La semana pasó entre ignorar los mensajes de Nancy y fingir que todo estaba bien.
Le prohibí a León que le diera mi número, pero eso no la detuvo.
De alguna forma lo consiguió.
La bloqueé casi de inmediato... pero ella seguía llamando a León.
Demasiado.
León se había acercado más a mí esos días. Me acompañaba, me escuchaba, me traía cosas pequeñas, como si quisiera demostrar que podía ser distinto. A veces sostenía mi mirada más de la cuenta... y yo fingía no notarlo.
El niño sí era mi hermano.
No porque yo quisiera creerlo.
No porque confiara en Nancy.
Sino porque la foto no mentía.
Era como verme a mí... en versión masculina.
La misma forma de los ojos.
La misma nariz.
La misma sonrisa torcida.
Solo el cabello era diferente.
Negro.
Como el de mi padre.
Eso fue lo que más me dolió.
No le conté nada a Reik.
¿Por qué?
Porque no quería meterlo en algo más grande. Ya tenía suficiente con cargar conmigo, con su recuperación, con sus propios miedos. No quería sumarle un posible terremoto familiar.
—Iris, ¿cómo te sientes hoy? —preguntó León, sentándose frente a mí en la cafetería del hospital.
—Un poco cansada... —respondí, metiendo el pitillo en mi jugo de naranja, que sabía más a cartón que a fruta—. Anoche no pude dormir mucho.
Asintió como si ya lo supiera.
Sacó una bolsita pequeña y me la extendió.
Una dona de chocolate.
—Gracias —dije, aceptándola.
Le di un mordisco y luego un sorbo al jugo.
—Ella viene a verte —dijo de pronto.
Me quedé congelada.
—¿Qué?
—Nancy —aclaró—. Me dijo que, como no quieres que te llame... va a tomar un vuelo.
Un frío me recorrió la espalda.
—¿Está... aquí? —pregunté en voz baja.
—No todavía —respondió—. Pero pronto.
Apreté el vaso con fuerza.
—No quiero hablar con ella.
—Tal vez sea lo mejor —dijo rápido—. Podrás mirarla a los ojos, hacerle las preguntas que necesitas.
Lo miré con atención.
—¿Crees que verla... cure todas las heridas?
La pregunta quedó flotando entre nosotros.
León suspiró, apoyando los codos en la mesa.
—No lo creo —admitió—. Pero ayuda a que duelan menos. Y tú mereces eso.
—León... gracias —empecé.
—Iris, solo quiero apoyarte. Ser tu amigo —me interrumpió—. Sé que Reik es tu novio, y lo respeto. Solo quiero estar para ti.
Sus palabras eran suaves.
Sinceras.
—Gracias —repetí.
Tomó mis manos con cuidado.
—Cuando me necesites, solo llámame.
Besó mi palma con suavidad y se fue.
Mi teléfono vibró.
Mi chico de lentes:
Princesa, dejamos la pizza y la película para mañana. Hoy tengo terapia y después tengo que ir con Erik.
Miré la pantalla durante varios segundos antes de responder.
Porque lo quería.
Y tenía miedo de destruir lo bonito que teníamos.
Nancy no había desaparecido por casualidad.
Había planeado volver.
Iris:
Tranquilo, amor. Está bien. Te amo.
Guardé el teléfono y volví a clase cuando sonó el timbre, pero no logré concentrarme en nada. Las palabras del profesor pasaban frente a mí sin quedarse.
El camino a casa me tomó más de lo normal. Cada paso pesaba, como si llevara algo invisible atado al pecho.
No quería verla.
No quería enfrentar más cosas.
Estaba agotada.
¿Por qué el pasado no podía simplemente morir y ya?
Pasé frente a la casa de Reik y me detuve un momento frente a la puerta.
Me quedé ahí, inmóvil.
Pensé en lo mucho que quería abrazarlo.
Perderme en sus besos.
Olvidarlo todo, aunque fuera por un rato.
Suspiré y seguí caminando.
Entré a mi casa, subí directo a mi cuarto, tiré la mochila a un lado y me lancé sobre la cama boca arriba, mirando el techo.
Tomé el teléfono y llamé a Reik.
Contestó al segundo tono.
—Princesa...
—Hola, amor —dije—. Solo quería saber cómo te va... y dónde dejaste a Fifi.
—Bien, preciosa. Y Fifi está aquí conmigo.
Sonreí un poco.
—¿Pero tú no tenías que viajar con Erik?
—No. Erik va solo. Papá tiene una reunión importante, así que... —hubo una breve pausa— ¿podemos ver esa película hoy? ¿O tienes planes?
Mi corazón dio un pequeño salto.
—Ahora tengo —respondí, sincera.
—Te amo, preciosa. Te veo en la noche.
—Te amo. Nos vemos.
Colgué y dejé el teléfono a un lado.
Fui a darme una ducha, intentando que el agua se llevara el cansancio, los pensamientos, el nudo en el pecho... aunque no lo logró del todo.
Cuando salí, envuelta en la toalla, el teléfono vibró sobre la cama.
Un mensaje de León.
León:
Estará aquí en tres días.
El aire se me quedó atrapado en los pulmones.
Tres días.
El pasado no solo no había muerto.
Venía de camino.
Pasé la tarde entre tareas.
O, bueno... lo intenté.
Mi mente no me dejaba.
Solo podía pensar en Nancy.
En ese niño.
Mi hermano.
—Iris...
La voz de mi mamá me sacó de mis pensamientos. Estaba parada en la puerta de mi habitación.
—¿Sí, mamá?
—Hoy tengo guardia en la noche —dijo—. Necesito que te prepares.
Tragué saliva.
—Mami, déjame hoy en casa.
—Hija... —su voz sonó suplicante.
—Mamá, por favor —me acerqué—. Mira, si eso te hace sentir más segura, puedes decirle a doña Elvira que me cuide.
Me miró durante unos segundos eternos.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Mamá, no llores... — la abracé.
Su cuerpo tembló un poco.
—Lo siento, hija —susurró—. No sabes el terror que sentí cuando él te secuestró. Odio que te quedes sola aquí.
—Mamá... él está muerto.
Lo dije sin suavizarlo.
Cruel.
Directo.
#462 en Otros
#195 en Humor
#1595 en Novela romántica
humor, amistad amor ilusion tristeza dolor, humor aventura secretos y traciones
Editado: 30.01.2026