Cuando Iris terminó de hablar, yo seguía respirando...
pero algo dentro de mí ya no estaba igual.
No fue el beso.
No fue León.
Fue la imagen completa.
Iris rota, temblando, sosteniendo un dolor que no pidió.
Iris creyendo que tenía que cargar sola con todo.
Iris pensando que yo no podría sostenerla.
Eso fue lo que me quebró.
Porque mientras ella hablaba, yo no veía traición.
Veía miedo.
Veía culpa.
Veía a alguien tratando de sobrevivir sin lastimar a nadie... y fallando, porque nadie sobrevive intacto.
La palabra beso me atravesó el pecho como un golpe seco.
No ardió.
No explotó.
Se quedó ahí.
Pesada.
Incómoda.
Pensé en León.
En su cercanía.
En sus manos donde no debían estar.
Y por primera vez desde el accidente, sentí algo peligroso:
impotencia.
No porque no pudiera caminar.
Sino porque no estuve ahí cuando ella me necesitó.
Y eso...
eso dolía más que cualquier celos.
Quise preguntarle mil cosas.
Quise gritar.
Quise decir que me dolía.
Pero también sabía algo:
Si lo hacía desde el impulso, la perdía.
Y si me callaba para siempre, también.
Así que respiré.
Como me enseñaron en terapia.
Como aprendí cuando mi cuerpo dejó de obedecerme.
Respirar antes de decidir.
—Mírame, Iris —dije al fin.
Ella levantó la cabeza.
Tenía miedo.
Y culpa.
Y amor.
Todo mezclado.
—No voy a fingir que esto no me duele —continué—. Me duele. Mucho. Sería mentira decir que no.
Ella asintió, como si ya lo supiera.
—Pero tampoco voy a castigarte por haber estado rota —seguí—. Porque yo también lo estuve... y tú no huiste.
Tragué saliva.
—No sé si estoy listo para actuar como si nada hubiera pasado —admití—. Tampoco quiero hacerlo.
Sus labios temblaron.
—Entonces... —susurró— ¿qué hacemos?
La pregunta más difícil del mundo.
La miré.
Y por primera vez, no desde el miedo...
sino desde el respeto que le tenía.
—Quiero intentarlo —dije—. Pero bien.
Frunció el ceño.
—¿Bien?
—Con verdad —respondí—. Sin secretos, Sin cargar solos, Si algo duele, se dice. Si algo asusta, se dice. Aunque tiemble la voz.
Me acerqué un poco más.
—No te prometo que mañana no me despierte con dudas —confesé—. Pero sí te prometo algo.
Tomé su mano.
—No voy a soltarte sin luchar. No después de todo esto.
Las lágrimas le cayeron sin sonido.
—¿Y... León? —pregunté, sin acusación, solo verdad—. ¿Puedes poner un límite?
Iris asintió sin dudar.
—Sí —dijo—. Lo haré. Por mí. Y por nosotros.
Eso fue lo que necesitaba escuchar.
No por mí.
No porque te perdono.
Por ella.
Apoyé mi frente contra la suya otra vez.
—Entonces quédate —le dije—. No como alguien perfecto. Quédate como eres. Yo haré lo mismo.
No era un final feliz.
No era una promesa eterna.
Era algo más real.
Una decisión tomada con el corazón herido...
pero abierto.
Y a veces, eso es lo más valiente que se puede hacer.
La casa estaba en silencio.
Demasiado.
Estoy acostado boca arriba, con las manos cruzadas sobre el pecho, mirando el techo como si en alguna grieta pudiera encontrar respuestas.
No las hay.
Solo pensamientos.
La voz de Iris vuelve una y otra vez.
Su temblor.
La forma en que dijo "lo besé", como si se estuviera confesando un pecado imperdonable.
Cierro los ojos.
No funciona.
Las dudas llegan sin pedir permiso.
¿Y si todavía siente algo por él?
¿Y si solo está conmigo por costumbre?
¿Y si un día se cansa de cargar con mis silencios, con mis miedos, con este cuerpo que aún no termina de responder?
Trago saliva.
El techo sigue ahí.
Blanco.
Inmutable.
He pasado meses refugiándome en esta habitación.
Clases en casa.
Rutinas controladas.
Zonas seguras.
Porque aquí nada me sorprende.
Nada me expone.
Nada me obliga a sentir demasiado.
Pero esta noche...
el miedo ya no es solo al mundo.
Es a perderla.
Giro el rostro hacia la mesa de noche.
Mi celular está ahí.
Apagado.
Pienso en Iris caminando por los pasillos de la escuela.
En su risa contenida.
En la forma en que siempre me mira, como si yo todavía fuera suficiente.
Abro los ojos otra vez.
—No quiero seguir escondiéndome —le digo al techo.
No lo digo fuerte.
No hace falta.
La decisión llega sin ruido.
Pequeña.
Casi invisible.
Pero enorme.
Mañana no voy a tomar clases desde casa.
Mañana voy a ir a la escuela.
No para vigilar.
No para comprobar nada.
Sino para estar.
Para compartir el mismo espacio.
Para caminar con ella.
Para recordar quién era antes de que el miedo se volviera costumbre.
No puedo prometer que las dudas van a desaparecer.
Pero sí puedo decidir no dejar que manden.
Cierro los ojos por última vez.
El pecho todavía me duele.
El miedo sigue ahí.
Pero por primera vez en mucho tiempo...
no estoy huyendo.
Y eso, para mí, ya es una forma de luchar.
#462 en Otros
#195 en Humor
#1595 en Novela romántica
humor, amistad amor ilusion tristeza dolor, humor aventura secretos y traciones
Editado: 30.01.2026