Entre Lentes y Algodones de Azucar

Capitulo 47: Mis secretos.

Sentía calor en la espalda...
pero eso no era lo que me incomodaba.

Lo que realmente me molestaba era la sensación de estar aplastada.

Intenté moverme cuando sentí una mano apretándose alrededor de mi cintura. Me tensé al instante.

¿Un loco?
¿Un intruso?
¿Morí y este es un castigo raro?

Entonces me llegó el olor de su colonia.

La de Reik.

Y todo volvió de golpe.

Anoche.
La ventana.
Fifi traidora.
El collar.

Mis mejillas se encendieron de rojo.

—Mierda... —murmuré para mí misma.

Tenía que volver a casa ya, antes de que el papá de Reik nos descubriera y mi funeral fuera inmediato.

Me dispuse a salir con cuidado de sus brazos...
pero él me apretó más contra su pecho.

—Así me gustaría despertar todos los días —susurró, medio dormido.

Me quedé quieta.

—Reik... —susurré—. Estás despierto.

—Un poco.

—Necesito salir huyendo ya.

—Cinco minutos más.

—Estás loco. Nos pueden descubrir.

Soltó una risita baja y dejó un beso suave en mi cuello, haciéndome estremecer.

—No lo harán si te callas... y me dejas disfrutar.

—Eres un idiota —murmuré, aunque no sonó muy convincente.

—Buenos días, preciosa —dijo, dejando otro beso en mi cuello.

Giré apenas la cabeza para mirarlo.

—Buenos días, amor.

Sonrió, satisfecho, y aflojó por fin el abrazo.

—Te veo en un rato —dijo, dándome un último beso rápido.

Me separé a regañadientes, con el corazón acelerado y una sonrisa imposible de esconder.

Sí.
Definitivamente...
había mañanas que valían el riesgo.

Me vestí a toda velocidad, con movimientos torpes y silenciosos... o eso creía yo, hasta que choqué con la silla.

—Shhh... —le susurré a la nada, como si la silla pudiera delatarme.

Reik se tapó la boca para no reírse.

—Eres un peligro público.

—Cállate —le susurré—. Si me descubren, diré que todo fue tu idea.

Me acerqué a la ventana y la abrí con cuidado. El aire fresco de la mañana me golpeó la cara... junto con la realidad.

Era más alta de lo que recordaba.

—No estaba tan lejos anoche... —murmuré.

—Anoche eras más valiente —respondió él, divertido—. Y más imprudente.

Le lancé una mirada asesina y empecé a bajar, aferrándome al borde con más miedo que dignidad. Mis pies buscaron el apoyo... fallaron... y resbalé un poco.

Logré tocar el suelo con un salto torpe que terminó en una especie de agachada poco elegante.

—Perfecto —murmuré—. Cero gracia, diez de supervivencia.

Cuando me enderecé, escuché el sonido que más temía.

—¿Iris?

Mi sangre se congeló.

Me giré lentamente.

Doña Elvira estaba regando sus plantas, con bata, ruleros... y una mirada demasiado despierta para esa hora.

—Buenos días, doña Elvira —dije, sonriendo como si nada—. Qué... bonita mañana, ¿no?

Ella me miró de arriba abajo.
Mi pijama.
Mi cabello despeinado.
El collar.

Sus ojos se entrecerraron.

—¿Y tú qué haces saliendo por esa ventana? —preguntó, ladeando la cabeza.

Tragué saliva.

—Eh... vine a... estudiar.

—¿Estudiar? —repitió, dudosa.

—Sí —asentí rápido—. Biología. Ventanas abiertas. Aire fresco. Muy educativo.

Ella frunció los labios.

—Ajá, a las 7 de la mañana.

Sentí que alguien se asomaba detrás de mí.

—Buenos días, doña Elvira —dijo Reik desde la ventana, con la mejor sonrisa inocente que pudo fingir.

Ella lo miró a él.
Luego a mí.
Luego de nuevo a él.

—Mucho estudio por aquí últimamente —comentó.

—Somos muy aplicados —respondió él sin pestañear.

Doña Elvira nos observó unos segundos eternos... y luego chasqueó la lengua.

—Mientras no rompan nada —dijo, volviendo a sus plantas—. Y dile a tu perrita que no me espante a los gatos.

—Sí, señora —dijimos al mismo tiempo.

No respiré hasta que la vi entrar a su casa.

Miré a Reik, con el corazón desbocado.

—Casi morimos.

Él apoyó los codos en el marco de la ventana.

—Valió la pena.

Sonreí.

—Sí... pero la próxima vez, que sea al menos peligroso.

Me guiñó un ojo.

—Trato hecho.

Salí corriendo de casa antes de que mi mamá llegara o de que Doña Elvira empezara a sospechar.
Cosas que, por suerte, no pasaron.

Me di un baño rápido, me comí una manzana casi sin saborearla y volví a salir corriendo rumbo a la escuela. Llegué justo a tiempo.

—Iris —me dijo Leon, apareciendo de la nada—, casi te atropello.

—Lo siento mucho —respondí sin aliento—, es que...

—Vas tarde —me dijo con una sonrisa linda, demasiado tranquila para alguien que casi me mata.

—Sí... perdón —fue todo lo que pude decir antes de seguir corriendo hacia la clase de historia.

Ya sentada en mi lugar, mi celular vibró dentro del bolsillo. Sin que el profesor mirara, lo saqué con cuidado.

Mensaje nuevo.

Mi chico de lentes: ¿Viva?

Una sonrisa se me escapó sin querer.

Iris: Llegué viva. Doña Elvira no me siguió... aún.

Mi chico de lentes: Misión cumplida entonces.
Aunque creo que nos ganamos su sospecha de por vida.

Iris: La próxima vez prefiero las puertas.

Mi chico de lentes: Trato hecho.
Pero solo si vuelves esta noche.

Iris: Idiota...
Te veo más tarde.

Mi chico de lentes: Te Amo.

Guardé el teléfono, pero las clases se me hicieron lentas. Y un poco tontas.
Porque Reik era fabuloso... y yo sentía que le estaba fallando con todo esto.

También tenía miedo.
La última vez que le conté algo de mi pasado, terminó en esa silla.

—Ten, Iris.

Levanté la vista. León estaba frente a mí con una bolsita, igual que los días anteriores.




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