Entre las sombras del amor

Capitulo cinco

Entre peligro y tentación

El bar no se anunciaba con letreros luminosos ni música que escapara a la calle. Desde afuera parecía un edificio más de Manhattan, elegante, silencioso, blindado.
Pero al cruzar las puertas, el mundo cambiaba.

Luces doradas colgaban como promesas peligrosas. Mesas de madera oscura, copas gruesas, risas bajas. Un escenario amplio ocupaba el centro, donde una banda tocaba música norteña bailable, acordeones profundos, bajo sexto marcando el ritmo, una voz masculina cantando de amores que se pierden a balazos y lealtades que cuestan sangre.

Elena se detuvo apenas un segundo.

Bailarinas con vestidos ajustados se movían al compás, sensuales, seguras. Cantantes alternaban el escenario, y los clientes…
No eran cualquiera.

Hombres con trajes caros. Miradas afiladas. Mujeres que observaban más de lo que hablaban.

—Este lugar… —murmuró Elena— no es solo un bar.

Nicolás caminaba a su lado, tranquilo, dueño de cada paso.

—No —respondió—. Es un mensaje.

Avanzaron, y bastó que él entrara para que el ambiente se reajustara. Cabezas que se giraban. Conversaciones que bajaban de volumen. Un respeto que no se pedía… se imponía.

—Buenas noches, jefe —saludó uno de los hombres de seguridad.

—Todo tranquilo —respondió Nicolás.

—Hasta ahora.

Se sentaron en una mesa elevada, con vista directa al escenario. Elena se quitó el abrigo lentamente. Sentía las miradas clavarse en su piel, pero no se encogió. Se sentó erguida, cruzó las piernas y observó el lugar como si estuviera memorizándolo.

—¿Siempre es así? —preguntó—. ¿Todos te miran como si esperaran una orden?

Nicolás ladeó la cabeza.

—Aquí nadie se equivoca conmigo.

Un mesero llegó de inmediato.

—¿Lo de siempre?

—Sí —dijo Nicolás—. Y para ella… lo que quiera.

Elena dudó.

—Whisky —dijo al final—. Sin hielo.

Nicolás la miró, sorprendido por un segundo.

—Interesante elección.

—No me gusta el sabor suave —respondió—. Prefiero saber qué estoy tomando.

Una sonrisa mínima cruzó el rostro de Nicolás.

La música subió. La gente empezó a bailar. El ambiente se relajó apenas…
Y fue entonces cuando Elena lo sintió.

Un cambio.

No supo explicarlo, pero algo en el aire se tensó. Las bailarinas siguieron sonriendo, la banda tocando, pero los guardias se movieron distinto. Más atentos. Más rígidos.

—Nicolás… —murmuró ella—. Algo no está bien.

Él no respondió de inmediato. Sus ojos recorrieron el lugar con precisión quirúrgica.

—Mantente cerca —dijo en voz baja.

No alcanzó a terminar la frase.

El primer disparo rompió la música.

Vidrios estallaron. Gritos. El acordeón cayó al suelo con un sonido seco. La banda se dispersó. Las luces parpadearon.

—¡Al suelo! —gritó alguien.

Elena se levantó de golpe, el corazón golpeándole el pecho.

—¡Nicolás!

Él ya estaba de pie, empujándola hacia atrás, cubriéndola con su cuerpo mientras desenfundaba el arma.

—¡Agáchate! —ordenó.

Otro disparo. Una mesa volcó. Sangre en el suelo.

—¡Es una emboscada! —gritó uno de los hombres—. ¡Por la entrada lateral!

Elena cayó de rodillas cuando Nicolás la empujó tras la barra. El estruendo era ensordecedor. Vidrios, gritos, pasos corriendo.

—Quédate aquí —dijo él, sujetándole el rostro—. No te muevas.

—¡No me dejes! —exclamó ella, con la voz quebrada.

Por un segundo, Nicolás dudó. Sus ojos oscuros se clavaron en los de ella.

—No te va a pasar nada —dijo con una firmeza que no admitía discusión—. Te lo juro.

Y se fue.

Elena se quedó agachada, temblando, escuchando disparos, órdenes, golpes. El olor a pólvora le quemaba la garganta. Vio a una bailarina llorar escondida bajo una mesa. A un hombre arrastrándose herido.

Entonces lo vio.

Un sujeto avanzaba hacia la barra, arma en mano, buscando.

Elena contuvo el aliento.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, ella reaccionó sin pensar. Tomó una botella y la lanzó con todas sus fuerzas. El golpe fue seco. El hombre cayó con un gemido.

Elena se quedó inmóvil, jadeando, las manos manchadas de whisky.

—Mierda… —susurró.

Minutos después —o tal vez horas—, el ruido cesó.

Sirenas. Voces firmes. Control.

Nicolás regresó.

Tenía una herida en el brazo, la camisa manchada de sangre que no parecía suya. Sus ojos la buscaron con desesperación hasta que la vio.

—¿Estás bien? —preguntó, arrodillándose frente a ella.

Elena asintió, incapaz de hablar.

Él la tomó en brazos sin pedir permiso y la llevó fuera del lugar.

En la calle, el aire frío la golpeó. Recién entonces, Elena comenzó a llorar. No de miedo. De impacto.

—Esto… —susurró—. Esto es tu mundo.

Nicolás la sostuvo con fuerza.

—Y ahora te ha tocado —dijo—. Por eso quise mantenerte lejos.

Ella lo miró, los ojos enrojecidos, pero firmes.

—Ya es tarde para eso.

Él lo sabía.

Porque al atacar su bar…
Al hacerlo delante de ella…
Habían cruzado una línea.

Y ahora, Elena Valcour no era solo una princesa atrapada en un pacto.

Era una testigo.
Una amenaza.
Y alguien por quien Nicolás Moretti estaba dispuesto a incendiar la ciudad entera.

👑🩸👑

Elena se quedó agachada, temblando, escuchando disparos, órdenes, golpes. El olor a pólvora le quemaba la garganta. Vio a una bailarina llorar escondida bajo una mesa. A un hombre arrastrándose herido.

Entonces lo vio.

Un sujeto avanzaba hacia la barra, arma en mano, buscando.

Elena contuvo el aliento.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, ella reaccionó sin pensar. Tomó una botella y la lanzó con todas sus fuerzas. El golpe fue seco. El hombre cayó con un gemido.

Elena se quedó inmóvil, jadeando, las manos manchadas de whisky.




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