Elena despertó primero.
No supo exactamente cuándo había ocurrido, solo que abrió los ojos y durante unos segundos no recordó dónde estaba. El techo alto, las cortinas pesadas, el silencio absoluto,luego lo sintió el latido firme bajo su mejilla.
El calor del brazo rodeándola con una protección inconsciente.
Nicolás.
Seguía dormido, el ceño apenas fruncido, la respiración profunda. La herida estaba vendada, limpia. No parecía haber empeorado durante la noche.Elena se movió con cuidado, intentando incorporarse sin despertarlo, pero él tensó el brazo instintivamente.
—No te vayas —murmuró, aún dormido.
Ella se quedó quieta.
El corazón le dio un vuelco.
—No me voy —susurró.
Abrió los ojos lentamente. La miró como si necesitara un segundo para recordar todo lo que había pasado: el ataque, la sangre, la huida… ella.
—Buenos días, princesa —dijo con voz ronca.
—Buenos días —respondió ella—. Sigues vivo. Eso es buena señal.
Una sonrisa leve, cansada, cruzó su rostro.
—Gracias a ti.
Antes de que pudiera decir algo más, unos pasos firmes resonaron en el pasillo.
Nicolás alzó la mirada de inmediato.
—¿Quién es? —preguntó Elena, alerta.
—Nadie que deba estar aquí tan temprano —respondió él.
La puerta se abrió sin esperar permiso.
Tacones.
Perfume intenso.
Cabello rojo perfectamente peinado.
Tiana.
—Nicolás —dijo al verlo—. Me dijeron que estabas herido.
Se detuvo en seco al notar a Elena entre sus brazos.
El silencio se tensó.
—Veo que no interrumpo nada importante —añadió con una sonrisa afilada.
Elena se incorporó despacio, sin apartarse del todo. Sintió algo nuevo subirle por el pecho. No miedo.
Celos.
—¿Cómo entraste? —preguntó Nicolás, frío.
—Siempre he tenido acceso —respondió ella, acercándose—. Cuando alguien atenta contra tu vida… me preocupo.
Sus ojos recorrieron a Elena de arriba abajo con descaro.
—Vaya —dijo—. Así que esta es la princesa,que se atrevido golpearme la otra vez.
Elena sostuvo su mirada.
—Y tú debes ser la mujer que no sabe cuándo retirarse y restar.
Tiana rió suavemente.
—Me quedo donde pertenezco.
—Aquí no —intervino Nicolás—. No sin avisar.
Eso le dolió. Se notó.
—Solo vine a ver si estabas bien —dijo Tiana, tocándole el brazo herido sin pedir permiso—. Anoche fue peligroso.Elena sintió el impulso inmediato de apartar esa mano no lo hizo.
Se limitó a hablar.
—La herida ya está tratada —dijo—. No necesita más manos.
Tiana alzó una ceja.
—¿Ah sí? ¿Y tú qué eres ahora? ¿Médica?
—Soy suficiente —respondió Elena, con calma peligrosa.
Nicolás observaba el intercambio en silencio. Dos fuerzas frente a frente. Dos mujeres que no pedían permiso.—Tiana —dijo al fin—. Gracias por venir. Pero ya puedes irte.
Ella lo miró, incrédula.
—¿Por ella?
—Por mí.
El golpe fue seco.
Tiana apretó los labios.
—Ten cuidado, Nicolás —dijo—. Ella no entiende este mundo. No sabe lo que despierta.
Elena dio un paso al frente.
—Lo entiendo perfectamente —respondió—. Y no necesito que me protejan de ti.
El silencio volvió a caer.
Tiana la miró unos segundos más, evaluándola, midiendo su firmeza.
—No has ganado —dijo al final—. Solo estás más cerca del fuego.
Y se fue.
La puerta se cerró con un golpe sordo.
Elena soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Lo siento —dijo Nicolás—. No debió verte así.
—No me siento avergonzada —respondió ella—. Me siento… molesta.
Él la miró con curiosidad.
—¿Por qué?
Elena dudó. Luego habló.
—Porque entró como si tuviera derecho. Como si tú le pertenecieras.
Nicolás se incorporó con cuidado.
—Nadie me pertenece —dijo—. Y yo no pertenezco a nadie.
Ella sostuvo su mirada.
—Eso dices —respondió—. Pero anoche, cuando estabas sangrando… no pensaste en ella.
Eso lo dejó en silencio.
—Pensé en ti —admitió finalmente.