El silencio que se instaló en la sala de conferencias después de que los hombres de Nicolás salieran era tan denso que parecía llenar cada rincón de la habitación. Afuera, el amanecer comenzaba a teñir el cielo de Nueva York con tonos rosados y dorados, pero dentro de aquella estancia la luz se sentía fría, casi inquietante. Elena permanecía de pie junto a la mesa de roble, observando los documentos esparcidos frente a ellos, mientras Nicolás apoyaba las manos sobre la superficie de la mesa, respirando lentamente como si estuviera reuniendo el valor necesario para enfrentarse a los fantasmas de su propio pasado.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló. Solo se escuchaba el murmullo lejano del tráfico de la ciudad despertando y el suave zumbido del sistema de ventilación del hotel. Finalmente, Elena tomó una de las hojas amarillentas y la levantó con cuidado, como si temiera que pudiera deshacerse entre sus dedos.
—¿Qué es esto? —preguntó en voz baja.
Nicolás cerró los ojos un instante antes de responder.
—Es un contrato antiguo… de cuando todo empezó.
Elena frunció el ceño mientras leía. El documento llevaba el sello de una empresa española que parecía haber sido absorbida por varias compañías con el paso de los años. Pero lo que más le llamó la atención fue el nombre que aparecía al final de la página.
Alejandro Varela.
Su corazón dio un pequeño salto en el pecho.
—¿Ustedes trabajaban juntos? —preguntó, levantando la mirada hacia Nicolás.
Él soltó una breve risa amarga.
—Trabajar juntos sería una forma demasiado simple de decirlo.
Se acercó a la mesa y tomó una de las fotografías que venían dentro del sobre. En ella aparecían dos jóvenes, mucho más jóvenes que los hombres en los que se habían convertido ahora. Uno era Nicolás, con el mismo porte firme y la misma mirada intensa, aunque en aquel entonces su sonrisa parecía más fácil. El otro era Alejandro.
Estaban sentados en una mesa de bar en Madrid, con vasos de whisky en las manos y una expresión despreocupada que parecía pertenecer a otro mundo.
—Éramos amigos —dijo Nicolás finalmente—. Amigos de verdad.
Elena sintió que el suelo bajo sus pies parecía moverse ligeramente.
—¿Amigos?
Nicolás asintió.
—Nuestros padres trabajaban juntos. Su padre era el socio más fiel del mío. Durante años nuestras familias compartieron negocios… y cenas… y celebraciones. Crecimos prácticamente como hermanos.
La revelación cayó en la habitación como una piedra lanzada a un lago tranquilo.
Elena volvió a mirar la fotografía.
Era difícil imaginar que aquellos dos hombres, que ahora parecían enemigos destinados a destruirse, alguna vez hubieran compartido algo tan cercano.
—Entonces… ¿qué pasó? —preguntó suavemente.
Nicolás guardó silencio durante unos segundos más.
Cuando habló, su voz era más baja que antes.
—Una traición.
Elena sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Nicolás tomó otra hoja del montón y la deslizó hacia ella.
—Hace cinco años… Varela y yo descubrimos algo que cambiaría todo.
Elena observó el documento con atención. Era un informe financiero lleno de números, sellos y firmas oficiales.
Pero había una palabra subrayada varias veces con tinta roja.
Desvío de fondos.
—¿Tu padre…? —murmuró ella.
Nicolás negó lentamente con la cabeza.
—No. El padre de Alejandro.
Elena levantó la mirada, sorprendida.
—Durante años estuvo desviando dinero de las empresas familiares —continuó Nicolás—. Pequeñas cantidades al principio… pero con el tiempo se convirtió en millones. Cuando lo descubrimos, Alejandro y yo pensamos que debía haber una explicación. Algo que justificara todo aquello.
Se pasó una mano por el cabello oscuro, recordando.
—Pero no la había.
Elena observaba cada gesto de su rostro. Podía ver el peso de aquellos recuerdos en sus ojos.
—Mi padre decidió denunciarlo —continuó Nicolás—. Era lo correcto. Pero Alejandro… no pudo aceptarlo.
Su mandíbula se tensó.
—Para él, aquello fue una humillación. Una traición.
Elena miró de nuevo las fotografías.
Las risas congeladas en aquel papel parecían pertenecer a otra vida.
—¿Qué ocurrió con su padre? —preguntó.
Nicolás tardó en responder.
—Murió en prisión.
El silencio volvió a llenar la sala.
Elena sintió un nudo formarse en su garganta.
—Alejandro cree que fui yo quien lo destruyó —continuó Nicolás—. Cree que pude haber detenido a mi padre… que pude haber protegido a su familia.