Entre las sombras del amor

Capitulo diecinueve

El sol ya había calentado las piedras del castillo Valcour cuando los primeros vehículos negros aparecieron en la curva del camino que descendía desde las montañas. Elena estaba en el balcón principal, junto a Nicolás, y vio cómo la larga hilera de coches se abría paso entre los árboles centenarios, levantando una nube de polvo que se mezclaba con el vapor matutino. En sus manos aún llevaba el documento con la nota de su padre y el nombre de Isabella Valcour, pero ahora no había tiempo para dudas ni preguntas sin respuesta. El momento de la confrontación había llegado.

—Son más de lo que esperábamos —dijo Elena, pero su voz no tembló. Había pasado toda la noche preparándose, escuchando las explicaciones de Nicolás sobre los movimientos que se harían, sobre los hombres que llegaban desde todos los rincones de Europa para ayudarlos. Nunca imaginó que el pacto de su padre hubiera dejado tantos rastros, tantos aliados que habían esperado años el momento de hacer justicia por lo que Héctor Salvatierra había hecho. Nicolás la miró, y en sus ojos brillaba una mezcla de orgullo y preocupación. Al lado suyo, los líderes de las familias aliadas se congregaban en semicírculo: los Romero de España, los Conti de Italia, los Dubois de Francia, y muchos otros más que Elena apenas conocía por nombre, pero que ahora estaban allí, con sus hombres y sus recursos, listos para enfrentar al que había convertido el poder en una herramienta de destrucción.

—Ellos no lo saben —dijo Nicolás, señalando con la cabeza hacia los coches que se acercaban—. Creían que habíamos quedado solos, que habían conseguido eliminar a todos los que podían oponerse a ellos. Pero tu padre siempre tuvo la precaución de dejar rutas secretas de comunicación, de crear alianzas que nadie más conocía. Durante quince años, hemos estado esperando este momento. Hemos estado uniendo fuerzas en las sombras, mientras Salvatierra creía que tenía el control absoluto. Cuando comenzamos a contactarlos hace seis meses, pensé que algunos se negarían… pero todos respondieron de inmediato. Muchos debían su salvación a tu padre, a los acuerdos que se cerraron en aquellos primeros días del pacto. Incluso familias que parecían haber desaparecido del mapa financiero europeo han vuelto a la luz para estar aquí hoy.

Mientras hablaba, los primeros hombres de Salvatierra comenzaban a descender de los vehículos. Alejandro Varela iba al frente, con su tableta en la mano y una expresión de arrogancia en el rostro. Detrás de él, un ejército de guardaespaldas armados hasta los dientes se dispersaba por los jardines, ocupando posiciones estratégicas alrededor del castillo. Héctor Salvatierra apareció entonces, vestido con un traje oscuro que contrastaba con la luz dorada del sol, y se detuvo a unos cien metros de distancia, mirando hacia el balcón con una sonrisa fría. Al ver la cantidad de gente reunida en torno al castillo, su ceño se frunció por un instante, pero rápidamente recuperó su compostura.

—¡Elena Valcour! —gritó su voz, amplificada por un megáfono—. ¡Nicolás Moretti! No hay escapatoria. Entreguen el castillo, entreguen todos los documentos del pacto, y tal vez deje vivir a algunos de vosotros. Pero si os resistís, el castillo será destruido junto con todo lo que amáis. He trabajado durante años para llegar a este punto, he conseguido que cada banco, cada gobierno, cada institución importante en Europa responda a mis órdenes. Ustedes no tienen ninguna posibilidad contra mí. ¡Ninguna!

Elena sintió cómo el corazón le latía fuerte en el pecho, pero se mantuvo firme. Al mirar hacia abajo, vio que los jardines no eran solo territorio de los hombres de Salvatierra. Por entre los setos, por detrás de los árboles, comenzaban a aparecer figuras vestidas de negro: los hombres de los aliados, que habían llegado horas antes y se habían ocultado en los alrededores del castillo.

Nicolás había planeado cada detalle, había calculado cada movimiento, y ahora el tablero de ajedrez estaba completamente dispuesto. A su izquierda, vio llegar a los representantes de la familia Hessen de Alemania, que habían viajado toda la noche para estar presentes. A su derecha, los miembros de la dinastía Vasquez de Portugal, que llevaban consigo equipos de comunicación avanzados para coordinar los movimientos de todos los contingentes.

—No vamos a entregar nada, Salvatierra —respondió Nicolás, y su voz resonó con claridad en el aire, aunque no usaba ningún dispositivo para amplificarla—. Sabes que el pacto nunca tuvo la intención de crear un imperio como el que tú has construido. Sabes que tu traición destruyó vidas, que convertiste el orden en tiranía. Hoy acabará todo. Y deberías saber que no solo estamos aquí nosotros… hemos conseguido unir a todas las familias que alguna vez formaron parte del pacto original, y muchas más que se han sumado cuando supieron la verdad de lo que sucedió hace quince años.

Salvatierra rio, una carcajada seca y fría que hizo estremecer a más de uno. —¿Acabar? ¡Tú no tienes fuerzas para enfrentarte a mí, Moretti! He conseguido que todos los bancos y gobiernos europeos trabajen para mí. He conseguido que nadie se atreva a oponerse a mi voluntad. ¿Qué crees que puedes hacer tú, con tus pocos hombres y tus viejas promesas? ¡No tienes ni idea de lo que realmente pasó en Segovia, de por qué rompí el pacto!

Justo en ese momento, un rugido de motores se escuchó en el cielo. Todos alzaron la mirada y vieron una formación de helicópteros negros que descendía desde las montañas, volando en dirección al castillo. Varela frunció el ceño, mirando hacia su jefe con una expresión de sorpresa. Ellos no habían llamado refuerzos, y los helicópteros no llevaban ninguna marca que reconocieran. —¿Qué es eso? —murmuró Varela, pero Salvatierra no respondió. Su mirada estaba fija en el cielo, y la sonrisa había desaparecido de su rostro. Sus manos comenzaron a temblar ligeramente, como si algo dentro de él comenzara a desmoronarse.




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