Entre las sombras del amor

Capitulo dos

Entre mi silencios

Las doncellas se movían en silencio a su alrededor, retirando telas nobles, corsés rígidos y joyas heredadas de reinas muertas. Cada prenda que desaparecía era una capa de la mujer que le habían enseñado a ser.

—Esto es innecesario —dijo Elena por tercera vez, con los brazos cruzados—. Si quieren humillarme, pueden decirlo sin rodeos.
Su padre estaba de pie junto a la ventana, observando el patio interior del castillo. No la miraba. Eso era lo que más dolía.
—No es una humillación —respondió al fin—. Es una lección.
Elena rió, seca.

—¿Desde cuándo las princesas aprenden lecciones vestidas como… como civiles?
El rey se giró entonces. Su rostro estaba cansado. Más viejo de lo que Elena recordaba.
—Desde que tu futuro esposo no gobierna desde un trono.
El nombre no fue dicho. Pero pesó.
—No es mi esposo —escupió Elena—. Es un acuerdo. Un error. Una amenaza con traje oscuro.

El rey avanzó un paso.
—Es la razón por la que este reino sigue en pie.
Elena sintió el golpe como una bofetada invisible.
—¿Y yo? —preguntó, con la voz más baja—. ¿Qué soy yo en todo esto?
El silencio volvió a responder primero.
—Eres el puente —dijo él—. Y los puentes… se pisan.
Las doncellas se detuvieron. El aire se volvió espeso.

—No —susurró Elena—. No me enviarás a la ciudad. No a ese lugar. No con él.
La puerta se abrió sin anunciarse.
Nicolás Moretti entró como si aquella conversación le perteneciera desde el inicio.
No llevaba traje esta vez. Solo una camisa oscura, arremangada, y una chaqueta sencilla. Aun así, imponía más que cualquier uniforme real.

—Tiene que ir —dijo, sin rodeos—. O esto no va a funcionar.
Elena lo miró con furia.
—¿Y tú qué sabes de lo que necesito?
Nicolás la sostuvo la mirada. No retrocedió.
—Sé que no puedes entenderme desde un balcón —respondió—. Ni a mí, ni a la gente que me sigue, ni al mundo que mantengo a raya.
Elena negó con la cabeza.
—Tu mundo es violencia.
—Y el tuyo es una fantasía —replicó él, sin alzar la voz—. Bonita. Cómoda. Pero falsa.
El rey intervino, con un tono que no admitía réplica:
—Elena, basta. Vas a ir.
Ella lo miró como si no lo reconociera.
—¿También tú?
—Especialmente yo —dijo él—. Porque si vas a unirte a ese hombre, debes saber qué clase de realidad sostiene. Y si no puedes… entonces esto se rompe. Todo.
Elena sintió que el piso se inclinaba.

—No quiero entenderlo —confesó—. No quiero ver lo que hay detrás de sus sombras.
Nicolás dio un paso más cerca. Esta vez, su voz bajó.
—Eso es lo que más miedo me da de ti, princesa —dijo—. Que creas que puedes cerrar los ojos y seguir siendo intocable.
Ella levantó el mentón.
—No me llames así.
—Entonces no actúes como una.

Las palabras dolieron. Porque eran verdad.
Las doncellas regresaron con ropa distinta: un vestido sencillo, de tela oscura, sin bordados. Botines bajos. Un abrigo común. Nada que gritara realeza.
Elena los miró como si fueran armas.
—No saldré así.
—Sí lo harás —dijo su padre—. Hoy no eres una princesa

Elena tragó saliva.

—¿Y qué soy entonces?
Nicolás la observó mientras ella se cambiaba detrás de un biombo. Cuando salió, irreconocible, algo se tensó en su expresión.
—Hoy —respondió—, eres solo una mujer caminando por una ciudad que no te debe reverencias.

Ella lo odiaba por eso. Por hacerla sentir desnuda sin tocarla.
El carruaje no los llevó a avenidas limpias ni a plazas ceremoniales. Se detuvo en calles estrechas, vivas, caóticas. Gente hablando alto. Niños descalzos. Olor a pan, sudor y humo.
Elena apretó el abrigo contra su pecho.

—Esto no es el reino que me enseñaron.
—No —dijo Nicolás—. Este es el que paga el precio para que el tuyo exista.

Pasaron junto a un hombre herido, apoyado contra una pared. Nadie se detuvo. Una mujer discutía por monedas. Un niño robó pan y huyó.
Elena sintió el nudo en la garganta.
—¿Esto es lo que proteges? —preguntó.

Nicolás la miró de reojo.

—Esto es lo que no puedo permitirme perder.

Ella caminó en silencio unos pasos más.
Por primera vez, la corona no pesaba en su cabeza. Pesaba en su pobre corazón
Y aunque no quería admitirlo…
la realidad acababa de mirarla a los ojos.
Y no pensaba apartarse.

—¡Oye princesita,vaya te preparando porque mañana,nos iremos a un mundo donde tú no conoces !— exclamó contento al verle la cara de pocos amigos a Elena.

👑....👑

Elena Valcour había cruzado fronteras antes.
Pero ninguna se sintió como aquella.
El avión privado descendía entre un mar de luces que parecían no terminar nunca. Desde la ventanilla, la ciudad se extendía como una criatura viva: brillante, voraz, indomable. Nada de torres antiguas ni murallas protectoras. Solo acero, vidrio y ambición.

—Eso es Nueva York —dijo Nicolás, sentado frente a ella, abrochándose el reloj—. No duerme. No espera. No pide permiso.
Elena no respondió.

Tenía las manos entrelazadas con fuerza sobre el regazo.
—Es grotesca —murmuró finalmente—. Demasiado grande. Demasiado ruidosa, incluso desde el cielo.
Nicolás la observó con una calma peligrosa.

—Y aun así, el mundo entero gira alrededor de ella.
Cuando aterrizaron, no hubo flashes ni recepciones oficiales. Solo una caravana de camionetas negras esperando en la pista privada. Hombres con trajes oscuros, auriculares, miradas que lo veían todo.




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