Entre las garras de un monstruo

Entre las garras de un monstruo

Había un ruido extraño en el aire, una estática que solo yo parecía notar, como si la realidad se estuviera agrietando para dejar pasar algo que no pertenecía a este plano. Entonces lo vi.
Noté algo en él, algo que ninguna otra persona percibía: algo magnético que anulaba por completo mis sentimientos y mi voluntad. Él emitía esa frecuencia que solo yo parecía notar y sintonizar. Veía muy claro un hilo invisible que solo nosotros compartimos; mi razón me decía que nada cerca de él sería seguro, me advertía que no debía acercarme a él. Pero tenía algo especial para poder llamar mi atención y la razón quedaba dormida en los laureles del limbo, era un monstruo especial, uno que mi instinto me señalaba como un peligro hermoso, el tipo de error que uno comete con los ojos muy abiertos.
Traté de alejarme, de poner distancia entre mi miedo y su presencia, pero ese hilo me sinchaba lentamente; eran ráfagas de una conexión que mis ojos buscaban por cuenta propia, traicionando mi intento de escape. No pude hacer nada. Mi resistencia se desvaneció antes de que pudiera pronunciar una palabra. Ya no era una elección ni un presentimiento lejano; estaba frente a lo inevitable, entregada a la sentencia que confirmaba que, aunque quisiera huir, ya estaba atrapada entre sus garras.
Él estaba en sus propios naufragios de corazón herido; yo, ignorando compromisos y promesas hechas a otro y con el corazón negro de años de desilusión. Nuestras realidades se desdibujaron cuando el destino nos obligó a ocupar ese espacio y el aire seguía agrietándose. Mientras los demás gravitaban a su alrededor como polillas desesperadas por un poco de su atención, él solo tenía su atención en mí, haciendo notar su interés de una forma que nadie podía ignorar. Intentaba alejarme, aferrada a los restos de nuestra realidad, pero el silencio se rompió en una confesión mutua que nos dejó en un vacío de sentimientos difíciles de descifrar.
Con el peso de la culpa en la garganta, le dije que pondría distancia, que dejaría de verme por un tiempo hasta que el incendio de este sentimiento se volviera ceniza. Sin embargo, su respuesta fue el golpe final a mi resistencia. Y en un susurro que agrietó el aire por última vez, confesó que llegaría a donde yo quisiera llegar con él.
Cumplí mi palabra. Dejé de ir por un tiempo, refugiándome en las sombras de mi propia vida, aferrándome a lo que la lógica dicta como "correcto".




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