos a una historia que parecía no tener final.

Esa noche, cuando todos se fueron, Alejandro salió al jardín.

Elena se acercó y se colocó a su lado.

—¿Estás bien?

Alejandro miró el cielo.

—Sí.

—¿Seguro?

Él sonrió.

—Por primera vez en mucho tiempo, sí.

Elena entrelazó sus dedos con los de él.

Desde la casa llegaron los sonidos de sus hijos.

Alejandro los escuchó y sonrió.

—¿Sabes qué es lo más extraño?

—¿Qué?

—Durante años pensé que mi destino estaba escrito antes de que yo pudiera decidir algo.

Elena apoyó la cabeza sobre su hombro.

—Pero no fue así.

Alejandro la miró.

—No.

Besó suavemente su frente.

—Yo pude elegir.

Miró hacia la casa.

Hacia sus hijos.

Hacia Elena.

Hacia la familia que había construido después de perder tantas cosas.

Y entonces comprendió algo que su abuelo había intentado enseñarle desde el principio.

La vida no se trataba de evitar las heridas.




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