Entre las sombras del amor

Capitulo uno

Primer encuentro

Elena Valcour aprendió desde niña que una corona no brilla sin costo.

Aquella noche, frente al espejo de su habitación, lo entendió con una claridad cruel.

La tiara descansaba sobre su cabeza como una promesa rota. Diamantes fríos, perfectamente alineados, reflejaban a una princesa que no reconocía del todo: espalda recta, labios cerrados, mirada entrenada para no temblar. Afuera, el castillo dormía bajo una luna pálida, ajeno al pacto que estaba a punto de sellarse.

—Mañana dejarás de ser solo mi hija —dijo el rey Valcour desde la penumbra—. Serás una garantía.

Elena no se giró. Si lo hacía, sabía que sus manos traicionarían la calma que tanto le había costado construir.

—¿Una garantía para quién? —preguntó.

El silencio respondió primero.

—Para el reino.

El nombre no fue pronunciado, pero ambos lo pensaron.

Moretti.

La familia que no aparecía en los libros de historia. Los hombres que no necesitaban coronas para gobernar. Aquellos que decidían quién caía y quién se levantaba… desde las sombras.

—Dicen que es un monstruo —susurró Elena—. Que no perdona. Que no ama.

El rey avanzó un paso.

—Dicen muchas cosas de los hombres que mantienen el mundo en pie cuando los reyes no pueden.

Elena cerró los ojos.

En ese instante, a kilómetros de distancia, Nicolás Moretti cargaba un arma y se colocaba un anillo negro en el dedo. Frente a él, la ciudad ardía en luces y pecados.

—¿Una princesa? —se burló uno de sus hombres—. ¿Desde cuándo negociamos con cuentos de hadas?

Nicolás levantó la mirada. Oscura. Precisa.

—Desde que el reino decidió entregarme lo único que no puede recuperar.

Pensó en ella.

En la corona.

En el fuego que aún no sabía que llevaba dentro.

Porque algunos pactos no se firman con tinta.

Se sellan con sangre.

Y el suyo… apenas acababa de comenzar.

👑....

El carruaje negro se detuvo con un suspiro grave frente a la sala de audiencias privada. No hubo trompetas. No hubo anuncio. Solo el eco seco de las botas de los guardias al alinearse, tensos, como si el aire mismo hubiera cambiado de dueño.

Elena sintió ese cambio incluso antes de verlo.
El vestido que llevaba —marfil, sobrio, cargado de bordados que hablaban de siglos— pesaba más de lo habitual. No por la tela, sino por lo que representaba. Cada paso que dio hacia el centro del salón era un paso lejos de sí misma… o eso creyó.

Las puertas se abrieron.
Nicolás Moretti no entró como un invitado. Entró como alguien que ya había estado allí antes, aunque nunca hubiese cruzado ese umbral.
Alto. Impecable. El traje oscuro no llevaba insignias ni colores reales, pero su presencia eclipsó los estandartes del reino colgados en las paredes. Sus manos estaban descubiertas, excepto por el anillo negro que absorbía la luz como una promesa peligrosa.

Elena levantó la vista.

Y el mundo se detuvo.

No era el monstruo que había imaginado. No tenía cicatrices visibles ni una expresión cruel permanente. Lo que la desarmó fue algo peor: la calma. Una calma afilada, como la de quien ha visto demasiadas cosas y ha sobrevivido a todas.
Los ojos de Nicolás se posaron en ella sin prisa.

No la recorrieron con deseo inmediato. No con desprecio. Sino con una atención exacta, casi estratégica… como si intentara descifrar un mapa que no esperaba encontrar tan vivo.
—Así que tú eres la corona —dijo finalmente, con una voz baja, firme, que no necesitaba elevarse para dominar la sala.

Elena sintió un calor subirle por el pecho. No retrocedió.
—Y tú —respondió— debes ser la sombra.
Un murmullo inquieto recorrió a los presentes. El rey Valcour contuvo el aliento.
Por primera vez, algo cambió en la expresión de Nicolás Moretti.

Una leve curva en sus labios. No una sonrisa. Una advertencia.
—Eres más valiente de lo que me dijeron.
—Me dijeron muchas cosas de ti —replicó Elena—. Ninguna incluía modales.
Nicolás dio un paso hacia ella.

Solo uno. Pero fue suficiente para que Elena notara el peso invisible que lo seguía. El tipo de poder que no se hereda, que se conquista.
—Los modales son para quienes no tienen nada que perder —dijo—. Yo no vine por cortesía. Vine por un acuerdo.

El rey intervino, la voz tensa:
—Este matrimonio sellará la protección del reino. Mi hija será tratada con respeto.
Nicolás no apartó la mirada de Elena.
—No negocio con padres —respondió—. Negocio con quien va a pagar el precio.

Elena sintió la punzada. Pero no bajó la cabeza.
—Entonces mírame cuando hables de precios —dijo—. Porque no soy una moneda.
El silencio se volvió insoportable.
Nicolás la miró como si, por primera vez, algo no estuviera siguiendo el guion esperado.
—No —admitió—. No lo eres.




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