Hoy era uno de esos días en los que no tienes ánimo de ir a clases, pero igual tienes que hacerlo.
Por obligación.
Por rutina.
Por no detenerte.
Mi mamá llegó contenta a casa. Había conseguido cita con la psicóloga: tres veces por semana.
Sonreía... hasta que me vio llorando en el mueble.
Se alarmó al instante.
Le conté la conversación con Reik. Todo.
Me escuchó sin interrumpirme y, cuando terminé, me abrazó.
—Estoy orgullosa de ti —me dijo—. Enfrentaste tu miedo. Y Reik... —sonrió—, me cae mucho mejor ahora, por cómo se comportó contigo.
Esa noche dormí con ella en su cuarto.
No sé por qué, pero necesitaba los brazos de mi madre.
Dormimos las tres juntas: ella, yo y Fifi, acurrucada entre nuestros pies.
Me sentía tan cerca de mi mamá que mentiría si dijera que no tenía miedo de perder esa calma.
De que se acabara.
A la mañana siguiente escuché bulla.
Leon había llegado.
Respiré hondo.
Basta de ser Iris la cobarde.
Caminé hacia él.
Él me miró.
—Leon, ¿podemos hablar? —le dije.
—Claro —respondió, relajado, frente a sus amigos.
Caminamos un poco hasta alejarnos de todos los estudiantes.
—¿Cómo te sientes? —preguntó.
No contesté.
—Quiero darte las gracias —dije—. Por todo el apoyo que me diste. Por acompañarme en medio de todo mi desastre.
Él me miró fijo.
—¿Por qué siento que estás terminando conmigo?
Levanté una ceja.
¿Terminar?
Si ni siquiera éramos algo.
—Porque a partir de ahora no te quiero como amigo —dije con calma—. Es mejor que tú y yo no seamos amigos.
—Pero—
—No puedo ser tu amiga cuando no respetas nuestra amistad —lo interrumpí—. Me besaste sabiendo que no sentía nada por ti. Sabiendo que estoy con Reik. Sabiendo que yo estaba rota, dolida...
Te aprovechaste de mi dolor para besarme.
—Iris, no—
Levanté una mano para que se detuviera.
—No te estoy reclamando ni gritándote. Solo... no te acerques más a mí.
—¿Eso es lo que deseas, Iris?
—Sí. Es lo que quiero.
—Ese idiota sí que—
—No —lo corté—. Reik no tiene nada que ver con mi decisión. Lo hago por mí. Porque no voy a permitir que un amigo se aproveche de mí.
Leon apretó la mandíbula.
—Si eso es lo que quieres, lo respeto. No volveré a buscarte.
—Gracias —dije, y me di la vuelta para irme.
—No me arrepiento de haberte besado —añadió—. Porque así pude besarte por última vez.
Lo escuché.
Pero no me detuve.
No valía la pena.
Entonces ocurrió.
Una voz.
—Iris.
Mi cuerpo se congeló.
Esa voz fue lo único que me hizo reaccionar.
Me giré.
Y lo vi.
Reik estaba ahí.
En su silla de ruedas.
Con su bolso colgado al costado.
Con el uniforme puesto.
En la escuela.
El aire se me quedó atrapado en el pecho.
El mundo se me desordenó.
Me acerqué a él sin pensar.
—Reik... pero...
Sonrió, nervioso.
—Sorpresa. Voy a seguir presencial. Me aburrí en casa.
No pude contenerme.
Lo abracé fuerte, como si soltarlo significara perderlo.
—¿En serio?
—Sí —dijo, rodeándome como pudo—. No quiero perderme nada contigo.
Y, sobre todo... quiero dejar de sentir miedo.
Y ahí me quebré.
Porque en medio de todo el caos,
del dolor,
de las decisiones difíciles,
de los finales necesarios...
él estaba ahí.
Luchando.
Por mí.
Por nosotros.
Por sí mismo.
El abrazo duró unos segundos más de lo normal.
No porque quisiéramos llamar la atención.
Sino porque ninguno de los dos quería soltar primero.
Cuando me separé apenas un poco, fue entonces cuando lo sentí.
No fue alivio.
No fue alegría.
Fue algo más tranquilo.
Giré el rostro sin querer...
y lo vi.
Leon seguía ahí, a unos metros.
De pie.
Mirándonos.
No había rabia en su expresión.
Ni reproche.
Solo una especie de resignación muda.
Y en ese instante entendí algo.
Ya no me dolía.
No sentí culpa.
No sentí miedo.
No sentí esa presión horrible en el pecho que antes me obligaba a justificarme.
Solo pensé: aquí termina.
No porque él fuera malo.
No porque yo fuera cruel.
Sino porque algunas personas cumplen su papel...
y luego deben irse.
Volví la mirada a Reik.
Y supe que no estaba dejando algo atrás.
Estaba avanzando.
Ese fue el verdadero cierre.
Silencioso.
Definitivo.
Reik avanzaba despacio, pero firme.
Las ruedas sonaban suave sobre el piso, marcando un ritmo nuevo.
No miraba al suelo.
Miraba al frente.
Algunos estudiantes se giraban.
Otros susurraban.
Alguien fingió no mirar.
Yo caminaba a su lado, sin soltar la correa de su bolso.
No porque él la necesitara.
Sino porque yo quería estar ahí.
—¿Estás bien? —le pregunté en voz baja.
—Sí —respondió—. Nervioso... pero bien.
Y era verdad.
Se le notaba en las manos.
En la forma en que respiraba un poco más rápido.
Pero también había algo distinto.
Determinación.
En el aula, el profesor se detuvo un segundo al verlo entrar.
—Buenos días, Reik —dijo luego—. Me alegra verte aquí.
Reik asintió.
No sonrió grande.
No hizo ningún gesto heroico.
Solo ocupó su lugar.
Y ese simple acto...
fue enorme.
Me senté a su lado.
Le pasé una hoja.
Un lápiz.
Nuestros dedos se rozaron.
—Gracias —susurró.
—Gracias a ti —le respondí.
Por no esconderte.
Por no huir.
Por elegir quedarte.
Durante la clase, lo observé sin que se diera cuenta.
Concentrado.
Serio.
Vivo.
Y entendí algo más.
#462 en Otros
#195 en Humor
#1595 en Novela romántica
humor, amistad amor ilusion tristeza dolor, humor aventura secretos y traciones
Editado: 30.01.2026