El sol ya había ascendido completamente sobre el castillo Valcour, pero la sensación de opresión que flotaba en el aire no había desaparecido ni un ápice. Las sombras de las torres se extendían como dedos largos y oscuros sobre los jardines bien cuidados, y en cada rincón del fortaleza parecía haber un ojo invisible observando cada movimiento, cada palabra que se pronunciaba. Elena seguía sosteniendo el documento amarillento entre sus manos, como si aquel papel pudiera desvanecerse en cualquier momento y llevarse consigo la única pista que tenía sobre el pasado de su padre, de Nicolás y del hombre que ahora juraba destruirlos a todos.
La biblioteca era un lugar enorme, con techos altísimos sostenidos por vigas de roble oscuro y estanterías que llegaban hasta el techo, llenas de libros cuyas páginas llevaban siglos guardando secretos. El polvo del tiempo cubría las cubiertas con una capa fina y grisácea, y el único sonido que se oía era el de su propia respiración, irregular y entrecortada por la emoción que le azotaba el pecho. Había pasado media hora desde que encontró el cofre, y aún no había podido moverse del lugar, leyendo una y otra vez los nombres que aparecían en la parte inferior del acuerdo: Marcos Valcour, Nicolás Moretti, Héctor Salvatierra. Tres hombres unidos por un pacto que, según las palabras que Nicolás le había contado la noche anterior, debió haber sido roto de la peor manera posible.
Cuando la puerta de la biblioteca se abrió lentamente, Elena no tuvo que girar la cabeza para saber quién era. Reconoció los pasos tranquilos y seguros, aquellos mismos que había escuchado miles de veces antes, en días en los que creía que conocía todo sobre el hombre que la protegía. Nicolás se detuvo a unos metros de distancia, observándola con una expresión en la que se mezclaban la tristeza y la aceptación, como si hubiera sabido desde el principio que ella encontraría aquel documento.
—Lo buscaste —dijo Elena finalmente, sin levantar la vista del papel.—No —respondió Nicolás con una voz baja—. Tu padre lo escondió. Quería que lo encontraras cuando estuvieras lista. Creía que algún día tendrías que saber la verdad completa.—Elena levantó la cabeza entonces, y en sus ojos brillaban lágrimas que aún no habían caído.
—¿Por qué? ¿Por qué estaban los tres juntos? Si Salvatierra odia tanto a mi padre, tanto a ti… ¿cómo pudieron firmar algo juntos?—Nicolás se acercó hasta la mesa de roble donde ella estaba apoyada, y apoyó una mano sobre la superficie fría del madera. Sus ojos se perdieron por un momento en las estanterías llenas de libros, como si buscara en ellos la fuerza necesaria para contar lo que venía a continuación.
—Hace quince años, el sector financiero europeo estaba a punto de colapsar. Varias familias poderosas habían tomado riesgos demasiado grandes, habían creado redes de corrupción y deuda que amenazaban con llevarse consigo a miles de empresas, a millones de personas que no tenían nada que ver con aquellos juegos de poder. Tu padre era uno de los pocos que veía claro la situación. Sabía que si no se hacía algo, el caos se extendería por todo el continente. Y para hacer algo, necesitaba de hombres fuertes, de hombres que tuvieran el poder y la influencia para cambiar las reglas del juego.
—Y Salvatierra era uno de ellos.
—Sí —confirmó Nicolás con un ligero asentimiento—. Héctor era… es… un hombre brillante.
Tenía una mente para los negocios que pocos podían igualar. En aquel entonces, creía en lo mismo que tu padre: que el poder debía usarse para mantener el orden, para proteger a quienes no tenían la fuerza de protegerse a sí mismos. Juntos, los tres nosotros creamos un acuerdo que se llamó el Pacto de Segovia. Buscábamos limpiar el sistema, eliminar a los corruptos, redistribuir la riqueza de manera que no solo beneficiara a unos pocos. Fueron meses de trabajo duro, de encuentros secretos en castillos y palacios, de acuerdos que se firmaban con la mano en el corazón y la palabra dada como única garantía. Por un tiempo, funcionó. Europa se estabilizó, muchas familias salieron del abismo, y el poder comenzó a estar en manos de quienes realmente querían usarla para bien.
Elena frunció el ceño, observando el documento con nueva mirada.—Entonces ¿qué pasó? ¿Por qué todo se rompió?—Nicolás cerró los ojos por un instante, y en su rostro se dibujó una sombra de dolor que Elena nunca había visto antes.
—El dinero cambia las cosas, Elena. Y el poder más aún. Al principio, Héctor estaba de acuerdo con todo. Pero conforme los meses pasaban, comenzó a ver las cosas de otra manera. Creía que nuestro pacto no iba lo suficientemente lejos. Que para mantener el orden verdadero, era necesario concentrar el poder en unas pocas manos, en lugar de distribuirlo. Que los débiles no merecían protección, sino que debían servir como base sobre la que construir un nuevo orden. Tu padre se opuso con todas sus fuerzas. Dijo que eso era exactamente lo que estábamos tratando de destruir, que convertirnos en los mismos que estábamos combatiendo no tenía sentido. La discusión se volvió cada vez más intensa, hasta que un día Héctor tomó una decisión que cambió todo.—¿Qué hizo?—Robó información. Todos los documentos del pacto, los nombres de los aliados, los planes que habíamos elaborado para los próximos años. Se llevó todo y se fue, dejando una estela de destrucción a su paso.
Algunos de nuestros aliados fueron acusados de corrupción, otros perdieron sus empresas, unos pocos incluso murieron en circunstancias que nunca pudimos explicar del todo. Héctor usó aquella información para construir su propio imperio, para eliminar a todos los que se opusieran a él y para convertir el caos que estábamos tratando de evitar en su propia herramienta de poder. Tu padre lo buscó durante años, intentó hacerle pagar por lo que había hecho, pero Héctor se había escondido demasiado bien. Había creado su propio reino en Monteluz, un lugar donde las leyes de los demás no llegaban, y desde allí comenzó a planificar su venganza contra todos los que habían osado oponerse a él. Contra nosotros.