Entre Lentes y Algodones de Azucar

Entre lentes y algodón de azúcar. (Epilogo)

TRES MESES DESPUÉS

Arrugaba mis dedos, uno contra otro.

La psicóloga Mariza me observaba con esa sonrisa tranquila que no empujaba, pero tampoco se iba.
Era pequeña, de piel morena, siempre elegante. Su cabello en ondas caía suave sobre los hombros.
Tenía algo... una calma peligrosa.
De esas personas con las que te dan ganas de quedarte horas, incluso en silencio.

—¿Y cómo sigue Reik? —preguntó—. ¿Quién ganó la apuesta?

Me ruboricé.
De verdad, ella podía ser peligrosa... en el buen sentido.
Sentarte frente a ella hacía que quisieras contarle todo.
Y sí, le había contado mucho de Reik.

Demasiado.

—Bien —dije—. Un poco malhumorado. Porque yo gané.

Sonrió, divertida.

—¿En serio? Felicidades. Entonces está en modo "ego herido".

—Está en modo investigador —reí—. Todavía cree que hice trampa.

—¿Y no la hiciste?

—No. Ver un video profesional no cuenta como trampa.

Las dos reímos.

Después, el silencio volvió.
No incómodo.
Expectante.

Mariza me miró como si supiera que eso no era lo que había venido a decir.

—Las decisiones de tu padre no fueron tuyas —dijo, suave.

El nudo en mi garganta regresó.

—Todavía siento que si digo algo más... me rompo —confesé—.
Todavía siento que tengo que esconderlo todo para que no salga a la luz y me quiebre en mil pedazos.
Y todavía... siento rencor.

La miré.

—He vivido años escondiendo esto. Corriendo. Fingiendo que no dolía.

—¿Escribiste la carta? —preguntó.

Asentí.

Y entonces lloré.

Porque escribirle fue más difícil de lo que imaginé.

Ella me pidió que escribiera una carta dirigida a mi padre.
Que le dijera todo lo que sentía.

Todo.

Sin filtros.

Hui de esa idea durante dos semanas.

Hasta que una noche me escapé por la ventana de casa y fui a dormir con Reik.
Entre sus brazos, sus besos y todo nuestro caos, terminé sentada sobre el alféizar, mirando la luna, con una hoja y un lápiz entre las manos.

Sin pensarlo, empecé a escribir.

No paré.

Las palabras salían solas, como si hubieran estado esperando ese momento toda mi vida.
Hasta que sentí una caricia suave en el cabello.

Me había quedado dormida escribiendo.

Esa mañana salí corriendo con la carta apretada contra el pecho.
No estaba feliz... pero estaba un poco menos triste.

Al llegar a casa, la dejé debajo de mi almohada.
Hice mi pequeña maniobra para que mi mamá creyera que había dormido en mi cuarto
y bajé a desayunar como si nada.

Pero algo había cambiado.

—¿Por qué no lo odio? —le pregunté a mi psicóloga— ¿Por qué después de haber arruinado mi vida... la de mi madre... después de todo lo que pasó... no lo odio?

La voz se me quebró.

—Siento que le fallo a mi mamá. Que ahora le fallo a mi hermano. A mí misma... por no odiarlo.

Ella me miró con calma.

—Porque aunque él cometió el error, tú eres quien decide. No él.
Eres tú quien elige liberarse de todo esto.

—No quiero perdonarlo —dije, con amargura.

—¿Perdonarlo? —repitió—. ¿Y quién dice que tienes que hacerlo?
¿Quién dijo que tiene que ser ahora... o siquiera algún día?

La miré a los ojos y le dije eso que me estaba carcomiendo por dentro.
Eso que me hacía sentir horrible.

—Es que, a pesar de todo... yo lo quiero.
Y no quiero que ese cariño sea más fuerte que lo que hizo.
No quiero que una infancia linda borre todo el daño.
No quiero que mi mamá sienta que le fallé por perdonar a un hombre como él.

Ella respiró hondo antes de responder.

—Iris... ¿y quién dice que tú mereces vivir con ese rencor?
¿Quién dice que tienes que cargar con lo que otros hicieron?
¿Quién dice que soltar lo que te duele es algo malo?

Me quedé en silencio.

Por primera vez entendí algo simple, pero inmenso:
no odiarlo no me hacía débil.
Me hacía libre.

Salí del consultorio con los ojos rojos y la voz ronca, pero un poco más construida.
Sanar cada pedacito de mí era difícil, pero como me había enseñado ella:
un pasito a la vez.
Iris, solo mueve un pie a la vez.

Una sonrisa se me escapó sin querer.

Reik estaba ahí, sentado en su silla de ruedas, con un enorme algodón de azúcar entre las manos.

Me acerqué y lo abracé.
Eso era lo más lindo de estar con él: sabía exactamente cuándo estar, cuándo acompañarme y cuándo simplemente escucharme. No sé si era su aura natural o el trabajo que hacía con su psicóloga —porque sí, Reik también iba a terapia después del accidente—, pero siempre sabía cómo sostenerme sin romperme.

—Hola, preciosa —dijo, besándome la mejilla—. ¿Damos un paseo?

—Me encantaría —respondí, dándole un beso rápido en los labios.

Empecé a empujar su silla.

Después de un rato caminando por el parque, me senté en una banca a su lado. Compartíamos el algodón de azúcar como dos niños.

Su mano tomó la mía y la apretó fuerte, como asegurándose de que supiera que nunca iba a soltarme.

Lo miré y apreté su mano de vuelta, para que él también lo supiera:
yo tampoco pensaba soltarlo.
No éramos perfectos, pero estábamos trabajando cada día para ser mejores personas.

Su otra mano acarició mi mejilla.

—Eres hermosa, fuerte, inteligente... y la novia más maravillosa que existe —me dijo.

Acerqué mi rostro al suyo. Mis labios quedaron a centímetros de los suyos.

—Te amo. Eres el novio más maravilloso del mundo entero. Te quiero en mi presente y, sobre todo, en mi futuro.
Reik... estoy lista.

Me miró unos segundos. Luego sonrió.

—Estamos listos —susurró.

Tomé sus labios y lo besé despacio, saboreando cada parte de su boca.
Porque este era el chico que amaba.
Porque aunque no sabía qué nos depararía el futuro, de algo estaba segura:




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.