El traidor corría con la desesperación de un hombre que sabe que cada segundo puede ser el último. Sus pasos resonaban con eco metálico en el estrecho pasillo de servicio del hotel mientras su respiración se volvía cada vez más irregular, como si el miedo estuviera estrangulándole los pulmones desde dentro. Durante años había caminado por esos mismos pasillos con seguridad, con la confianza de quien trabaja para uno de los hombres más poderosos de Europa, pero aquella noche todo era distinto. Aquella noche huía de Nicolás Moretti, y huir de Nicolás era como intentar escapar de una sombra que siempre sabe dónde estás. Cuando empujó la puerta de emergencia y salió al callejón oscuro creyó por un instante que había logrado escapar, que el laberinto de calles de la ciudad podría tragarse su rastro y darle unas horas más de vida. Pero el destino, como siempre, tenía otros planes.
Dos hombres lo esperaban.
No hablaron. No se movieron. Solo estaban allí, firmes como estatuas, bloqueando el paso con la seguridad de quienes ya conocen el final de la historia. El traidor se detuvo en seco y sintió cómo un frío terrible le recorría la espalda, porque comprendió que había estado corriendo hacia una trampa desde el principio. Un segundo después, pasos lentos resonaron detrás de él. No eran pasos apresurados, ni furiosos. Eran tranquilos, calculados, cargados con la paciencia de un depredador que sabe que su presa ya no tiene escapatoria. Nicolás Moretti apareció desde la sombra del pasillo con la misma serenidad con la que un rey entra a su propio trono, con la mirada oscura fija en el hombre que había decidido venderlo.
—Diez años —dijo con una voz baja, casi reflexiva, como si estuviera recordando algo que le causaba más decepción que rabia—. Diez años trabajando para mí, comiendo en mi mesa, usando mi nombre para abrir puertas que antes jamás habrían estado a tu alcance… y decides traicionarme.
El hombre comenzó a temblar. No era un temblor pequeño ni disimulado. Era el temblor de alguien que sabe que su vida depende de una sola palabra.
—Jefe… yo…
—¿Quién? —interrumpió Nicolás, con la misma calma peligrosa.
El silencio cayó sobre el callejón como una losa pesada.
El traidor bajó la cabeza, derrotado.
—Alejandro Varela.
Nicolás no se sorprendió. En realidad, aquel nombre ya llevaba días rondando sus sospechas como una sombra persistente que nunca terminaba de revelarse por completo. Alejandro Varela siempre había sido un hombre ambicioso, un hombre que veía las alianzas como escalones y no como compromisos. Pero incluso así, Nicolás sabía que Varela no era el único jugador en aquella partida. Había algo más grande detrás de todo aquello. Algo más antiguo. Algo que llevaba años esperando el momento adecuado para salir a la luz.
—¿Quién más? —preguntó finalmente.
El hombre dudó.
Ese segundo de duda fue suficiente para que Nicolás supiera que la respuesta cambiaría muchas cosas.
—Habla —ordenó.
El traidor cerró los ojos como si estuviera preparándose para saltar desde un precipicio invisible.
—Héctor Salvatierra.
El nombre flotó en el aire del callejón como un fantasma del pasado.
Durante un instante, Nicolás no dijo nada. Pero dentro de su mente se abrió un recuerdo antiguo, uno que lo llevó muy lejos de aquella ciudad, muy lejos de aquella noche… hasta un castillo en España donde una decisión tomada años atrás había cambiado el destino de muchas familias.
El castillo de Valcour se alzaba sobre una colina envuelta en neblina en algún lugar del norte de Europa, una fortaleza antigua que parecía haber sido arrancada directamente de los siglos pasados para recordarle al mundo que el poder verdadero nunca desaparece, solo cambia de manos. Sus torres de piedra gris dominaban el paisaje con una presencia silenciosa e imponente, y las murallas que rodeaban el castillo habían visto pasar generaciones enteras de alianzas secretas, pactos políticos y guerras silenciosas entre familias que gobernaban imperios financieros desde las sombras. Allí, lejos del ruido de las capitales y de la vigilancia de la prensa, los hombres realmente poderosos del continente tomaban decisiones que luego terminarían moldeando el destino de miles de personas.
En uno de los balcones más altos del castillo, Elena observaba el horizonte cubierto por montañas y bosques oscuros que parecían extenderse hasta el infinito. El viento frío agitaba suavemente su cabello mientras su mente intentaba ordenar todas las piezas de la historia que Nicolás le había contado horas antes. Aquel lugar tenía algo inquietante, algo que hacía sentir que cada piedra del castillo guardaba secretos demasiado antiguos para ser olvidados.
Nicolás apareció detrás de ella con paso tranquilo y se apoyó en la baranda de piedra, mirando el paisaje como si estuviera leyendo en él los recuerdos de otra época.
—Es curioso —dijo después de un momento—. Los hombres creen que el poder se construye en ciudades modernas, en rascacielos de vidrio y acero… pero la mayoría de las decisiones que han cambiado Europa nacieron en lugares como este.
Elena lo miró con atención.
—¿Y también aquí comenzó la guerra contra Salvatierra?
Nicolás negó lentamente.