—¡¡No!! —gritó Elena, con la voz desgarrada por el horror. La bala, implacable, encontró su objetivo con una precisión brutal. Nicolás, que había permanecido inquebrantable, se tambaleó. Sus ojos, antes llenos de una serena tristeza, se abrieron desmesuradamente en una expresión de sorpresa y dolor. Llevó una mano a su pecho, justo donde la mancha oscura comenzaba a extenderse sobre su camisa blanca, tiñiendo la tela con la crueldad de Salvatierra.
Elena vio cómo su cuerpo, segundos antes una muralla de fortaleza, cedía, y se desplomó sobre la hierba, justo a sus pies. La caída fue lenta, casi irreal, y en sus ojos, antes de que el brillo de la vida comenzara a desvanecerse, Elena creyó ver una última mirada de amor y de protección hacia ella. Nicolás había salvado a la mujer que amaba, incluso a costa de su propia vida.
El grito de Elena resonó en todo el jardín, un lamento que heló la sangre de los presentes.
La victoria se había teñido de tragedia en un solo instante. El caos estalló. Los hombres de los Kozlov, que habían estado lidiando con Varela, reaccionaron con una furia inusitada. Antes de que Salvatierra pudiera siquiera intentar escapar o recargar su arma, una ráfaga de disparos no letales lo redujo, dejándolo inmovilizado en el suelo, su rostro contorsionado en una mueca de agonía y derrota. Varela, que había presenciado la escena desde la distancia, se quedó mudo, su arrogancia pulverizada por la brutalidad del momento. Los demás guardaespaldas de Salvatierra, que habían estado entregando sus armas, quedaron petrificados, sus rostros pálidos.
Pero en medio de la confusión, un nuevo sonido rompió el aire. El rugido de un helicóptero diferente, más grande, más potente, se acercó rápidamente, descendiendo con una velocidad impresionante. Elena levantó la mirada, las lágrimas empañándole los ojos, y vio la figura inconfundible de su padre, su rostro marcado por la urgencia y la determinación, asomándose desde la cabina. Había llegado, no de un más allá, sino de la paciente espera en las sombras, parte de un plan diseñado con precisión milimétrica.
El helicóptero aterrizó con una precisión inmaculada a pocos metros de donde yacía Nicolás. Del interior emergieron varios hombres, perfectamente coordinados, que rápidamente aseguraron a Salvatierra, inmovilizándolo y colocándole esposas con una eficiencia implacable. Su padre, el arquitecto detrás de tantos años de paciente estrategia, descendió de la aeronave con una autoridad silenciosa que impuso orden en el caos. Al ver a su hija en el suelo, con el corazón roto junto a Nicolás, una chispa de dolor cruzó sus ojos.
Se arrodilló junto a Nicolás, su rostro una máscara de preocupación mientras evaluaba la herida. La sangre se extendía de forma alarmante, pero su respiración, aunque débil, aún era presente. —¡Médicos! ¡Ahora! ¡Necesitamos un equipo médico aquí de inmediato!—Su voz, potente y autoritaria, cortó el aire. Los Kozlov, ya en acción, se movilizaron, y en cuestión de segundos, un equipo paramédico que había llegado con el contingente ruso se abalanzó sobre Nicolás, iniciando los primeros auxilios.
Elena, con las manos temblorosas y el rostro bañado en lágrimas, se aferró a su padre inquebrantable—Aquí estoy, mi pequeña. Siempre he estado. Hay mucho que explicar, pero ahora, lo importante es Nicolás. Él es un hombre fuerte, va a superarlo— Sus palabras, aunque reconfortantes, no podían ocultar la profunda preocupación en sus ojos.
Las horas siguientes fueron un torbellino de actividad. Nicolás fue trasladado de inmediato a la enfermería del castillo, una instalación médica de vanguardia que el padre de Elena había mantenido oculta y equipada para cualquier eventualidad, previendo este día. Los mejores médicos del contingente Kozlov, junto con un equipo especializado que el padre de Elena había contactado y mantenido en reserva, trabajaron sin descanso. La bala había impactado cerca del corazón, causando una hemorragia considerable, pero milagrosamente, no había dañado órganos vitales de forma irreversible. La cirugía fue larga y delicada, un pulso constante entre la vida y la muerte que mantuvo a Elena y a su padre en vilo.
Mientras tanto, Salvatierra y Varela fueron confinados en las mazmorras del castillo, adaptadas para funcionar como celdas de alta seguridad. Los líderes de las familias aliadas, junto con el padre de Elena, se reunieron para planificar los siguientes pasos. La caída de Salvatierra era solo el principio. El mundo necesitaba saber la verdad, y el vasto imperio que había construido, basado en la corrupción y el miedo, debía ser desmantelado.
Los días se sucedieron, lentos y angustiosos. Elena no se separaba de la cama de Nicolás. Su rostro, antes tan vibrante y lleno de vida, ahora estaba pálido y demacrado, su cuerpo inmóvil bajo las sábanas blancas. Elena le hablaba en voz baja, le contaba anécdotas, le recordaba promesas, le susurraba el amor que había descubierto por él en medio de la adversidad. Su padre, con una paciencia infinita, la acompañaba, le explicaba los informes médicos, le aseguraba que Nicolás lucharía, que su fuerza de voluntad era tan grande como su lealtad.
Finalmente, al cuarto día, un débil parpadeo. Los ojos de Nicolás se abrieron lentamente, buscando a Elena. Una sonrisa cansada, pero llena de alivio, se dibujó en sus labios cuando sus miradas se encontraron. Elena estalló en lágrimas, esta vez de pura felicidad. La recuperación sería larga, pero la chispa de vida había regresado.
Las semanas se convirtieron en meses. Nicolás, con una determinación férrea y el cuidado constante de Elena, se recuperó milagrosamente. Las heridas físicas sanaron, aunque la cicatriz en su pecho sería un recordatorio permanente de la batalla librada. Durante su convalecencia, el padre de Elena, ahora reunido con su hija, le explicó a ambos la magnitud de su plan.