Entre Lentes y Algodones de Azucar

Capitulo 51: Eres tu.

La vi antes de que ella me viera a mí.

Estaba sentada en el parque con un malteada entre las manos y una postura demasiado tranquila para alguien que había destruido mi vida sin siquiera estar presente. El cabello recogido, la ropa simple, el rostro cansado... como si el tiempo también la hubiera castigado.

Nancy.

Mi cuerpo se tensó por completo.
Sentí náuseas.
Rabia.
Y algo peor: Curiosidad.

León caminaba a mi lado, pero se detuvo cuando lo miré, había decido acompañarme a verla.

—Déjame sola —le pedí.

Dudó un segundo.

—Voy a estar cerca —dijo—. Por si necesitas algo.

Asentí sin mirarlo y avancé.

Cuando Nancy levantó la vista y me reconoció, sus ojos se llenaron de lágrimas al instante.

—Iris... —susurró, poniéndose de pie—. Dios mío, estas... estas bellísima.

Odié esa frase.
Odié que usara mi nombre como si tuviera derecho.

— No vine a reencontrarme. Vine a escuchar —le dije, seca

Ella se volvió a sentar yo me quedé de pie, con los brazos cruzados, temblando por dentro pero firme por fuera.

—Empieza —le exigí—. Y elige bien tus palabras, porque no te debo nada.

Nancy tragó saliva.

—Yo... nunca quise hacerte daño —dijo—. Era ingenua, tonta. Tenía una madre ausente, un padre que no me quería. Yo solo... me sentía sola.

—¿Y yo qué? —mi voz salió rota, aunque intenté disimularlo—.
Eras mi amiga. Casi mi hermana. Te amaba, Nancy. Y tú me traicionaste. No solo a mí, también a mi mamá. Ella te trató como a una hija, te dio su apoyo, su cariño... y tú solo... te burlaste de nosotras en nuestra cara.

Su rostro se quebró.

—No fue mi intención —susurró—. Solo sucedió, Iris... te lo juro. No lo planeamos. Hay cosas que no se controlan, que simplemente pasan.

—¿Y no te importó que estabas destruyendo una familia? —pregunté—. La familia de tu mejor amiga.

—Perdóname... yo...

—No —la corté—. Ese niño... él...

—Se llama Mateo —dijo, con la voz temblorosa—. Tiene dos años.

El mundo se me vino abajo en silencio.

—¿Dos? —repetí—. Entonces... es cierto. Él es mi... medio hermano.

—Es tu hermano —corrigió—. Quedé embarazada una semana antes de tu cumpleaños.

Sentí un nudo brutal cerrárseme en el pecho.

—¿Él lo sabía? —alzé la voz—. ¿Se lo dijiste? ¿O acaso...?

Las lágrimas empezaron a caerle sin control.

—Sí —sollozó—. Cuando me enteré estaba aterrada. Pensé incluso en perderlo, pero... se lo conté. Me dijo que me apoyaría, que me protegería, que íbamos a ser... una familia.

—¿Una familia? —repetí, cada palabra como una cuchilla—. ¿Ustedes iban a ser una familia feliz sobre el sufrimiento de otra? ¿Te estás escuchando?
Era mi padre, Nancy. MI PADRE.
Y tú eras mi mejor amiga. La única persona que lo sabía todo de mí. Por quien habría dado la vida.

Se llevó la mano a la boca, ahogada.

—Lo siento... —repitió—. Lo siento tanto. Fui estúpida. Le creí demasiadas mentiras... ahora lo sé.

—¿Sabes qué es lo peor? —continué, sintiendo la rabia subir sin permiso—. Que nunca tuviste el valor de decírmelo. Que ustedes se burlaron de mi madre... de mí.

Nancy se levantó de golpe y dio un paso hacia mí, intentando tocarme.

—Por favor Iris, si quieres no me perdones pero mi hijo no tiene porque pagar por mi culpa.

—No —negué—. El no tiene que pagar por ustedes pero tampoco tiene que enterarse de que su madre y su padre son unos mostros de lo peor.

Me di la vuelta no quería seguir hablando con ella.

—Solo conócelo una solo vez—dijo al fin—. solo una iris por el cariño que una vez me tuviste por el amor hacia tu padre por nuestra amistad pasada...

Eso me hizo retroceder un paso.

—No tienes derecho —susurré—. No uses nuestra amistad pasada para limpiar tu conciencia.

—No es eso —insistió—. Iris... el me hizo prometer que cuando llegara el momento tu tenias que conocerlo.

Solté una risa amarga.

—Y tu crees que me importa lo que el pensaba —dije— mi padre esta muerto y para mi dejo de ser mi padre cuando decido revolcarse contigo.

—¿Tu rencor es tan grande que eres capaz de alejar a tu propio hermano? —preguntó—. ¿Qué pasó con la chica amable que conocí? La que siempre decía que todos merecen ser escuchados.

Sentí cómo la sangre se me helaba.

—No te atrevas —advertí, con la voz temblándome—. No tienes derecho a nada en mi vida.

Me di la vuelta y caminé apurada, con las lágrimas acumulándose en los ojos y ese nudo espeso clavado en la garganta.

León me alcanzó poco después y me abrazó.

Lloré contra su pecho, sacándolo todo. No sé cuánto tiempo estuve así. El cielo terminó por acompañarme y empezó a llover. León me llevó a casa.

Me senté en la sala. No hablaba. Solo lloraba, atrapada entre imágenes del pasado que regresaban sin permiso, una tras otra. Él se quedó conmigo un rato, en silencio.

Mi mente estaba cansada, agotada.
Solo quería dormir durante semanas y olvidar.

—Iris... no llores más —susurró, pasando sus manos por mis mejillas para secarme las lágrimas.

Pero no podía parar.

—¿Cómo se supera algo así? —logré decir entre sollozos—. ¿Cómo... cómo aceptas que no solo se metió con mi padre, sino que tuvo un hijo con él?

Cerré los ojos cuando una imagen atravesó mi mente como un golpe.

Tenía diez años.

Jugábamos a las princesas. Nos prometimos que siempre estaríamos juntas.

—Me equivoqué —susurré.

Y entonces pasó.

No reaccioné cuando sentí unos labios encima de los míos.

Me quedé rígida.
No me moví.
No lo detuve.

León me besó.

Era un beso desesperado, cargado de anhelo, como si quisiera consolarme... o salvarme... o salvarse él.

No lo sé.

Cuando movió su labio, pidiéndome permiso, se lo di.




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