Entre las sombras del amor

Capitulo catorce

La noche en The Plaza seguía envolviéndolos a todos en una cortina de tensión tan densa que parecía posible cortarla con un cuchillo. Las luces suaves de la sala de estar parecían haberse enfriado de repente, y el murmullo distante de la ciudad que llegaba por los ventanales ahora sonaba como el rugido de un animal que se prepara para la batalla. Alejandro Varela mantenía sus ojos fijos en Nicolás, pero Elena notó cómo su mirada se desviaba brevemente hacia ella, como una serpiente que evalúa a su presa antes de atacar.

Había algo en esos ojos verdes, algo cálido y engañoso que contrastaba con la dureza de sus palabras, y Elena sintió cómo una sensación de alerta recorría su cuerpo desde la punta de los pies hasta la coronilla de la cabeza. Sabía que Varela no sería un adversario fácil, que usaría todas las armas a su disposición para ganar la partida que había comenzado hace cinco años en las calles de Madrid.

—Una guerra entre nosotros sería una pérdida para todos, Nicolás —dijo Varela, su voz ahora más suave, casi amable, como si estuviera tratando de convencer a un viejo amigo de tomar un camino diferente—. Piensa en lo que podríamos lograr juntos. Dos hombres como nosotros, con nuestras redes, nuestras conexiones, nuestro poder… podríamos dominar el mundo entero. Y tú, princesa Elena —añadió, volviendo su mirada hacia ella, y esta vez sus ojos brillaban con un brillo que Elena reconoció de inmediato: era la mirada de alguien que cree que puede manipular a quien sea con solo unas palabras bien elegidas

—. ¿Realmente quieres vivir en un mundo de sombras, constantemente en peligro, siempre a merced de los enemigos de tu hombre? Yo puedo ofrecerte algo mejor. Un lugar a mi lado, como la dama de un imperio que será recordado por la historia. Riquezas más allá de tu imaginación, poder real, no el falso poder de una corona que depende de pactos secretos y de la benevolencia de los demás.

Elena sintió cómo su mandíbula se apretaba, cómo la ira comenzaba a nacer en su pecho, pero se mantuvo calmada, mirando a Varela con una expresión que dejaba claro que no estaba dispuesta a ser objeto de sus manipulaciones.—Lo que tú llamas falso poder es la herencia de mi familia, señor Varela

—respondió, su voz clara y firme, llenando la habitación con una fuerza que hizo que Varela arqueara una ceja con interés—. Es el resultado de siglos de lucha, de sacrificio, de amor por un reino y por su pueblo. No cambiaría eso por nada del mundo que tú puedas ofrecer. Y además —añadió, acercándose un poco más a Nicolás, poniendo una mano en su brazo, sintiendo la tensión de sus músculos bajo la tela de su traje—. Ya tengo todo lo que necesito a mi lado.

Varela rio suavemente, pero esta vez el sonido no tenía nada de cálido ni de amable. Era un sonido seco, frío, como el crujir del hielo en una mañana de invierno.
—Inocente princesa —dijo, moviéndose lentamente alrededor de la mesita auxiliar, sus pasos suaves sobre la alfombra gruesa, como los de un depredador que se acerca a su presa

—. No sabes lo que realmente quieres. No sabes lo que el poder verdadero puede ofrecerte. Te ha encerrado en su mundo de sombras, Nicolás —añadió, volviendo su mirada hacia él—. Te ha hecho creer que esa es la única forma de vivir, pero yo puedo mostrarte el camino hacia la luz. El camino hacia un futuro donde nadie podrá desafiarte, donde tú serás el verdadero rey del mundo.

Nicolás no movió un músculo, manteniéndose firme en su lugar, sus ojos fijos en los de Varela, como si estuviera esperando el momento exacto para actuar.
—Ya soy rey de mi propio mundo, Alejandro —dijo, su voz baja pero contundente—. Y no necesito tu ayuda para mantener mi trono. Lo único que necesito es que te vayas de Nueva York y nunca más vuelvas. Esa es la única forma en que podemos evitar la guerra.

Varela se detuvo frente a una repisa que estaba en una de las paredes de la sala, donde reposaba una colección de jarrones de porcelana antigua, cada uno más hermoso que el anterior, con diseños de flores y pájaros pintados a mano con un detalle impresionante. Sus dedos se deslizaron suavemente sobre la superficie de uno de ellos, un jarrón grande de color azul profundo con motivos dorados que parecían brillar bajo la luz de la sala.

—Todavía crees que puedes darme órdenes, Nicolás —dijo, sin quitar los ojos del jarrón—. Todavía crees que eres el que está en control. Pero ya no es así. Ahora yo soy el que tiene el poder, el que tiene los aliados, el que tiene los planes listos para poner en marcha. Y si tú no quieres unirte a mí… entonces tendré que eliminar cualquier cosa que se interponga en mi camino. Incluso a ella.

En ese instante, su mano se movió con una rapidez sorprendente, agarrando a Elena por el brazo y jalándola hacia él, presionando su cuerpo contra el de ella, con una mano sobre su cuello, no apretando lo suficiente para hacerle daño, pero con fuerza suficiente para demostrar que podía hacerlo si quisiera. Elena sintió cómo el aire se le quedaba en la garganta, cómo la sorpresa y el miedo la invadían por un momento, pero rápidamente se recuperó, intentando soltarse de su agarre, pero Varela la sostenía con una fuerza que no esperaba de alguien que parecía tan elegante y despreocupado.

—Suelta la —gritó Nicolás, y esta vez su voz estaba llena de una ira furiosa que hacía temblar las paredes de la sala. Sus manos se movieron hacia su cintura, donde un arma estaba oculta bajo su traje, pero Varela sonrió, presionando su dedo índice contra la garganta de Elena, justo debajo de la mandíbula.—No hagas nada estúpido, Nicolás —dijo, su voz ahora fría como el acero—. Si intentas sacar tu arma, primero la mataré a ella. Y luego te haré pagar por cada segundo que hemos estado separados, por cada negocio que me has quitado, por cada sueño que me has roto.




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