Las horas siguientes fueron una mezcla borrosa de silencio y culpa.
Mi teléfono vibró.
Una vez.
Dos veces.
Cinco.
No contesté.
Ni a las llamadas.
Ni a los mensajes.
Lo dejé boca abajo sobre la mesa, como si así pudiera fingir que nada estaba pasando.
Como si el silencio no fuera también una respuesta.
Reik escribió.
Después volvió a escribir.
Luego nada.
Y ese vacío pesó más que cualquier reclamo.
Me metí en la cama con la ropa puesta.
Miré el techo.
Conté grietas invisibles.
Intenté convencerme de que no había sido para tanto.
No fue un beso de verdad.
Estaba mal.
Estaba vulnerable.
No significó nada.
Lo repetí hasta que empezó a sonar hueco.
Hasta que la culpa se me instaló en el pecho como algo denso, difícil de respirar.
No lloré más.
Ya no tenía lágrimas.
Solo miedo.
Mucho miedo.
La puerta de mi cuarto se abrió despacio entrada la noche.
Mi madre apareció con Fifi en brazos.
—La trajo el hermano de Reik —dijo en voz baja.
Sentí el estómago caerme al suelo.
La dejó en mi cama, se acomodó a mi lado y Fifi se acurrucó contra mi pecho, tibia, confiada, como si nada en el mundo estuviera roto.
Mi madre pasó sus dedos por mi cabello.
—¿Me vas a contar qué ocurre, hija?
Tragué saliva.
—Mami... por favor.
—No cargues con nada sola —dijo con suavidad—. Soy tu madre. Soy tu amiga. Y siempre voy a apoyarte en cada paso de tu vida.
La voz se me quebró.
—Tengo miedo.
Ella se tensó apenas.
—Pero, mi niña... ¿qué puede ser tan grave que no puedas decirlo?
—No quiero que sufras —susurré.
Mi madre me miró con una mezcla de amor y angustia.
—Iris, lo único por lo que yo puedo sufrir es por verte así. Dime... ¿qué ocurre, mi niña?
La abracé fuerte, escondiendo la cara en su pecho.
Sentí cómo su cuerpo se preparaba para lo peor.
—¿Estás embarazada, Iris?
Me separé de golpe.
—¿¡QUÉ!?
—Eso es lo que te tiene así... ¿verdad? —continuó, nerviosa—. ¿Estás embarazada y no quieres que lo sepa porque si eso—
—No, no, no —la interrumpí rápido, casi desesperada—. Mami, no. No es eso. Nunca he cruzado esa barrera, te lo juro.
Ella exhaló, pero no del todo tranquila.
—Entonces... ¿qué es?
Me quedé en silencio.
El peso volvió a caerme encima.
—Nancy apareció.
Levanté la mirada.
Y vi a mi madre palidecer por primera vez.
El silencio se estiró, pesado, interminable.
Su rostro pasó de blanco a pálido, y de pálido a algo aún más frágil, si es que eso era posible. Pude ver cómo luchaba por mantenerse en pie, cómo contenía el temblor que amenazaba con derrumbarla frente a todos.
Mi madre estaba intentando no desmoronarse.
Y ese esfuerzo silencioso fue lo que más me dolió.
—Ella está aquí... en la ciudad —dijo mi madre al fin, con la voz apenas sostenida.
Asentí despacio.
—Sí —respondí bajito—. La vi hoy.
Mi madre se quedó inmóvil.
—¿La viste hoy? —repitió—. ¿Para qué?
Tragué saliva. Sentía la garganta cerrada, como si cada palabra pesara toneladas.
—Ella quería verme... quería...
—¿Qué, Iris? —insistió, con un hilo de nerviosismo que empezaba a romperse.
—Quería que conociera a mi hermano.
El color se le fue del rostro.
Literalmente.
Mi madre dio un paso atrás, como si el suelo se hubiera movido debajo de ella.
—Mamá... —me levanté de golpe—. Mami, respira, por favor.
Me acerqué rápido, tomándole las manos.
—Her... ma... no... —tartamudeó, con los ojos vidriosos—. ¿Qué hermano?
—Sí, mamá —dije con la voz quebrada—. Ella... ella tuvo un hijo con mi papá.
Ahí se rompió.
Mi madre se dobló sobre sí misma, llevándose las manos al rostro, y empezó a llorar con una fuerza que jamás le había visto. No era un llanto silencioso ni contenido. Era crudo. Desgarrado. Como si años enteros se le vinieran encima de golpe.
La abracé.
La abracé como nunca antes.
Y lloramos juntas.
Por primera vez, vi a mi madre vulnerable.
Rota.
Necesitando consuelo.
Ya no era solo la mujer fuerte que siempre había sostenido todo.
Era alguien herida.
Traicionada.
Humana.
Esa noche dormimos las dos en mi cama.
Fifi se acomodó entre nosotras, como si entendiera que tenía una misión importante: mantenernos unidas, calientes, a salvo.
Entre sollozos y silencios, le conté todo.
Todo lo que Nancy me había dicho.
Cómo me había contactado.
Lo del parque.
El niño.
El parecido conmigo.
También le conté lo de León.
Su expresión cambió por completo.
—Si vuelvo a verlo cerca de la casa —dijo con una calma peligrosa— no sale vivo.
No dudé de ella ni un segundo.
Y por primera vez en semanas, sentí algo parecido al alivio.
Hablar con mi mamá fue... terapéutico.
Sacar todo eso que llevaba atorado en el pecho.
Ese nudo que me tenía con ansiedad, con miedo, con culpa.
Esa noche no resolvimos nada.
Pero no estaba sola.
Y a veces, eso es suficiente para poder seguir respirando.
Estábamos metidas en el sofá.
Solo nos habíamos levantado para cepillarnos los dientes.
Mi madre preparó chocolate caliente (aunque hiciera calor), encendió el aire de la sala, cortó dos rebanadas de pastel de chocolate y luego nos acostamos ahí, cubiertas con una sábana, abrazadas, mirando a Fifi comer como si el mundo no se hubiera roto un poco ese día.
El silencio no era incómodo. Era necesario.
—Quiero hablar con esa chica —dijo mi madre de pronto.
#462 en Otros
#195 en Humor
#1595 en Novela romántica
humor, amistad amor ilusion tristeza dolor, humor aventura secretos y traciones
Editado: 30.01.2026