Miradas encontradas
Elena lo comprendió a la mañana siguiente, cuando caminó por los pasillos y sintió las miradas bajas, los silencios demasiado medidos, la forma en que los guardias evitaban cruzarse con ella como si fuera una chispa impredecible.La noticia había corrido rápido.
Demasiado rápido.La princesa había golpeado a Tiana, Y Nicolás Moretti no lo había impedido.
Eso, en su mundo, significaba algo.
Elena se detuvo frente a uno de los ventanales. La ciudad seguía igual de despierta, igual de ajena a su caos interno. Apretó el celular entre los dedos. Aún no se acostumbraba a él… ni a lo que representaba.—No debiste hacer eso —dijo una voz detrás de ella.
No se giró.
—¿Golpearla? —respondió—. ¿O decir la verdad?
Nicolás se acercó despacio. No llevaba traje. Solo una camisa oscura y el cansancio marcado en el rostro.—Ambas cosas tienen consecuencias aquí,Elena se giró entonces.
—¿Y besarme delante de ella no las tiene?
El silencio cayó entre ellos como un peso.
—Ese beso fue un error —admitió Nicolás—. Uno que no suelo cometer.
—No lo repitas —dijo Elena—. Porque no sabes lo que significaría para mí.
Eso lo descolocó.
Nicolás la miró con mucha atención curioso, no como una pieza ni como un acuerdo, sino como una mujer que no encajaba en su sistema.—Tiana no es cualquiera —dijo—. Creció en este mundo. Ha estado a mi lado en guerras que tú no conoces.—Entonces dile que se comporte como alguien que te respeta —respondió Elena—. Porque yo no pienso competir por un hombre que aún no sabe a quién pertenece.
Las palabras quedaron suspendidas.
—Aquí —dijo Nicolás finalmente— nadie pertenece a nadie.
Elena alzó el mentón.
—Entonces deja claro que no soy una intrusa.
Él respiró hondo.
—Lo haré.
Horas después, Nicolás reunió a su gente más cercana en el salón principal. Elena observó desde la escalera, sin corona, sin joyas, pero con una presencia que incomodaba.
—Ella es Elena Valcour —dijo Nicolás, con voz firme—. Y mientras esté bajo este techo, su palabra pesa. Quien la irrespete… me irrespeta a mí.
Nadie habló. Pero todos entendieron.
Tiana no estaba allí.
Esa ausencia gritaba.
Más tarde, Elena regresó a su habitación. El celular vibró por primera vez. Un mensaje.
Nicolás: Aprende a usarlo. Esta noche salimos.
Elena frunció el ceño y escribió torpemente.
Elena: ¿Salir a dónde?
La respuesta llegó casi de inmediato.
Nicolás: A ver si el mundo real sigue en pie después de ti.
No pudo evitar una sonrisa mínima.
Esa noche, Elena volvió a vestirse como alguien común. Jeans. Abrigo. Cabello suelto. Cuando se miró al espejo, no vio a una princesa ni a una rehén,Vio a una mujer aprendiendo a elegir.
Nicolás la esperaba en el vestíbulo.
—No confíes en nadie —le dijo—. Ni siquiera en mí.
—Nunca lo hice —respondió ella—. Pero empiezo a entenderte.
Él la miró con intensidad y le dedicó una sonrisa de medio lado.
—Eso es lo que más miedo me da.
Cuando salieron, la ciudad los envolvió. Sirenas, risas, vida. Elena caminó a su lado sin tocarlo, pero sintiendo su presencia como una muralla.
—Tiana volverá —dijo Elena de pronto—. No es el tipo de mujer que acepta perder.
—Tampoco tú —respondió Nicolás.
Ella lo miró de reojo.
—La diferencia es que yo no vine a ganar. Vine a sobrevivir.
Nicolás asintió lentamente.
—Y en este mundo —dijo—, eso ya te hace peligrosa.
Mientras caminaban bajo las luces de Nueva York, ambos entendieron algo que no se dijeron en voz alta:
El pacto ya no era solo político.
La amenaza ya no venía solo de afuera.
Y lo que estaba naciendo entre ellos…
podía salvarlos o destruirlos por completo.
👑....👑
El lugar al que Nicolás la llevó estaba lejos de los clubes ruidosos y las luces vulgares. Era un salón privado, escondido tras una fachada discreta, donde el lujo no se anunciaba… se asumía. Música baja. Copas caras. Hombres y mujeres que hablaban en murmullos, como si cada palabra tuviera un precio.Elena entró detrás de Nicolás, con el abrigo bien cerrado, la espalda recta y la mirada alerta. No llevaba joyas. No llevaba corona. Y aun así, destacaba.
—Relájate —murmuró Nicolás—. Aquí nadie muerde sin permiso.
—Eso no me tranquiliza en absoluto —respondió ella.
Apenas dieron unos pasos, varias miradas se volvieron hacia ellos. No hacia Nicolás.
Hacia ella.—Vaya, Nico —dijo una voz masculina—. ¿Desde cuándo escondes tesoros?