Entre Lentes y Algodones de Azucar

Capitulo 53: Ensancharla.

No dormí mal.
Tampoco bien.

Dormí por ratos.
Despertaba, miraba el techo, volvía a cerrar los ojos.

Me repetía que no pasaba nada.
Que solo era una comida.
Que era una conversación adulta.
Que ya no era una niña.

Me bañé con agua tibia, más de lo normal. Me quedé allí parada unos minutos, dejando que el vapor me envolviera, como si así pudiera borrar el nudo que tenía en el pecho.

Elegí la ropa con cuidado, pero sin emoción.
Algo sencillo.
Algo que no llamara la atención.
Algo que no dijera nada.

Mi madre hizo lo mismo. La observé desde la puerta de mi habitación. Estaba tranquila... o al menos fingía estarlo mejor que yo. Se maquilló poco, se puso perfume como siempre, el de todos los días, como si eso ayudara a que el mundo siguiera en orden.

Desayunamos en silencio.
No un silencio incómodo.
Uno lleno de pensamientos.

Fifi se paseaba entre nosotras como si supiera que algo estaba por pasar.

Revisé el celular varias veces.
No esperando un mensaje.
Solo comprobando que seguía allí.

No le escribí a Reik.
Tampoco respondí los mensajes viejos.

Pensé que luego.
Siempre luego.

Antes de salir, mi madre me tomó la mano.

—Respira —me dijo—. No vamos a pelear. Vamos a escuchar.

Asentí, aunque no estaba segura de poder hacerlo.

Caminamos hasta el taxi que esperaba y, por un segundo, tuve ganas de decir que no podía.
Que mejor otro día.
Que no era el momento.

Pero subí igual.

Mientras avanzábamos por la calle, miré por la ventana y pensé algo muy simple, muy pequeño, muy honesto:

Ojalá esto no me rompa más de lo que ya estoy.

El restaurante no era elegante.
Tampoco descuidado.
Era... normal. Demasiado normal para algo que se sentía tan grande.

Entramos juntas, tomadas de las manos. El aire frío me golpeó la piel y tuve que contener el impulso de frotarme los brazos. El murmullo de las conversaciones, el sonido de los cubiertos, la música suave de fondo... todo seguía su curso como si nada importante estuviera a punto de pasar.

Mi madre fue la primera en verla.

Lo noté por cómo se detuvo un segundo de más.
Por cómo su espalda se tensó apenas.

Yo seguí su mirada.

Nancy estaba sentada cerca de la ventana. Las manos juntas sobre la mesa. La espalda recta. Miraba el celular, pero no parecía estar leyendo nada.

No levantó la vista enseguida.
Y ese segundo...
ese segundo fue eterno.

Cuando lo hizo, sus ojos se encontraron con los míos primero.

No sonrió.
Solo me miró.

Sentí el estómago cerrarse, como si alguien hubiera girado una llave dentro de mí.

Luego miró a mi madre.

Y ahí pasó algo.

Mi madre no apartó la mirada.
No frunció el ceño.
No dijo nada.

Nancy tragó saliva. Se puso de pie con un movimiento torpe, casi inseguro.

—Hola —dijo, con una voz más baja de lo que esperaba.

Mi madre asintió, apenas.

—Hola Nancy, mucho tiempo sin verte.

Yo no dije nada. No podía.
Mis piernas avanzaron solas hasta la silla..

Nos sentamos.

El silencio se acomodó entre las tres como un cuarto invitado.

El mesero llegó demasiado rápido. Preguntó si queríamos algo de beber. Mi madre pidió agua. Yo repetí lo mismo. Nancy dudó antes de hacerlo.

Cuando el mesero se fue, Nancy juntó las manos con más fuerza.

—Gracias por Invitarme—dijo—. Sé que no es nada facil.

Mi madre apoyó los brazos sobre la mesa, despacio.

—No lo es —respondió—. Pero aquí estamos.

Nancy asintió, con los ojos brillosos, sin llorar.

Yo bajé la mirada al mantel. Me concentré en una mancha pequeña, casi invisible, como si eso pudiera mantenerme entera.

Nadie mencionó su nombre.
Nadie mencionó el pasado.
Todavía no.

Pero estaba ahí.
Sentado con nosotras.
Esperando hablar.

Nancy respiró hondo.

Se notaba que llevaba rato ensayando ese momento. Sus dedos temblaban apenas cuando los separó para apoyarlos sobre la mesa.

—Yo... —empezó, y se detuvo—. No sabía cómo decirlo sin que doliera más.

Mi estómago se cerró antes de que lo dijera.

—Tiene 2 años —continuó—. Es bueno. Es... tranquilo. Le gusta dibujar, se parece mucho a El.

Levanté la vista de golpe.

Sentí que el aire se me iba.
Mi primera reacción fue buscar a mi madre, como si ella fuera a romperse... como si fuera a levantarse de la mesa y decir que no, que eso no podía ser.

Pero no lo hizo.

Mi madre no lloró.

No gritó.

No bajó la mirada.

Tomó un sorbo de agua con calma, apoyó el vaso y habló.

—Lo sé, Iris me comento todo, y deseo con todo el corazón que tu y ese niño sean felices.

Giré hacia ella, descolocada.

—¿Mamá...?

—Desde que me lo dijiste —continuó— no he dejado de pensarlo. Y hay algo que quiero dejar claro hoy.

Miró a Nancy. Su voz era firme, sin dureza.

—Ese niño no es culpable de nada.

Nancy cerró los ojos un segundo, como si no hubiera sabido que necesitaba escuchar eso hasta ese instante.

—Es el hermano de Iris —añadió mi madre—. Y jamás sería capaz de separar a mi hija de su hermano.

Mi corazón empezó a latir tan fuerte que me dolía.

—Si algún día Iris quiere que él forme parte de su vida —siguió—, lo hará. Y si no, también será respetado. Pero esa decisión será de ella, no del miedo, no de la culpa, y no del pasado y menos de alguien alguien mas solo de ella.

Nancy ya estaba llorando. En silencio.

Mi madre no se detuvo.

—Y quiero que escuches algo más —dijo—. Yo no te culpo.

Levanté la cabeza de golpe.

—Mamá...

—No —me interrumpió suavemente—. Escúchame, Iris.

Volvió a mirar a Nancy.

—Tú no rompiste mi matrimonio. No destruiste mi hogar. Eso lo hizo un hombre que no supo respetar ni a su esposa ni a su hija, el es el unico culpable de esto, porque tu. Tu Nancy solo fuiste una chica ingenua que el supo manipular.




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