Entre las sombras del amor

Capitulo doce

La mañana en Nueva York amaneció cubierta por una neblina ligera que se arrastraba entre los rascacielos como si la ciudad quisiera ocultar algo. Desde el ventanal del penthouse en Manhattan, Elena observaba cómo el tráfico comenzaba a despertar lentamente, las luces rojas y blancas moviéndose como ríos de fuego entre las avenidas.

Pero su mente no estaba en la ciudad.

Estaba en el nombre que había aparecido la noche anterior.

Alejandro Varela.

Ese nombre seguía resonando como un eco incómodo dentro de su cabeza.

Detrás de ella, Nicolás estaba de pie frente a una mesa llena de mapas digitales proyectados sobre la pantalla del despacho. Había marcado puntos estratégicos por toda la ciudad: puertos, centros financieros, empresas logísticas, bancos. Cada punto representaba un movimiento posible… o un ataque.

Su teléfono vibró nuevamente, pero esta vez lo ignoró.

Elena finalmente rompió el silencio.

—Si Varela está aquí, significa que quiere verte.

Nicolás levantó la mirada lentamente.

—No.

Se acercó a la pantalla y amplió uno de los mapas.

—Significa que quiere que yo sepa que está aquí.

Elena frunció ligeramente el ceño.

—Eso suena a provocación.

—Lo es.

La calma con la que lo dijo hizo que el aire en la habitación se volviera más pesado.

Elena caminó hasta quedar a su lado y observó el mapa.

—¿Dónde está?

Nicolás tocó la pantalla.

Un punto rojo apareció sobre Midtown.

—Hotel The Plaza.

Elena levantó una ceja.

—Eso es bastante público para alguien que quiere iniciar una guerra.

Nicolás dejó escapar una pequeña exhalación.

—Varela siempre ha sido así.

Apagó la pantalla con un gesto.

—Le gusta que todos sepan que llegó.

Elena lo observó con atención.

—Lo conociste bien.

Nicolás no respondió de inmediato.

Durante unos segundos, su mirada se perdió en algún recuerdo distante.

—Trabajamos juntos hace años —dijo finalmente— cuando todavía creía que las alianzas podían durar más que los intereses.

Elena cruzó los brazos.

—Y algo pasó en España.

Nicolás la miró.

Sus ojos estaban más oscuros ahora.

—Intentó quedarse con todo.

—¿Todo qué?

Hubo una pausa breve.

—Mi imperio.

La palabra no sonó arrogante. Sonó simplemente… real.

Elena caminó hacia el ventanal otra vez.

La ciudad ahora estaba completamente despierta.

—Entonces esto no es una sorpresa.

—No.

Nicolás se acercó lentamente a ella.

—Solo es el momento que él eligió.

Elena se giró hacia él.

—¿Y qué vamos a hacer?

La pregunta no llevaba miedo.

Llevaba decisión.

Nicolás apoyó una mano en el vidrio del ventanal, mirando la ciudad como si pudiera ver cada movimiento que ocurría en ella.

—Vamos a hacer lo que él espera…

Elena levantó una ceja.

—¿Caer en la trampa?

Nicolás negó suavemente.

—No.

Su mirada volvió a ella.

—Vamos a encontrarnos con él.

Elena lo miró con sorpresa.

—¿En serio?

—Esta noche.

El silencio cayó entre ambos.

La tensión volvió a instalarse en la habitación como una presencia invisible.

—Eso podría ser una emboscada —dijo Elena.

Nicolás dio un paso más cerca de ella.

—Probablemente lo será.

Elena lo estudió por unos segundos.

—Entonces… ¿por qué aceptar?

Una leve sonrisa apareció en los labios de Nicolás.

No era arrogante.

Era peligrosa.

—Porque Varela cree que está jugando ajedrez.

Elena inclinó la cabeza.

—¿Y no lo está?

Nicolás tomó suavemente su mano.

—No cuando yo ya conozco todas sus jugadas.

Elena sostuvo su mirada.

Había algo eléctrico en ese momento.

Algo que iba más allá de la estrategia.

—Entonces esta noche conoceré al hombre que quiere destruirnos.

Nicolás apretó su mano con firmeza.

—Esta noche conocerás al hombre que cree que puede hacerlo.

La lluvia comenzó a caer nuevamente sobre Nueva York, golpeando los ventanales con un ritmo suave pero constante.

Afuera, la ciudad continuaba su rutina indiferente.

Pero en algún lugar entre sus calles, en un hotel elegante de Midtown, Alejandro Varela también estaba preparándose.

Porque esa noche, después de años de distancia, los dos hombres que una vez fueron aliados volverían a verse frente a frente.

Y cuando eso ocurriera…

La guerra dejaría de ser silenciosa.

....

La lluvia sobre Nueva York nunca parecía caer con inocencia.Era una lluvia distinta a la de otros lugares del mundo. No era suave ni romántica como en las películas. Aquí caía con intención, golpeando los ventanales de los rascacielos como si intentara recordarles a todos que, incluso en la ciudad más poderosa del planeta, la naturaleza todavía podía imponer silencio.

Desde el ventanal del penthouse en Manhattan, Elena observaba la ciudad con una atención que ya no era curiosidad.

Era análisis.

La noche anterior había cambiado algo dentro de ella. Lo sabía con la misma certeza con la que sabía que Nicolás ya estaba tres movimientos adelante de cualquier enemigo que intentara enfrentarlo.

Alejandro Varela.

Ese nombre no dejaba de resonar en su cabeza.

Lo había escuchado antes, muchas veces, en conversaciones a medias, en comentarios que Nicolás dejaba escapar cuando hablaba de España, de negocios pasados, de alianzas rotas.

Pero nunca había visto esa sombra cruzar realmente sus vidas.

Hasta ahora.

Detrás de ella, el sonido suave del teclado rompía el silencio del despacho.

Nicolás llevaba más de una hora trabajando frente a la pantalla principal. No hablaba. No parecía cansado. Su mente se movía con una precisión casi inquietante.La venda que cubría la herida en su costado había sido cambiada nuevamente, pero el gesto firme de sus hombros dejaba claro que el dolor no tenía permiso de intervenir.Sobre la mesa digital se desplegaban datos financieros que cambiaban cada pocos segundos: transferencias detenidas, inversiones bloqueadas, contratos suspendidos.




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