Entre Lentes y Algodones de Azucar

Capitulo 49: Alertas.

NARRADOR REIK

Lo noté en cosas pequeñas.

Demasiado pequeñas como para señalarlas sin sonar paranoico.

Iris seguía sonriendo.
Seguía besándome cuando llegaba.
Seguía apoyando la cabeza en mi hombro como siempre.

Pero ya no se quedaba.

Antes, cuando nos sentábamos juntos, buscaba mi mano sin pensarlo.
Ahora lo hacía... después.
Como si primero tuviera que recordarlo.

No dije nada.

Aprendí hace tiempo que no todo lo que duele se reclama.

—¿Todo bien? —le pregunté una tarde, como quien no quiere saber la respuesta.

—Sí —respondió rápido—. Solo estoy cansada, ya sabes... las tareas de clase.

Cansada.

Siempre era una palabra válida.
Yo mismo la usaba.

Pero esa noche, cuando se acomodó a mi lado, sentí algo distinto.
No frío.
No rechazo.

Distancia.

Como si estuviera conmigo con el cuerpo, pero la cabeza... en otro lugar.

La miré un segundo más de lo normal, buscando una grieta, una pista, algo que me dijera qué estaba haciendo mal.

—¿Seguro que estás bien conmigo? —pregunté al fin, en voz baja.

Alzó la mirada, sorprendida.

—Claro que sí —dijo, sonriendo—. ¿Por qué preguntas?

Porque ya no me miras igual.
Porque te vas antes.
Porque cuando te abrazo siento que te quedas... pero no del todo.

—Nada —respondí—. Solo quería saberlo.

Se acercó y me besó.
Un beso suave, correcto, casi tranquilizador.

Sonreí y lo acepté.

Pero cuando se separó, esa sensación rara se me quedó en el pecho.
Esa que no grita,
no acusa,
no duele fuerte...

Solo insiste.

Como una alarma bajita que no se puede apagar.

Salí del consultorio después de terapia con el cuerpo un poco más liviano y la cabeza agotada.

Mi padre empujaba mi silla, atento, como siempre.

—¿Seguro que estás bien? —preguntó por tercera vez—. ¿Quieres que vayamos directo a casa?

—Sí —dije—. Solo estoy cansado. Llegar, darme un baño y dormir un rato.

Asintió, pero no dejó de observarme.

Fue entonces cuando lo vi.

León estaba apoyado contra una de las columnas del pasillo exterior, con el casco de la moto bajo el brazo. No parecía sorprendido. Al contrario, sonrió apenas, como si me hubiera estado esperando.

—Papá, ¿puedes dejarme un momento aquí? —dije.

—¿Aquí para qué?

—Voy a hablar un momento con un conocido de la escuela. Luego nos vamos.

Dudó, pero al final asintió.

—Estoy ahí —dijo, señalando el auto a unos metros. Sacó el teléfono y atendió una llamada—. Avísame cuando termines.

Respiré hondo.

—Hey —saludó León—. ¿Todo bien?

Tardé un segundo en responder.

—Sí.

Silencio incómodo.

Nunca fuimos amigos.
Nunca lo seríamos.

—Me alegra —dijo—. Tranquilo, no vengo a pelear ni nada raro.

Crucé los brazos.

—Entonces, ¿qué quieres?

Inclinó un poco la cabeza, como si midiera cada palabra.

—Nada grave —dijo—. Solo... creo que es justo que sepas algo.

Ese justo me tensó el pecho.

—¿Saber qué?

Sacó el teléfono con demasiada calma.
Desbloqueó la pantalla y la sostuvo de lado, sin acercarse demasiado.

—No quiero malentendidos —añadió—. Pero tampoco me gusta que jueguen con las personas. Yo también pasé por eso.

Bajé la mirada sin querer.

Era un chat.

El nombre de Iris arriba.

No leí todo.
No hizo falta.

Una sola línea fue suficiente.

"Está bien, estaré ahí a las 9:30 a.m., es el mismo lugar."

Sentí que algo se desacomodaba dentro de mí, apenas un centímetro... pero lo suficiente.

—Eso... —empecé, y me detuve.

León guardó el teléfono enseguida.

—No te preocupes —dijo rápido—. En serio.

Apreté la mandíbula.

—¿Dónde? —pregunté—. ¿Dónde es "el mismo lugar"?

Me miró con una expresión casi... comprensiva.

—Tranquilo —respondió—. Iris ha pasado por mucho.

Ese fue el golpe más bajo.

Iris ha pasado por mucho.

Como si yo no lo supiera.
Como si no estuviera ahí todos los días.

—No estamos haciendo nada malo —añadió, levantando las manos—. Solo hablamos. A veces ella necesita a alguien que ya conoce su historia, ¿sabes?

Un nudo me cerró la garganta.

Quise preguntar.
Quise defenderla.
Quise defenderme.

No salió nada.

—No le digas que te mostré esto —continuó—. Solo pensé que... si yo estuviera en tu lugar, querría saberlo.

Silencio.

A lo lejos, la voz de mi padre seguía al teléfono, ajena a todo.

—Cuídate, Reik —dijo León, retrocediendo—. Y en serio... no es personal.

Se puso el casco y se fue.

Me quedé ahí, inmóvil.

No estaba enojado.
Todavía no.

Estaba confundido.

Y lo peor fue que, por primera vez en mucho tiempo, una idea empezó a rondarme la cabeza sin pedir permiso:

¿Desde cuándo Iris necesita hablar con alguien más... y no conmigo?

Cuando mi padre regresó, ya tenía la mirada baja y el pecho demasiado lleno.

—¿Todo bien? —preguntó.

Asentí.

—Sí... solo fue alguien de la escuela.

Me ayudó a subir al auto.

Pero algo, muy dentro de mí, acababa de romperse un poquito.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.