Oh, que intenso dolor que se sintió aquella tarde.
Lo recuerdo bien; empezó entre mi espalda y mi pecho. Un pinchazo, una irregularidad acelerada que desdibujó los bordes de mi vista hasta ver nada más que manchas borrosas y bancas, como pinceladas acuosas de un cuadro en movimiento. Estaba de pie, lo sé porque me tambalee; el movimiento hizo que mis brazos tiraran con fuerza de mis hombros, un inútil intento de sostenerme que terminó colgando, pesado, a mis costados. Una parte de mi creyó que se desprenderían de mi cuerpo. Que extrañas son las lagrimas sentirse aflorar desde el puente de la nariz; es un torrente, anega los ojos haciéndolos arder. Pocas veces algo provoca lágrimas tan amargas. Sí, dije que me dolía. Ahí estaban pero no me escucharon y yo ya me había cansado. ¿De qué? No lo sé. Me sentía desvanecer y mis oídos comenzaban a pitar; además, creo que no tenía voz para pedir ayuda más de una vez.
Llegué a la cama y aún desconozco como lo hice. Dejar caer el cuerpo al colchón fue el interruptor de una desesperación que me hizo desear estar de pie otra vez. Fue como haber caído en cemento y luego hundirme entre arenas movedizas. Todo se descolocó: mi cadera ardía y mis piernas se volvieron de cristal. Me volví consciente de la sangre que corría por las venas, de cómo palpitaba a golpes.
Creo que no era yo; solo mis ojos eran míos. Solo con ellos me di cuenta de que volvía a levantarme. Aún me da tristeza a donde me llevo el corazón. Exactamente no sé que pedí, pero por como mi alma quería salir de mi cuerpo y pegarse al de mamá seguramente fue un abrazo. Qué ansiedad provoca la vacilación, y después aún más, el rechazo. Vi como mis brazos se extendieron para intentar forzar su cariño. No llegaron a tocarla porque su puerta la cerró. Me quejé; lo sentí en mi mandíbula, había un cosquilleo constante y doloroso y me temblaron los labios. Ahora había usado mi voz dos veces, y esta vez no solo no importó… fue ignorada. Algo se agrietó. Fue como una presa que con una ráfaga demasiado fuerte se derrumbó. Entonces llegó el frío. No puedo explicar como esto duró tanto tiempo; no sé como había tanta energía en mí como para haberme movido tanto.
Estaba temblando y me castañeaban los dientes como si estuviera hundida en la más fría de las aguas. ¿Por qué agua? Porque mis dedos de las manos se habían congelado. Lo sentía; se estaban apagando. Todo de mí lo hacía por partes, como metafóricamente. ¿Ahora no sentía los brazos porque habían sido rechazados? Pensarlo así dolió más.
Mi cara estaba pegajosa. No me había dado cuenta de lo roja que estaba mi nariz, de los surcos que había dejado la tristeza en mi rostro. De nuevo llegué a mi cama y esta vez no sentí nada más que frío. Al sentir la solidez del mueble debajo de mí me permití temblar. Yo no lo quería, por supuesto; temblar fue lo más doloroso que me pudo haber pasado. Tiritaba y gemía. Era como recibir descargas: había unas muy fuertes y otras más bajas. Esas dolían más; venían desde el centro de mi corazón y corrían muy lentamente en varios direcciones para detenerse ahí y hacerme perder la cordura. Iban a mi esternón, a mi garganta, pero lo peor: a mis dedos. No lo soportaba.
Hubo una tercera vez. Ya lo había intentado todo: llevaba encima cuatro cobijas y el frío no se iba, estaba mermado en mí. Le pedí a papá que me abrazará; esta vez si escuché mi súplica salir de mis labios. Él estaba sentado cerca, pero su presencia no fue la estabilidad que mi alma anhelaba. Estaba, pero al mismo tiempo no. Años más tarde me diría que tenía sus problemas y que no supo como socorrerme, pero que ahora podría abrazarme cuando yo quisiera, que lo sentía mucho. Yo lo escucharía y sentiría mis ojos escocer y me tragaría el recuerdo, porque nada justificaba que se haya ido de mi cuarto porque lo incomodé con mi sufrimiento. Me dejó llorando y temblando y, años después me enteraría, me dejó muriendo. Sí, había enfermado. Fue de repente, y esa había sido la primera señal de la degeneración de mi corazón atrofiado.