Mi mamá salió por la puerta a las once en punto.
La vi alejarse desde la ventana hasta que su silueta desapareció al final de la calle.
Me metí a darme un baño rápido.
Demasiado rápido.
Como si el tiempo me estuviera persiguiendo.
Me cepillé los dientes, me puse pijama, cerré toda la casa, apagué las luces y subí otra vez a mi habitación. El corazón me latía fuerte, no por miedo... sino por la adrenalina.
Abrí la ventana.
—Esto es una pésima idea... —murmuré—. Definitivamente una pésima idea.
Salí con cuidado.
Resbalé.
Casi me mato.
Por un segundo me vi mentalmente como un sapo aplastado en el jardín de doña Elvira, con ella mirándome desde la ventana y diciendo: "Yo sabía que esa niña no era normal."
—Respira, Iris... no es una misión suicida —susurré.
Logré bajar y caminé rápido, casi corriendo, hasta la casa de Reik. Me detuve frente a la ventana de su cuarto y escalé con más torpeza de la que me gustaría admitir. Si alguien me veía, juraría que estaba robando casas... o dignidad.
La ventana estaba abierta.
Entré.
El cuarto estaba a oscuras... y vacío.
—¿Reik? —susurré—. Si esto es una broma, juro que me regreso por donde vine.
Nada.
Entonces Fifi despertó en la cama y salió corriendo hacia mí como si hubiera regresado de la guerra. Saltó, me atacó la cara a besos y empezó a lamerme sin piedad.
—Shhh... traidora —reí en silencio—. Te recuerdo que esto es clandestino.
De pronto escuché voces.
Mi sonrisa murió en acto.
Corrí al baño y me escondí, cerrando la puerta justo cuando escuché a Reik despedirse de su padre en el pasillo.
—Buenas noches, papá.
Escuché la puerta cerrarse.
Las ruedas de la silla de Reik.
La luz del cuarto encenderse... y apagarse.
El colchón se hundió cuando se acostó.
Esperé.
Uno.
Dos.
Tres minutos.
Cuatro... porque soy nerviosa.
Silencio.
Salí del baño descalza, avanzando como si el piso fuera lava. Fifi me seguía, feliz, convencida de que esto era un juego nocturno patrocinado por el caos.
Me acerqué lo suficiente para lanzarme encima de él...
—Hola, preciosa —dijo de repente.
Casi se me sale el alma por la nariz.
—¡Pero...! —crucé los brazos, indignada—. ¿Cómo supiste que era yo?
Él sonrió en la oscuridad y tomó mi mano, tirando de mí hasta hacerme caer sobre su pecho.
—Princesa... tu olor es inconfundible —susurró—. Y además, Fifi ladró como si hubiera ganado la lotería y un jamón.
Bufé.
—Qué chismosa.
Él acarició mi mejilla con el pulgar.
—Te extrañé todo el día.
Sonreí, apoyando la mandíbula en su pecho.
—Yo también... pero te tengo una sorpresa.
Me dio un pico rápido en los labios, haciéndome suspirar.
—¿Ah, sí? —preguntó divertido—. ¿Qué será?
Moví las manos en el aire como un tambor, exagerando el suspenso.
—Vine a dormir contigo.
Sus ojos brillaron incluso en la oscuridad.
—¿En serio?
—Ajá. Mi mamá tiene guardia hoy en el hospital... así que oficialmente eres mi cuidador nocturno. No acepto devoluciones.
Metió un mechón de mi cabello detrás de mi oreja.
—Es la mejor sorpresa que me han dado.
—¿Sí? —sonreí—. Porque casi muero bajando por la ventana para que doña Elvira no me viera. Creo que merezco esos besos que...
No pude terminar.
Su boca ya estaba sobre la mía, robándome la frase, el aire y cualquier pensamiento coherente. Su lengua pidió permiso y yo se lo concedí encantada... hasta que...
Fifi subió a la cama y se metió descaradamente entre los dos.
—Sabes que es mío, ¿cierto? —le dije a mi perrita traidora.
Reik movió la cabeza, divertido.
Fifi me miró con cara de:
Ilusa.
—Oye, que él te cuide no te da derecho a reclamarlo —le advertí.
Fifi respondió acomodándose mejor, apoyando la cabeza en el pecho de Reik y empujándome con el trasero.
—Perfecto —murmuré—. Vengo a una misión romántica y termino desplazada por un animal de ocho kilos.
Reik rió bajito para que su padre no nos descubriera.
Palmeó el lado libre de la cama.
—Ven, antes de que te quite también el lado de la almohada.
Me acerqué y me acomodé ahí, apoyando la cabeza en su hombro mientras acariciaba a Fifi.
—¿Cómo te fue hoy en clases? —preguntó Reik, recorriendo mi brazo con los dedos.
—Bien... —respondí, aunque el suspiro me traicionó.
—Ese "bien" sonó a mentira con diploma.
Sonreí apenas.
—Tengo un proyecto de biología... y mi cerebro decidió declararse en huelga.
Sus dedos siguieron moviéndose, lentos, tranquilos.
—Entonces —susurró— podemos fingir que el mundo no existe un rato.
Cerré los ojos.
Con él... incluso el caos descansaba.
Subí la mano para apoyarla en el pecho de Reik cuando, de pronto, Fifi abrió la boca, tomó uno de mis dedos (sin morder, pero con total descaro) y lo empujó hacia atrás.
Me quedé en shock.
Ella acaba de...
¿pero qué le pasa?
Él es mío. Solo mío.
—Fifi, bájate ahora mismo —la amenacé en voz baja, frunciendo el ceño.
Ni se movió.
Ni siquiera me miró.
Reik, muy tranquilo, le acarició la cabeza como si acabara de hacer algo adorable.
—¿Puedes dejar de coquetear con ella? —le dije a Reik.
Soltó una carcajada baja.
Yo crucé los brazos, ofendida.
—Genial —murmuré—. Ahora tengo competencia peluda... y claramente voy perdiendo.
Fifi bostezó, acomodándose todavía más contra él, como diciendo asúmelo.
Reik volvió a mirarme, con esa sonrisa peligrosa que siempre usaba cuando sabía que estaba a punto de ganar.
—Yo también tengo un regalo para ti —me dijo.
Alcé una ceja.
—Más te vale que sea mejor que eso —dije, señalando a la traidora que ocupaba su pecho.
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Editado: 30.01.2026