No soy tu juego
Nueva York no se anunciaba.
Se imponía.
Elena Valcour observaba la ciudad desde la ventanilla del avión privado mientras descendían. Las luces parecían infinitas, agresivas, como si cada edificio reclamara su derecho a existir por encima de los demás. No había elegancia antigua ni silencio solemne. Solo velocidad. Ruido. Poder crudo.
—No mires como si fuera a devorarte —dijo Nicolás, ajustándose los gemelos—. Esta ciudad solo se come a quienes creen que pueden controlarla.
Elena no apartó la vista.
—No temo a las ciudades —respondió—. Temo a lo que los hombres hacen en ellas cuando nadie los vigila.
Nicolás sonrió apenas.
—Aquí todos vigilan. Ese es el truco.
El aterrizaje fue privado. Sin prensa. Sin protocolos reales. Apenas tocaron tierra, una fila de camionetas negras los esperaba. Hombres armados, trajeados, atentos a cada movimiento. Algunos hablaban por auriculares. Otros simplemente observaban.
Elena sintió el peso real de dónde estaba entrando.
—¿Todos trabajan para ti? —preguntó.
—Directa o indirectamente —respondió Nicolás—. En mi mundo, nadie es neutral.
El trayecto hacia la mansión fue un desfile silencioso de poder. Atravesaron barrios iluminados, puentes interminables, calles donde la vida parecía latir con demasiada fuerza. Luego, el paisaje cambió.
Muros altos. Rejas negras. Cámaras. Guardias visibles… y otros que no lo eran.
La mansión emergió como una fortaleza moderna, fría, perfecta.
—Esto no es una casa —dijo Elena, bajando del vehículo—. Es una advertencia.
—Exacto —respondió Nicolás—. Y funciona.
Los hombres se alinearon al verlo. Nadie sonrió. Nadie habló. Algunos inclinaron la cabeza. Otros simplemente tensaron el cuerpo, como soldados ante su general.
A Elena no la saludaron. La evaluaron.
—No les gusto —murmuró.
—No están aquí para gustarte —dijo Nicolás—. Están aquí para asegurarse de que sigas respirando.
El interior de la mansión era aún más imponente. Mármol oscuro, acero pulido, ventanales gigantescos con vista a la ciudad. No había cuadros familiares ni recuerdos. Solo espacios diseñados para controlar.
—No hay historia aquí —dijo Elena—. Solo presente… y miedo.
—La historia es una debilidad —replicó Nicolás—. Yo no me permito eso.
Subieron las escaleras. Guardias en cada descanso. Elena sentía las miradas clavarse en su espalda.
—¿También me vigilarán mientras duermo? —preguntó con ironía.
Nicolás se detuvo.
—Mientras estés aquí, todos lo harán —dijo—. Incluido yo.
Eso la hizo girarse.
—No soy tu posesión.
Él la miró con frialdad.
—No. Pero eres mi responsabilidad. Y en este mundo, eso pesa más.
La habitación asignada a Elena era inmensa. Lujosa. Hermosa… y blindada. Puertas reforzadas. Sensores. Seguridad oculta en cada detalle.
—Una jaula de oro —susurró ella.
—La más segura de este país —corrigió Nicolás.
Elena dejó la maleta a un lado, agotada.
—No pertenezco aquí.
Nicolás permaneció en silencio unos segundos.
—Yo tampoco pertenecí nunca a un palacio —dijo finalmente—. Y aun así, aprendí a sobrevivir en lugares que me querían muerto.
Ella lo miró, sorprendida por la grieta en su voz.
—¿Por qué aceptaste este trato? —preguntó—. ¿Por qué yo?
Nicolás caminó hasta el ventanal. La ciudad se reflejó en su rostro.
—Porque el reino necesitaba una sombra —respondió—. Y yo necesitaba algo que no pudiera controlar del todo.
Elena sintió un escalofrío.
—Me quedaré —dijo—. Pero no esperes sumisión.
Él asintió lentamente.
—Nunca la quise.
Cuando Nicolás salió, Elena se acercó a la ventana. La ciudad rugía abajo. Nueva York no dormía. No se inclinaba ante coronas ni títulos.
Por primera vez desde que nació princesa, Elena entendió algo con claridad brutal:
Había cruzado un océano.
Había dejado una corona atrás.
Y había entrado en el territorio de un hombre que no pedía permiso.
Y aunque no quería admitirlo…
una parte de ella estaba despierta por primera vez.
👑....
La habitación seguía oliendo a ciudad cuando Nicolás regresó.Elena estaba sentada en el sofá, con los brazos cruzados, observando el mundo desde el ventanal como si quisiera memorizarlo sin tocarlo.Nicolás dejó algo sobre la mesa baja,
Un objeto negro, delgado, brillante.—¿Qué es eso? —preguntó ella, desconfiada.
—Un teléfono —respondió—. Para que no te aburras… ni te sientas aislada.Elena lo miró como si le hubiera ofrecido un arma.—No necesito distracciones.—No es una distracción —dijo él, sentándose frente a ella—. Es una ventana. Al mundo real.