Entre Lentes y Algodones de Azucar

Tiempo. (Epilogo parte 2)

(5 meses después)

—Mamá, estabas guapísima —dije mientras la veía bajar las escaleras.

Llevaba un vestido largo color morado.
El cabello planchado, con ondas suaves que yo misma le había hecho.
Un maquillaje ligero que resaltaba lo que siempre estuvo ahí.

Se veía... hermosa.

—¿En serio? —preguntó, dudando—. ¿No crees que es demasiado?

—Para nada —le guiñé un ojo—. El doctor Miguel va a quedar rendido a tus pies.

Mi mamá se ruborizó y soltó una risita nerviosa.

—Estoy nerviosa, Iris... No salgo con nadie desde tu padre y...

—Mamá —la interrumpí con suavidad—. Va a ser una noche maravillosa.

Me abrazó fuerte.

—Te amo, hija.

—Y yo a ti.

Un pito sonó afuera.

—Llegó —dijo.

—Ok, ok —respiré exageradamente—. Estás hermosa. Apaga tu cabeza y disfruta.
Fifi y yo esperaremos el chisme completo. Y tranquila... no te esperaré despierta.

—¡IRIS! —se tapó la cara.

—¿Qué? Tienes derecho a divertirte.

—Dios, esta niña...

—Anda, antes de que el pobre doctor piense que lo vas a dejar plantado.

—Cuídate, cierra bien todo y...

—Sí, mamá —sonreí—. Me portaré bien. Veré una película con Fifi.
Además, Reik está en la pelea de su hermano, ¿recuerdas?

Suspiró, aliviada.

Levanté una ceja.

Si supiera cuántas noches me escapé por esa ventana...

Ver a mi mamá feliz era una sensación hermosa.
Después de tantos meses, aceptó que le gustaba el doctor Miguel.
Estaban saliendo.
Me caía bien.
Y, sinceramente, deseaba que fueran felices.

Les dije adiós con la mano.

La puerta se cerró.

Mi teléfono vibró en el bolsillo trasero de mi short.

Mi algodón de azúcar:
¿Pizza o hamburguesa?

Una sonrisa enorme se me escapó.

Llamé.

—¿Cómo está la chica más preciosa de este mundo? —respondió al instante.

—Adularme no te da puntos, tramposo.

Rió.

—¿Tu mamá ya se fue?

—Sí. ¿Cómo va la pelea?

—Pzz... no sé, pero creo que Erik va a ganar.

—¿Cómo que crees?

Empecé a caminar hacia la cocina. Ya me imaginaba una ducha caliente, dulces y películas.

—Es que ahorita no estoy allá.

Separé el teléfono un poco, frunciendo el ceño, pero no me dio tiempo de preguntar nada más. El timbre sonó.

—Espera, tocan —dije, caminando hacia la puerta y abriéndola con una mano mientras sostenía el teléfono con la otra.

Un ramo de rosas naranjas fue lo primero que apareció frente a mí.

—No iba a dejar a mi novia abandonada —dijo Reik, ahí, sentado en su silla de ruedas.

Tomé las flores con cuidado, como si fueran lo más frágil del mundo. Lo besé sin pensar, sin medir, hasta que mis pulmones me exigieron aire.

—Muy sensato, novio mío.

Me hice a un lado para que pasara y cerré la puerta.

—Están hermosas —dije, mirando las flores.

Mientras tanto, él acariciaba a Fifi, que había bajado como loca al escuchar la silla y ahora estaba acomodada en sus piernas.

—De nada, amor —dijo, guiñándome un ojo.

Sentí el calor subir a mis mejillas.

—¿Vemos una película? —propuso.

—Claro. Voy a poner las flores en agua. Tú ve eligiendo... aunque me gustaría ver—

—No me digas —interrumpió—. Quieres llorar por extraños mientras yo muero de celos porque babeas por ese idiota.

Solté una carcajada y me acerqué.

—Mi chico de lentes me tiene loca —susurré cerca, sin besarlo.

—Pon la película —dije, alejándome.

—Eres cruel —gritó desde la sala.

Puse las flores en agua, preparé una bandeja llena de snacks y regresé. Fifi ya estaba dormida en el sofá. Reik acomodaba la película.

Dejé la bandeja en la mesa y me acerqué para ayudarlo a levantarse.

—Espera —dijo—. Quiero enseñarte algo.

Se echó un poco hacia atrás. Lo miré sin entender.

Reik puso el freno de la silla. Me miró unos segundos, suspiró. Colocó las manos a ambos lados.

Di un paso por instinto.

Él negó con la cabeza.

Y entonces empezó a levantarse.

—Reik... —susurré, sin aire.

Estaba de pie frente a mí.
Después de tanto... estaba de pie.

Dio un paso.
Luego otro.
Luego otro.

Tres pasos.

Llegó hasta mí.

—N-no... tú...

Extendió los brazos y me abrazó. Me hundí en su pecho, lo abracé con fuerza, llorando sin control.

—Reik... puedes caminar... no lo creo...

—Necesito sentarme —dijo, todavía jadeando—. Aún no puedo estar mucho tiempo de pie.

—Oh...

Eso fue todo lo que logré decir.

Seguía en shock.

Reik se sentó con cuidado en el sofá y me jaló suavemente para que me sentara con él.

—Iris, respira —me dijo.

Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba reteniendo el aire.

—Tú... pero... no... —empecé a balbucear.

Estaba demasiado emocionada. Nerviosa. Asustada. Ansiosa. Tenía mil sentimientos revueltos en el pecho, pero el más grande de todos era uno solo: Orgullo.

—Quería darte la sorpresa —continuó—. Todavía no puedo pasar mucho tiempo de pie, ni hacer caminatas largas... pero puedo levantarme. Y como viste, dar pasos pequeños. Pero, Iris... puedo hacerlo.

Lo abracé con fuerza, como si así pudiera grabar ese momento en mi cuerpo para siempre.

—Estoy muy orgullosa de ti, Reik. Eres asombroso. Y poco a poco lo vamos a lograr juntos. Te prometo que el día en que esa silla quede atrás por completo, voy a correr hacia tus brazos y vamos a dar vueltas como dos locos en una película romántica, hasta marearnos y reírnos sin parar.

Él me apretó más contra su pecho.

—Lo haré, Iris. Te lo prometo.

La película seguía avanzando sin que realmente le prestáramos atención.

—No soy fanático de esta película —murmuró Reik, mientras mordía un pedacito del dulce que yo sostenía entre los dedos.




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