La noche en Nueva York había llegado con la misma determinación con la que la ciudad se erguía sobre sus propias raíces de acero y concreto. Las luces de los rascacielos se encendían una a una como estrellas atrapadas en la gravedad de los hombres, y la lluvia, que había caído durante todo el día, ahora se había convertido en una cortina fina y persistente que difuminaba los contornos del mundo exterior. Desde el vestíbulo del penthouse de Manhattan, el sonido de los coches que pasaban por las avenidas sonaba como un murmullo constante, un eco de la vida que seguía su curso a pesar de los secretos que se guardaban en los pisos más altos de la ciudad.
Elena se encontraba frente al espejo del baño principal, ajustando los detalles de su vestido negro de seda que caía hasta el suelo con una fluidez que parecía contradecir la tensión que latía en cada uno de sus músculos. Había elegido ese atuendo no solo por su elegancia, sino porque en la oscuridad de una sala de estar de lujo o en los pasillos amplios de un hotel como The Plaza, el color la haría desaparecer cuando fuera necesario, y resaltaría cuando decidiera que era el momento de ser vista.
Sus manos se detuvieron brevemente sobre el cuello del vestido, donde un detalle de pedrería oscura brillaba con un brillo sutil, recordándole el anillo que Nicolás le había dado semanas atrás, el que ahora llevaba oculto bajo la manga de su vestido, cerca de su muñeca, como un amuleto que no quería mostrar al mundo todavía. Detrás de la puerta cerrada, escuchaba los pasos firmes de Nicolás mientras hablaba por teléfono en voz baja, coordinando los últimos detalles con alguno de sus hombres.
No podía distinguir las palabras, pero el tono de su voz era el mismo que usaba cuando analizaba los mapas digitales o cuando hablaba de estrategias: frío, preciso y completamente seguro de sí mismo. Sabía que estaba dando instrucciones sobre los puntos de vigilancia en el hotel, sobre las rutas de evacuación posibles, sobre los nombres de las personas que estarían presentes en la reunión con Varela. Sabía también que, a pesar de todos los preparativos, Nicolás sabía que ninguna cantidad de planes podría prever todo lo que Varela tenía preparado.
Ese era el juego que ambos hombres habían estado jugando durante años, incluso cuando estaban separados por miles de kilómetros: uno movía una pieza, el otro respondía, y ahora, finalmente, el tablero se había reducido a un solo punto en el corazón de la ciudad que nunca duerme.Elena abrió la puerta y encontró a Nicolás de pie frente al ventanal, terminando la llamada. Se había vestido con un traje negro de corte impecable, la camisa blanca debajo brillaba como la nieve contra la oscuridad de su chaqueta, y su cabello oscuro estaba peinado con una precisión que contrastaba con la intensidad de sus ojos cuando se giró para mirarla.
En ese instante, no vio a la princesa que había crecido bajo las reglas de un reino antiguo, ni a la mujer que había luchado por encontrar su lugar en un mundo que no pertenecía a su sangre. Vio a alguien que había aprendido a leer los signos de la guerra, a entender que el poder no se mantenía solo con acuerdos o con títulos, sino con la voluntad de enfrentarse a quienes querían quitártelo.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios, no de alegría ni de arrogancia, sino de reconocimiento mutuo, de saber que ambos estaban listos para lo que venía.
—Estás lista —dijo, y no fue una pregunta.
—Siempre lo he estado —respondió Elena, acercándose a él hasta que sus cuerpos estaban apenas separados.
Podía sentir el calor de su piel a través de la tela de sus ropas, podía oler el aroma familiar de su perfume y del cuero de su cinturón, una mezcla que había llegado a asociar con seguridad, con poder, con la promesa de que estarían juntos sin importar lo que sucediera. Nicolás extendió una mano y acarició suavemente su mejilla con los dedos, sus ojos bajando brevemente a sus labios antes de volver a encontrarse con los suyos.
—Varela no entenderá lo que representa tu presencia allí —dijo, su voz baja y cálida contra su oído—. Creerá que te estoy usando como escudo, o como premio.
Nunca entenderá que eres parte de la estrategia, que eres tan importante como cualquier otra pieza en este juego.—Déjalo que piense lo que quiera —respondió Elena, poniendo una mano en su pecho, sintiendo el latido firme de su corazón debajo—. Ese será su primer error.
Nicolás asintió, luego tomó su mano y la apretó con firmeza.
Sin decir más palabras, caminaron juntos hacia el ascensor que los llevaría hasta el garaje subterráneo, donde una flota de coches esperaba para llevarlos hasta The Plaza. El trayecto hasta el hotel duró menos de veinte minutos, pero para Elena pareció una eternidad. Miró por la ventanilla oscurecida del coche, observando cómo las luces de la ciudad pasaban rápidamente frente a ella: neones de restaurantes de lujo, letreros de tiendas exclusivas, pantallas gigantes que anunciaban productos que nadie realmente necesitaba pero que todos querían tener.
Todo eso era parte del mundo que Varela quería dominar, del mundo que Nicolás había construido con sus propias manos, y ahora ambos estaban a punto de enfrentarse en el centro de ese universo de ilusiones y poder. A su lado, Nicolás mantenía la mirada fija en el camino, pero ella sabía que su mente estaba trabajando a toda velocidad, revisando cada posible escenario, cada posible traición, cada posible forma de salir victorioso de la reunión que estaba a punto de tener lugar.
Los hombres de seguridad que iban en los coches delantero y trasero mantenían la comunicación constante a través de sus auriculares, informando sobre el tráfico, sobre los vehículos que los seguían, sobre cualquier movimiento sospechoso en las calles que llevaban hasta Midtown. Cuando finalmente llegaron a The Plaza, el portero se acercó rápidamente para abrirles la puerta del coche, su expresión profesional ocultando la curiosidad que debía sentir al ver llegar a dos personas con la presencia imponente de Nicolás y Elena.