Entre las sombras del amor

Capitulo quince

El rugido del motor del coche negro se desvanecía en las calles de Nueva York mientras Alejandro Varela mantenía la vista fija en el paisaje que pasaba a su lado. Las luces de la ciudad bailaban sobre el cristal oscurecido, pero sus ojos verdes no veían más que la imagen de Elena y Nicolás abrazados en la sala de estar de The Plaza. Marco mantenía la mirada en la carretera, pero notaba cómo la tensión en el aire era tan densa como la niebla matutina que a menudo cubría la ciudad.
—¿Qué hacemos ahora, jefe? —preguntó Marco, su voz baja y respetuosa.

Varela se volvió hacia él lentamente, como si hubiera tenido que sacar su atención de un lugar muy profundo. Su mano se deslizó sobre el reposabrazos de cuero, acariciando la superficie con los dedos, como si buscara encontrar la forma de moldear el futuro a su antojo.
—Ahora comenzamos la verdadera partida, Marco —respondió, su voz fría como el metal de una daga

—. Nicolás cree que con una advertencia y un disparo en un jarrón puede detenerme. Pero no entiende que he estado preparándome para este momento durante cinco años. Cada aliado, cada negocio, cada plan… todo está listo.Sacó un teléfono móvil del bolsillo de su traje y tocó la pantalla con un dedo. Apareció una imagen de un hombre de mediana edad, con el cabello gris y una expresión seria en el rostro.

—Llama a Rodríguez —dijo Varela, entregándole el teléfono a Marco—. Dile que es hora de poner en marcha el plan “Luz”. Quiero que todas las piezas estén en su lugar antes del amanecer. Nicolás protegerá a Elena con su vida, así que atacaremos donde menos se lo esperen: a su imperio, a sus negocios, a todo lo que ha construido con sus propias manos.

Mientras Marco hablaba por teléfono, Varela cerró los ojos, concentrándose en cada detalle de su plan. Sabía que Nicolás contaba con una red de seguridad impecable, que sus hombres estaban entrenados para cualquier eventualidad. Pero también sabía que incluso el mejor sistema tiene un punto débil, y él lo había encontrado hacía tiempo.

En The Plaza, Nicolás había ordenado a sus hombres que revisaran cada rincón del hotel, que fortalecieran la seguridad y que mantuvieran una vigilancia constante sobre Elena. Mientras tanto, él y ella estaban en la suite presidencial, frente a una ventana que daba a la Quinta Avenida, viendo cómo la ciudad seguía su ritmo a pesar de la tormenta que se avecinaba.

—No puedo dejar que te pongas en peligro, Elena —dijo Nicolás, tomándola de la mano—. Varela no dudará en usar cualquier medio para llegar a ti. Tal vez sea mejor que te vayas, que te quedes en un lugar seguro hasta que termine esto.Elena negó con la cabeza, mirándolo a los ojos con determinación.

—No me iré, Nicolás —respondió—. Juntos hemos enfrentado dificultades antes, y juntos enfrentaremos esta guerra. No dejaré que me protejan como si fuera un objeto frágil. Quiero ayudar, quiero luchar por lo que creemos.

Nicolás suspiró, sabiendo que no podría hacerla cambiar de opinión. Su amor por ella era tan grande que quería mantenerla a salvo a toda costa, pero también admiraba su valentía, su fuerza de voluntad.
—Muy bien —dijo finalmente—. Pero tendrás que seguir todas mis instrucciones. Varela es astuto, y no podemos permitirnos ningún error.

En ese momento, la puerta de la suite se abrió de golpe y entró Carlos, uno de los hombres de confianza de Nicolás. Su rostro estaba pálido, sus ojos llenos de preocupación.—Jefe —dijo, dirigiéndose a Nicolás—. Tenemos problemas. Se han roto tres de nuestros almacenes en Nueva Jersey. Todo lo que teníamos guardado allí… se ha convertido en ceniza. Además, han hackeado nuestros sistemas informáticos: han robado información sobre nuestros aliados, nuestros clientes, nuestros planes.

Nicolás sintió cómo la ira recorría su cuerpo, pero se mantuvo calmado. Sabía que Varela había comenzado su ataque, que no iba a perder ni un segundo en poner en marcha su plan.—¿Y nuestros hombres? —preguntó.
—Algunos han resultado heridos, pero no hay muertos —respondió Carlos—. Parece que Varela quería enviar un mensaje, no causar demasiadas víctimas… por ahora.
Elena sintió cómo un escalofrío recorría su espalda. Sabía que la guerra había comenzado de verdad, que ya no había vuelta atrás. Se acercó a Nicolás y le puso una mano en el hombro.

—Tenemos que actuar con prudencia —dijo ella—. Varela quiere que te enfures, que tomes decisiones precipitadas. No podemos dejar que lo consiga.Nicolás asintió, mirando a Carlos.—Ponte en contacto con todos nuestros aliados —ordenó—. Avísales de lo que ha pasado, que estén alerta. Y llama a nuestro equipo de ciberseguridad: quiero que recuperen toda la información robada y que fortalezcan nuestros sistemas. No permitiré que Varela siga avanzando sin oposición.Carlos salió de la habitación para cumplir las órdenes, dejándolos solos de nuevo.

Nicolás se volvió hacia Elena y la abrazó fuerte.
—No sé cómo podré protegerte si la batalla se libra en tantos frentes a la vez —dijo, su voz llena de preocupación.Elena levantó la cabeza y lo miró a los ojos.
—No tienes que protegerme solo —respondió—. Juntos encontraremos la forma de derrotar a Varela. Juntos construiremos un futuro mejor. Porque el amor que sentimos es más fuerte que cualquier arma que él pueda usar contra nosotros.

Mientras tanto, en un edificio alto en el centro de la ciudad, Varela miraba hacia la ventana, hacia la dirección de The Plaza. Tenía una sonrisa en los labios, una sonrisa fría y calculadora. Sabía que su primer golpe había tenido efecto, que Nicolás estaría ahora en alerta máxima. Pero también sabía que esto era solo el principio, que las peores batallas estaban aún por llegar.
—La partida ha comenzado de verdad, Nicolás —murmuró para sí mismo—. Y esta vez, solo uno de nosotros podrá ganar.
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